Pensar, desde la isla y más allá.

Summer has come and passed

The innocent can never last

Wake me up when September ends

Green Day, 2004. American Idiot.

Septiembre puede ser 1939. Años fatídicos no nos faltan. También están 1972, 1973, 1985, o por supuesto 2001. También 2017. Escoja el suyo. ¿Qué pesa más en nuestro momento actual? ¿La entrada de las tropas alemanas en el corredor de Danzig el 1 de septiembre de 1939? ¿El golpe a Allende en Chile en 1973? ¿El ataque a las Torres Gemelas en 2001? 

Creo que a los talibanes de Afganistán les faltó sentido de la historia, sentido del drama y sentido del humor. De las tres cosas carecen, según vemos. Con un poco de malicia y colmillo, habrían retrasado la entrada de sus tropas a Kabul, al 11 de septiembre de 2021, para que todos nos consumiéramos las neuronas pensando en los significados explícitos e implícitos de esa efeméride. Pero es pedirle peras al olmo.

Mis septiembres están marcados por los terremotos que golpearon la Ciudad de México en 1985 y en 2017. El segundo lo viví desde la cómoda lejanía de Chicago, pero removió todos los terrores y pesadillas que significaron para mí vivir el de 1985 no sólo como reportero que cubría la muerte y la destrucción, sino como residente de una de las zonas más castigadas de la ciudad. Aquel septiembre de 1985 fue una interminable pesadilla, marcada por las siniestras siluetas de los edificios derruidos, las calles irreconocibles, la desesperación de la gente y el olor a muerte de las noches. Eso me remite a un poema de W.H. Auden, “September 1, 1939” en el que el poeta describe la desesperación ante el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Punza este verso: The unmentionable odour of death / Offends the September night (El inombrable olor de la muerte / ofende la noche septembrina, versión mía). En 1985, desconocía el texto de Auden. Hoy, desde la distancia del septiembre 2021, conecto esas dos sensaciones terribles: el olor de la muerte, la creciente noche del noveno mes.

Aquí viene muy bien la canción “When September ends”, del álbum American Idiot del grupo Greenday. Hay algo en ella que me atrapa: esa sensación de paso, que es precisamente el tránsito del verano al otoño que septiembre representa, la cercanía de la muerte y la necesidad de escapar de los horrores al pedir que nos despierten cuando el mes haya concluido. Más punzante aún la frase “los inocentes no duran” que me remite a los sacrificados de tantos septiembres.

¿Por qué septiembre?

Tal vez porque en ese mes se terminan la exuberancia y sensualidad del verano, las noches empiezan a alargarse, y el viento ya no llega con un soplo refrescante, sino con un ominoso escalofrío. 

¿O es algo más? 

Nada en el origen del nombre septiembre nos indica un sentido de pérdida a través de la transición. Era el séptimo mes en el primer calendario romano, con sólo 29 días, hasta que en tiempos de Julio César se agregó un trigésimo día. Las fiestas asociadas al mes son de naturaleza agrícola: tiempo de recoger la cosecha, lo cual es un periodo de celebración, pero también de preparación para el invierno. Los ajustes a los calendarios juliano y gregoriano lo convirtieron en noveno mes del año de 365 días, pero se trata por así decirlo de un cambio administrativo. Mayor peso tiene octubre, con su temible Samhain y su descafeinada versión moderna, el Halloween.

Recurro a la poesía, y aquí sí encuentro esa temática de lo que se pierde, lo que se va, lo que se consume.

En “Otoñal”, de la Premio Nobel de Literatura Louise Glück, la poeta escribe (de nuevo versión mía):

Congoja pública; el dorado

logro de la hoja, la caída,

la quema configurada de la cosecha:

lo que se ha logrado. A la orilla del lago,

Los baldes metálicos son tinas llenas de fuego.

Así los desechos se vuelven

belleza. Y la esparcida muerte

se une en una visión consumada del orden.

Al final, todo está vacío.

