Pensar, desde la isla y más allá.

El amor, se sabe, tiene un impacto físico considerable. Cuando no va bien, produce inapetencia, debilidad, insomnio, y a veces desfallecimientos. Eso sin considerar la crisis mental que supone, cuyo principal efecto es la separación de la realidad. Por estas características mórbidas, el amor ha sido visto, desde siempre, como una enfermedad, con su respectivo diagnóstico y sus métodos de prevención y cura. Antiquísima es la historia de Antíoco, que cae enfermo de amor y se consume en su alcoba como si padeciera de anemia, hasta que llega el doctor de la corte, Erasistratus, y diagnostica que su virus es Estratonice, su madrastra. El drama lo pintó David en 1774.

Hay muchas visiones del amor, por supuesto, pero ésta, en lugar de menguar con la evolución de la ciencia y las ideas, ha persistido por siglos, dejando su huella en casi todas las formas artísticas. En «La princesa de Cleves», de Madame de Lafayette, el amor es un padecimiento que solo una combinación de virtud y razón puede curar; lo mismo en el hermoso ensayo que al amor dedica Bacon; y en «La Marquesa de Pivardiere», aparece el amor como peste, como virus que no respeta límites de clase y ataca por igual a ricos y pobres, ilustrados e ignorantes, nobles y plebeyos. Incluso en las novelas de un realista como Balzac, los personajes femeninos se marchitan, por amor, como flores: tal el caso de Augustina Guillaume y Clemence Desmarets, por ejemplo. Ni hablar de Stendhal, donde amor y locura a menudo convergen: «Jamás podría amar a un hombre que no fuera capaz de matarme», dice Matilde La Mole en «Rojo y negro».

Tenemos que llegar a Flaubert para sangrar al amor y reducirle la plétora. Tanto «Madame Bovary» como «La educación sentimental», son novelas donde el amor es más bien una vivencia común, saturada de idealizaciones que nacen como reacción a una existencia vulgar y mediocre. Los personajes de Flaubert no enferman ni mueren de amor, se diluyen lentamente en circunstancias mucho más extensas y complejas, en una red existencial que implica lo social y lo político. Aunque claro, tanto Emma Bovary como Frederic Moreau, pueden todavía ser materia de estudio psicoanalítico, y sus amores frustrados narrativas poderosas para ilustrar la neurosis.

Pero en conjunto, Flaubert representa un paso hacia el realismo de Chejov, para quien el amor, por fin, no es una enfermedad, sino una realidad potencial necesaria y benéfica. El amor chejoviano permite mirar atrás, contemplar nuestro pasado como cosa llana, desprovista de sustancia, vasija que el amor finalmente llena con esperanza y sentido. Así el amor, lejos de ser una dolencia somática o psíquica, es un remedio concreto para esa enfermedad que es la existencia rutinaria y vacua.

Pero el amor como enfermedad persiste hasta ahora. El otro día, escuchaba a Alan Pauls en YouTube hablar del amor como patología. Y anoche, en el YouTube, escuché al gran Andrés Calamaro cantar: «Soy el remedio sin receta y tu amor… mi enfermedad».

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Marco Escalante, ensayista peruano radicado en Chicago. Autor de Malabarismos del tedio (Editorial 7Vientos).

Imagen de portada: Antíoco y Estratonice, Jacques Louis David, 1774.

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