Pensar, desde la isla y más allá.

Sin la ética y la estética del Mal que vertebran Las flores del mal y El Spleen de París, es muy difícil explicar la presencia tan viva de Baudelaire en la cultura de hoy, su posteridad indeclinable, como lo demuestra la celebración de su bicentenario.

En 1861, Baudelaire anotó: “A mí me pareció agradable, y tanto más agradable cuanto la tarea era más difícil, extraer la belleza del mal”. Era la primera vez que se vinculaba la belleza con el mal. Hasta entonces la humanidad había celebrado la armonía de la Belleza y la Bondad, de la belleza y la verdad. Aclaremos que el vocablo “mal” tiene en Baudelaire una dimensión metafísica y ética y una magnitud estética, ya que él encuentra en el mal una cierta fascinación: “no hay una fibra de mi cuerpo tembloroso / que no grite: ¡Oh mi querido Belcebú, te adoro!”, dice en “El Poseso”; Satán le parece “el más perfecto tipo de belleza varonil” y explícitamente proclama “la belleza […] que viene del mal”.

Baudelaire pidió que se tomara en cuenta la arquitectura y el orden secreto de Las Flores del Mal.  La obra tiene seis secciones: el Prólogo al lector, Spleen e ideal (88 poemas); Cuadros parisinos (18 poemas); El vino (9 poemas); Las Flores del Mal (12 poemas); La rebelión (3 poemas); y La muerte (6 poemas), o lo que es aproximadamente lo mismo, El individuo y sus deseos incumplidos; la ciudad; el sueño; la destrucción; la rebelión; y la derrota. Baudelaire definió su libro como un diccionario de la melancolía y el crimen. Del sufrimiento y el pecado. En un sentido, Las Flores del Mal y El Spleen de París son también un tratado moral, una especie de Comedia de la modernidad, como ha sido llamado Las Flores. Una comedia de la que solo se representan el infierno y el purgatorio; la modernidad queda así descrita como un mundo sin paraíso, sin amor, sin felicidad, sin esperanza. A Baudelaire las afirmaciones y declaraciones de los humanistas sobre el bien, la bondad, la caridad, la probidad y el progreso le parecen “jactanciosas” y “descaradas”. Nada hay de qué jactarse. La virtud es inane. El Mal o el pecado no tienen su origen en la caída, como en el relato bíblico, que Baudelaire no sigue: la serpiente que en la Biblia tienta y pierde a Eva y con él a Adán, en Las Flores del Mal está entronizada en el corazón humano y desde allí impide a la voluntad elegir con libertad sus actos según y lo inclina hacia el mal. El mundo, es decir la ciudad moderna, convierte la realidad en alegoría, con lo que se desvanece el sentido. El humano sucumbe en medio de la multitud y de las tentaciones del progreso. Atraído o fascinado por la serpiente, busca su salvación en los escenarios que le ofrece la ciudad, pero solo consigue hundirse cada vez más.  El único progreso valioso es el moral, propio de una verdadera civilización, que nos aleja de la caída, del mal, pero él no puede trascender el perímetro existencial y metafísico de su destino. El mal es la noción con la que Baudelaire menciona por un lado los instintos humanos y por otra la moral entera de la modernidad, del mundo dominado por el comercio, la industria, las finanzas, el lucro, lo útil y lo repetido, el afán de dominio y poder, todo lo que en nombre del progreso material niega o mengua la vida humana. Ese Mal comprende todos los ámbitos de la vida. La edad y la vejez, la ciudad, la prostitución, el amor lésbico, la carroña o cuerpo humano deshecho, el trabajo, la miseria, el vino, el ladrón, Dios. 

Como se puede ver, Baudelaire hace una enmienda general a la sociedad francesa y occidental; no solo al sistema político, social o económico sino además a sus valores, a su ética y su estética: asocia el mal con la modernidad y el progreso y sobre todo con lo que él llama l’immortel péch que se encuentra por todas partes, en todo el mundo, sin haberlo buscado, desde lo alto a lo bajo de una escala fatal. 