Por encima de la fría, acogedora tierra

los árboles se doblan. Más allá,

el lago resplandece, plácido,

reflejando el establecido azul del cielo.

La palabra

es parir: das y das, te vacías

en un hijo. Y sobrevives

la automática pérdida. Contra el paisaje inhumano

el árbol como una figura de duelo; su forma

es un acomodo forzado. Ante la tumba,

es la mujer, acaso no, la que se dobla

la inútil lanza a su lado. 

En 130 palabras, más o menos, encuentro el sentido. El poema forma parte del poemario Descending Figure (1980), y corresponde a una sección titulada Lamentations.

Todo septiembre está aquí: el parto, que quizás ha sido de un feto muerto. El árbol vacío de hojas del otoño, que se dobla, pero también se dobla la mujer, transida de dolor. El lago, prístino, refleja la luz mortecina que anuncia el cambio de estación. El fuego purificador, pero también destructor. “Visión consumada del orden”, y “acomodo forzado” son conceptos igualmente reveladores. En el primero, la humanidad busca sentido en el caos que representa la transición entre vida y muerte; en el segundo, una negociación forzada ante lo inevitable de esa transición. Etapas del duelo, si recurriésemos a la psicología. El árbol, solo y desnudo de hojas, como único acompañante del lago, sabe ya que llega el invierno y espera, resignado, en su acomodo forzado, el aún lejano renacimiento con los capullos de la primavera.

Tiempo después, en “End of Summer”, parte de su más celebrado poemario, The Wild Iris (1992), Glück escribe: De todas las cosas que me sucedieron / el vacío me sucedió. 

Y en “Harvest”, del libro A Village Life (2009), retoma el asunto. Nos dicen las dos últimas estrofas:

Adentro, oscurece temprano.

Y las lluvias se hacen más pesadas: cargan

el peso de las hojas muertas.

En el ocaso, ahora, una atmósfera de amenaza, de presentimiento.

Vaya que la gente lo percibe; le dan nombre a la estación,

cosecha, para ponerle una mejor cara a estas cosas.

La lucidez de Glück: dar un mejor nombre a las cosas: Cosecha, al amenazante otoño; Navidad al terrible invierno. 

Pero es aquí donde me surge un dilema: ¿es este septiembre como cualquier otro septiembre, antes del inicio de la pandemia? ¿Estamos simplemente haciendo una transferencia más, de la luz al ocaso, del calor al frío, de la abundancia a la cosecha?

En pandemia, nos hemos acostumbrado –un acomodo forzado, diría Glück– al encierro y al temor; como variantes de estos últimos, están la rebeldía expresada en los eventos masivos o la protesta pública por las medidas de confinamiento. Pero todo ha cambiado, y sigue cambiando: el trato humano, la concepción misma del trabajo, la relación entre ciencia y política. Portar o no una mascarilla se vuelve un asunto de principios morales, sociales y políticos, lo mismo que aplicarse una vacuna o no. El mundo se ríe de los antivacunas que se contagian y mueren, pero son un pequeño sector de la grada ante los millones que han muerto independientemente del debate político, los millones que cargan las secuelas de haber sobrevivido, y los millones que se preguntan cuándo les tocará su turno.

En ese sentido septiembre de 2021 no será muy distinto de agosto, y creo que tampoco de octubre. Hay una tercera ola, probablemente venga una cuarta, seguramente habrá una nueva variante del virus en el horizonte, y en muchos países septiembre es el centro de un debate en torno al regreso de millones de niños a clases presenciales.

Hace 17 o 18 meses –dependiendo de en qué país viva quien me lea– comenzó una era de profunda incertidumbre. The innocent can never last, cantaba Billy Joe Armstrong. 

No sabemos cuánto durará esta incertidumbre, ni qué negociaciones terminaremos haciendo con nosotros mismos. Volviendo a Glück, el balance está en si el árbol se dobla, o de plano se quiebra. Septiembre, al menos en este contexto y por un tiempo indefinido, dejó de ser frontera.

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Gerardo Cárdenas es escritor, periodista y comunicólogo mexicano.

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