Pensar, desde la isla y más allá.

Aproximación Filosófica y relevancia poético-literaria

El presente escrito intenta descifrar algunas claves filosóficas del Movimiento Postumista, en el primer centenario de su lanzamiento oficial. Se parte de cuatro núcleos de entronque filosófico: sensibilidad estética, eticidad poética, realce axiológico de lo propio y búsqueda de autonomía intelectual. 

Con la escuela postumista se asiste a una nueva sensibilidad estética, lo cual marca un hito en nuestro devenir poético-literario. Domingo Moreno Jimenes está convencido de que su escuela sigue un “ideal estético” (García, 1921), enmarcado en una nueva “modalidad artística” que trastoca los cánones del quehacer poético en el país, al tiempo que trastoca la visión tradicional de lo bello: “Siempre fue mi concepto que la belleza no era cuestión de palabras” (Ib.) ¿Dónde radicaba la calidad de lo bello según Moreno? Así lo explica:   

Decidí originar una nueva fórmula lírica en la cual toda la prosodia estuviese basada en un acento emocional que, sustituyendo la rima, contribuyera a darle un influyente caudal de expresión al idioma. Lo conseguí (…); pero yo no me quedé ahí; y casi a continuación produje una poesía enteramente regida por las emociones, donde los prejuicios de forma y fondo desaparecen” (García, 1921, p. 6).

Preocupaba encontrar una nueva ruta estética, que conectara con la realidad vernácula, enalteciéndola y recreándola. Se debía dejar fluir las emociones, sin preocuparse por las preceptivas literarias que demandaban métricas y consonancias como rasgos sine qua non del quehacer poético. 

Ya la filosofía occidental, marcada profundamente por la crisis europea que se agravó tras la Primera Guerra Mundial del 1914, venía reclamando enderezar sus miras teóricas hacia el “más acá”: apego a la tierra, afirmación de la vida y su aspecto lúdico. Era parte esencial del pensamiento de Nietzsche, del que hace recepción en el país, hacia 1912, el poeta y ensayista Vicente Sánchez Lustrino. 

Por otro lado, la fenomenología husserliana reclamaba “¡Volver a las cosas!”, mientras Bergson favorece la intuición y la libertad creadora, y el socialismo marxista leninista triunfante en Rusia prometía no solo “Tierra y Pan”, sino también la redención social del proletariado y el campesinado. Todo esto acontecía y las alas teóricas del positivismo latinoamericano se fueron quedando sin fuerza para volar. Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Alejandro Korn, Carlos Vaz Ferreira, Alejandro Deustua y José Vasconcelos, precipitaron la caída de la única doctrina que en Latinoamérica pudo ejercer predominio frente a la Escolástica. 

El año en que Moreno Jimenes publica sus primeros versos postumistas (1918), José Vasconcelos publica en México un libro en que alienta un nuevo pathos estético: El monismo estético, lo cual se vincula con las preocupaciones estéticas del postumismo. Conocido principalmente por su Raza cósmica (1925), uno de los principios de su propuesta estética enfatiza (Sosa, 2004, p. 141), la emociónestética como condición para comprender a la naturaleza de las cosas (…). Para Vasconcelos la emoción o intuición estética, es el método para conocer la realidad”.

Precisamente, una característica del discurso postumista es el acento emocional. Dice Andrés Avelino, redactor del Manifiesto Postumista (1921, p. 55): “nuestro acento emocional permite una mezcla igual de idea y de emoción”. Significa que existe un punto armonioso donde filosofía y poesía convergen, complementándose, con sus apéndices respectivos de concepto e imagen. 

Que la poesía encierra la posibilidad de acceder al conocimiento de lo real, es algo que algunos podrían objetar con pocos éxitos. José Mármol aclara en Ética del poeta (1997, p. 23): “Este conocimiento es particular, en el sentido de que no tiene que representar conceptos o cosas, es decir, referirlos, sino que el lenguaje poético tiene la facultad de fundar conocimientos”. Tal carácter fundacional se revela en toda producción poética digna de su nombre. Y agrega: “El poema no reproduce lo que es visible, sino que en su mediación discursiva, en su autogénesis como síntesis superadora hace que lo visible se pluralice en la integridad de su sentido, que se enriquezca, que se haga multívoco, polisémico (…)” (Mármol,1997, p. 32).

Hay que atribuir a Avelino los primeros planteamientos en suelo nativo sobre el nexo existente entre el poetizar y el filosofar. Postula que poetizar es una forma de profetizar, advirtiendo: “Los poetas no seguirán siendo seres privilegiados y desconocidos de la multitud, camino del ensueño, sino seres videntes, camino de la verdad, pensadores y filósofos” (García, 1921, p. 53).

Si bien Avelino en su proclama es quien interpreta teórica e ideológicamente el postumismo, quien lo encarna vitalmente es Moreno Jimenes. Mora Serrano y José Rafael Lantigua han dimensionado muy bien este arraigo pasional y misional del creador del postumismo. 

Domingo Moreno Jimenes, al frente de su casa. Barrio Mejoramiento Social. Ave. 2da.

Según Avelino, en el postumismo habrá de cultivarse el “arte autóctono para abrir la talanquera que nos ha separado del infinito” (García, 1921, p. 52). Dentro del círculo postumista no se proscribe la literatura o el arte europeo, pero se considera que sus representantes principales son “soles apagados que no nos iluminarán” (Ib.). La expresión “Nuestra América”, empleada en El Manifiesto por Avelino, se hizo famosa en el continente desde la publicación en 1891 del célebre ensayo homónimo de José Martí, donde exhorta a crear desde lo que somos; “Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano, y si sale agrio, es nuestro vino” (Zea, 1993, p. 125). 