En Las Flores del Mal, de todos los males Baudelaire destaca uno: la falta de sentido, el vacío, la falta de interés en nada, lo que él llama l’ennui, que en español se traduce generalmente como el tedio, con lo cual no se aprecia el alcance y profundidad del pensamiento que el poema traduce. Se encuentra en el poema más importante de Las Flores, el primero y magistral poema que inaugura el libro, en el que el poeta presenta su estética y su retrato del género humano en la modernidad, en relación al cual debe ser leído todo el libro y la obra de Baudelaire. Junto a los mayores pecados, dice el poema: “¡hay uno más feo, más malvado, más inmundo! […] / ¡Es el sinsentido! […] que sueña con la pena de muerte fumando su pipa”.

Voilá la acusación de Baudelaire: el más inmundo de los pecados del mundo moderno es la destrucción del sentido de la vida. Frente a eso, no hay redención posible: La Rançon o “El rescate” puede hacer pensar que lo hay, pero es un error. Ese poema dice que, para liberarse de su condena, el hombre tiene el arte y el amor. Pero recordemos que ese poema forma parte de Les Epaves, a título de “Piezas diversas”, y que estas “Epaves” o “restos” son textos publicados por el editor Poulet Malassis en 1866 como “piezas poéticas […] a las que el señor Charles Baudelaire ha decidido no incluir en la edición definitiva”. Baudelaire excluyó deliberadamente La Rançon. En sentido estricto el poema no forma parte de Las Flores del Mal.

Sartre se quejó injustamente de que Baudelaire no elaborara su propia definición de Mal. Sin embargo, éste interpretó como nadie las formas que el mal adoptaba en Francia y el mundo rico a mediados del siglo XIX. Desde la Introducción a la obra de Poe, de 1856, Baudelaire no hizo sino desarrollar sus ideas sobre el mal a través de una compleja red de proposiciones que conectan una con otra de modo a veces directo y a veces sinuoso, especialmente en sus anotaciones íntimas Cohetes y Mi corazón al desnudo. Probablemente él haya sido el primero en notar que la más grave y profunda consecuencia de la implantación del sistema del progreso consistía en la desaparición de la vida: “Pido a todo hombre –escribió– que intente mostrarme lo que subsiste de la vida”. Bajo el imperio del progreso y el mal, al humano solo le quedan la rebelión y la muerte, que protagonizan las dos últimas secciones de Las Flores. En estas, Baudelaire expone otra de sus grandes contribuciones: el potencial revolucionario, la dimensión crítica del Mal. Porque para Baudelaire hay un mal social y moral, cuyas figuras protagonizan diferentes formas de la rebelión: son el vino, el opio, el asesino, el traidor, la carroña, las mujeres del amor lésbico, la muerte; y hay un mal metafísico: en Las Flores San Pedro, Caín y Satán son tres figuras del mal, éste al modo de Milton en El paraíso perdido, un poema en que Satán ostenta una clara superioridad ética y estética sobre Jehová. En este apartado Baudelaire da un marcado acento político a la rebelión por sus menciones a los exiliados, los mártires y los ajusticiados, directa referencia a la represión del segundo imperio de Luis Napoleón Bonaparte. La peculiaridad de la rebelión de leer es que procede a través de una subversión de valores, no nace del bien sino del mismo mal. El mal se rebela contra el mal. Es una rebelión que abarca a Dios y a todo el mundo: el progreso, el capitalismo, la técnica, el confort, la moral, el mismo mal. Para Baudelaire, pues, el mal tiene una doble constitución: destruye y condena, pero también libera; es una fuerza de la dominación, pero tiene poder crítico: es, en suma, una negatividad constructora. 

La primera posteridad de Baudelaire es la de Rimbaud, Verlaine, Mallarmé y Lautréamont, a los que Verlaine llamó “Poetas Malditos”, los poetas que eligieron una forma de existencia que les permitiera sortear a la vez la frustración y el envilecimiento. Su experiencia en esa búsqueda radical los popularizó, y así empezó la leyenda que ha hecho de sus vidas y sus obras un capítulo de la historia de la cultura moderna, y entronizó a Baudelaire como su “pater familia”, según lo llamó Roberto Bolaño.

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Mario Campaña (Guayaquil, Ecuador, 1959). Autor de cuatro libros de poesía y de las biografías literarias Francisco de Quevedo, el hechizo del mundo (2003) y Baudelaire. Juego sin triunfos (2006). Traductor de Tumba para Anatole. Dirige la revista de cultura Guaraguao. Premio Nacional de Poesía de Ecuador, 1988.

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