Pensar, desde la isla y más allá.

“Me cago en el padre de los hermanos Lumière”.

Don Arturo Galván (personificado por Fernando Fernán Gómez)

El cine español alardea de referentes importantes. Así, de inicio, destaco a Luis Buñuel, uno de los más grandes artistas de la historia del cine. Si avanzo a tiempos contemporáneos, he percibido la preferencia por parte del público de cineastas como Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar, Juan Antonio Bayona, Cesc Gay y Manuel Martín Cuenca. Otros directores que pasan el cedazo de la aceptación general son Álex de la Iglesia y Fernando Trueba. 

Por supuesto que España presume otros ejemplos importantes y de renombre. Precisamente, ese es el motivo del siguiente escrito. En esta colaboración especial, abordaré a quien es considerado uno de sus grandes: Fernando Fernán Gómez, a través de su película “El viaje a ninguna parte” (1986).

Resulta casi titánico dialogar sobre la concepción cinematográfica de este artista desde el espectro de una sola película. Sin embargo, “El viaje a ninguna parte” encapsula una trama y temáticas que nos recuerdan lo grandioso del cine, y los distintos artilugios y recursos que se utilizan para contar una buena y embriagadora historia. El oficio que empleó Fernando Fernán Gómez, para mí, es admirable.

“El viaje a ninguna parte” está basada en la obra homónima de Fernán Gómez, quien además de guionista de la adaptación cinematográfica, fue su director y uno de los actores del reparto. La historia se desarrolla en la España de mediados del siglo XX, en plena era franquista, y cuenta los periplos de una compañía de teatro cómico ambulante. No obstante, a simple vista, esta sería la sinopsis genérica. En realidad, la película se cuenta mediante los recuerdos desorganizados de su protagonista, Carlos Galván (personificado por José Sacristán).

Esta situación le funciona a Fernando Fernán Gómez para retratar dos aspectos formidables. Por un lado, presenta uno de los períodos más desoladores de la historia española. Una época de atraso y miseria para la mayoría de la comunidad rural, donde la pobreza está a la orden del día y la felicidad viene como una feria itinerante.

Por otro lado, le permite emplear un recurso narrativo curioso: el narrador no confiable, quien brinda una perspectiva que no es de fiar. La subjetividad amañada de su protagonista está viciada por sus propias (in)conclusiones personales y aspiracionales. Fernán Gómez lo muestra no sólo como una figura abatida por los embates de las décadas, sino como el intento triste de un anciano que no concilia los episodios de su vida y se dedica a fabular éxitos ajenos. Esto argumenta una de las temáticas más demoledoras y agridulces de la película: el tiempo es aquello que se escapa mientras se busca la fama.

Las capas narrativas de la historia son mucho más amplias. Amén de lo anterior, las dinámicas entre los demás miembros de la compañía de teatro presumen de ser los momentos más genuinos y empáticos de “El viaje a ninguna parte”. Desde los momentos iniciales, Fernán Gómez manifiesta que los fundamentos de este grupo de comediantes de legua no son tradicionales, sino más bien circunstanciales. Están unidos por amor al oficio, por la solidaridad ante la soledad y por la supervivencia de un estilo artístico perecedero. Así, presenciaremos relaciones paternas dudosas, amores y desamores que descorazonan, luchas persistentes por ganarse la vida, decisiones que afectan y golpean muchísimo tiempo después de haberlas consumado; un trajinar cotidiano y mundano tan particular como universal.

Quizá el aspecto que más disfruté de ese amalgamado guion es su observación a los avances del cine como fuente predilecta de entretenimiento. Son muchos los pasajes en “El viaje a ninguna parte” en que sus protagonistas deben confrontar la realidad de que sus respectivas carreras culminan por las películas. La esperanza y el escape viene en metrajes, no en roídas cartulinas que simulan una escenografía. Fernando Fernán Gómez dialoga con las mutaciones artísticas y la incapacidad de ciertos artistas de adaptarse a las demandas de los nuevos tiempos.

Para finalizar este breve recorrido por la película, admito que disfruté, en primer lugar, la comprensión total que tuvo el cineasta español con su historia. Segundo, me encontré estupendo su dominio en la dirección y puesta en escena. La cámara fluye con tanta naturalidad y algunos de sus movimientos me resultaron lirismo visual puro, como la secuencia inicial, el traspaso rápido por distintos episodios inventados de su persona o la escena de la filmación de una película (una película dentro de una película). Entiendo que existe cierto tipo de realismo español; hermoso, conmovedor, melancólico y tragicómico.

“El viaje a ninguna parte” se alzó como la primera producción en ganar Mejor película en los Goya de 1987, y Fernando Fernán Gómez se llevó Mejor dirección y guión. Es un testamento y un caleidoscopio a un tiempo férreo en España; un canto y un llanto a los últimos cómicos ambulantes; son alegrías y penurias de un grupo variopinto de personajes que buscan una vida buena; es un recorrido por la creatividad de un cineasta en pleno control de su producción. Me emociona conocer el cine de Fernando Fernán Gómez.

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Ysidro Eduardo García R. es abogado. Oriundo de San Francisco de Macorís. Egresado de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Desde joven, es un amante del séptimo arte y la crítica de cine. Ha tomado cursos de Producción Cinematográfica en la Escuela Altos de Chavón.

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