Parejamente, Avelino advierte que “Los mármoles de Paros y de Corinto no se han hecho para nuestras estatuas. No tendremos en nuestros calderos surrapa de Verlaine ni de Mallarmé, de Tristan ni de Laforgue” (García, 1921, pp. 51, 52). 

Otro de los aspectos abordados en el presente enfoque, es la exigencia de autonomía intelectual. En Hispanoamérica, tal temática remite al ecuatoriano Vicente Rocafuerte y al venezolano Andrés Bello. Luego Leopoldo Zea recoge y sistematiza estos y otros planteamientos en Pensamiento latinoamericano y otras obras. En cuanto a República Dominicana, Bonó es el primero en reclamar la liberación mental y cultural, exhortando a superar los resabios de la mentalidad colonial heredada de España. Luego irrumpe Hostos con el accionar de la Escuela Normal, para complementar dicho proceso liberador.

Cuando Estados Unidos ocupó el país en 1916, no solo mancilló la soberanía política, sino también el núcleo espiritual de la Nación. Manuel Mora Serrano refiriere ciertos vejámenes cometidos contra Moreno Jimenes (1999, pp. 13, 14):

En la segunda semana de marzo de 1920 fue atacado una noche cuando iba a su casa, por un grupo de marines norteamericano que lo golpearon en la calle y lo persiguieron hasta un negocio donde buscó refugio y allí, en medio de risotadas, le dieron patadas y le arrojaron sobre un saco de sal, según relata la revista Letras en su No. 150 del día 14 de dicho mes (…)

En el Manifiesto se exhorta a no “seguir siendo súbditos de una aristocracia que no nos pertenece”. Esta la lleva el pensador en su cerebro (García, 1921, p. 51). Tal emancipación cultural cristalizaría en los campos del arte y de la literatura, en el sentido de no depender más de formas y estilos del pasado, incluido el modernismo de Rubén Darío. 

La relevancia del postumismo en la producción poética y literaria dominicana es un hecho incontrovertible, lo que ha de ser resaltado en este primer centenario de su proclamación. Juan Bosch hablaba de la “respetable escuela” postumista, llegando a confesar: “el postumismo me ha interesado vivamente, hasta hacerme perder el sueño muchas veces” (Revista Bahoruco, 1935). Es de todos conocida la trayectoria literaria de Bosch, concentrada en el cuento y la novelística; de cómo sus obras expresan la realidad social campesina caracterizada por la miseria y la mortal rutina cotidiana. Su admiración por “los colinianos” no es asunto casual. Pero ¿y qué decir de la poesía social de Pedro Mir, de la obra poética de Manuel del Cabral representada en su Compadre Mon, o de las motivaciones ideológicas de los poetas del 30 y del 40, como son las obras poéticas de Rubén Suro, de Tomás Hernández Franco? Ni qué decir de Héctor Incháustegui Cabral, quien no solo valora la calidad literaria de Moreno Jiménez, sino que reconoce la repercusión de su legado en su propia obra.

Cada generación literaria “marca su propio territorio”, y sus lineamientos paradigmáticos suelen enfatizar el extremo opuesto de la anterior. Tal sucedió con la Poesía Sorprendida (1943-1947) y sus máximos cultores: la suya es una “poesía con el hombre universal”, lo cual no significó que se diera espalda per se a lo nacional o autóctono, sino ponerlo a dialogar con la cultura global. Algunos autores refieren cierta actitud evasiva en las obras de los sorprendidos, por el ambiente temible que se respiraba a la sazón. Pero se trata de un juicio ligero si se tiene en cuenta que, “En sus metáforas, abstracciones, símbolos y alegorías subyacen la protesta social, el repudio a la dictatura, la denuncia política” (Mármol, 2019, 83).  

A pesar de que el postumismo y su fundador fueron motivos de desaire y hasta de rechazo por parte de la élite intelectual y literaria del país, con el transcurrir del tiempo se fue aquilatando su incalculable legado poético y cultural. 

Los aportes de Moreno Jimenes fueron reconocidos con las máximas honras y reconocimientos conferidos por el Estado dominicano y al menos tres universidades (UASD, UNPHU y APEC). Otras entidades resaltaron y premiaron sus contribuciones al acervo literario nacional. Pero quizá una de las distinciones de mayor gratificación para el poeta, fue la tributada por el Taller Literario “César Vallejo”, por provenir de la nueva generación poética que emulaba, si bien no los lineamientos programáticos del postumismo, sí la pasión por la poesía del fundador del postumismo. Tal actitud febril que se expresó en la campaña promocional del arte poético por gran parte de la geografía nacional, que impulsó por igual a Moreno Jimenes y a los talleristas del César Vallejo, solo se ha presenciado dos veces en el devenir histórico de nuestra literatura: al iniciar y al declinar el siglo XX.     

Finalmente, el postumismo ha hecho un gran honor al raro vocablo escogido para su denominación, pues como se auguró en el Manifiesto, el índice se ha extendido “hacia el horizonte de los siglos”: la escuela literaria que no fue entendida ni valorada en su época hoy ocupa uno de los sitiales más altos como expresión peculiar del arte poético y la literatura en República Dominicana.  

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En portada: Ramón Oviedo, Sin Título (5), técnica Acrílica sobre lienzo, 2003, 16 x 20 pulgadas. Imagen cortesía de Antonio Ocaña y Fundación Ramón Oviedo Inc.

Julio Minaya es filosofo y profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Doctor en Filosofía por la Universidad del Pais Vasco.

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