Pensar, desde la isla y más allá.

La ironía es un ejercicio que revela 

la falta de seriedad de la existencia

              E.M. CIORAN

1

En la poesía dominicana no abundan los suicidios, que un poeta se quite la vida sin ton ni son, pero al ritmo de un son, quizás. Prefieren irse por deterioro a gotas, por el alcohol, la mala vida, la vida mala y las decepciones de la búsqueda en la política y decenas de razones más que podrían venir al caso mencionar, pero es mejor dejarla de ese tamaño. De qué el poeta dominicano no se lleva bien con eso, “Me quité la vida, ¡jódanse!” No va con él. Confía demasiado en su talento para hacerlo por ser un mal poeta y si es medianamente talentoso, ni pensarlo, son los otros que no los comprenden. Es mejor morirse de muerte natural, por el deterioro del tiempo y perder los dientes, que ponerse a inventar y mucho menos llegar a pensar lo contrario. 

2

Werther, un personaje romántico de la novela del mismo nombre de Goethe, harto conocida. Novela causó estragos en el tiempo en que se escribió. Werther, sumergido en su pasión volcánica, decide suicidarse y la noche antes de liberarse de su miseria pasional, duerme profundamente. Lo que lleva a pensar, si la muerte y el sueño son los mismos, con una tradición de milenios de comparársele. ¿Irse a dormir “tranquilamente” cuando se ha tomado una resolución de “en paz descanse”, en una época donde los suicidas, los sepultaban en el lado no “cristiano” del cementerio? En apariencia, su decisión pone fin todo su estado emocional. Hermosa interrogante digna de tomarse en cuenta si el personaje volviera de entre los muertos, para interrogársele. 

3

Emma Bovary, la díscola mujer del Pierre, del mismo apellido que ha vuelto digno el aguantar cuernos en la edad moderna, se cita con un amante que no está dispuesto a aceptar un no como respuesta a lo que todo el mundo sabe, pero Emma, había tomado la decisión de no volver a ponerles los cuernos a su inofensivo marido, por lo que, sin proponérselo, según la sapiencia e inteligencia de la lectura de Mario Vargas Llosa, al describir esta escena, el autor de Madame Bovary de Gustave Flaubert, dibujó el pasaje más erótico de sexo jamás descrita a la imaginación del lector, de lo que estaba pasando dentro del coche por eso dos tórtolos, que parece sugerir que la Bovary si sucumbió a la célebre infidelidad.

4

El chileno Pablo Neruda, poeta inigualable y de toda lengua a la que ha sido traducido y los incontables que los han leído en su lengua natal, publica su Residencia en la tierra (1925), sin cruzarle por la cara de lúgubre y sepulturero que tenía siendo muy joven, que ese libro iba a constituirse en un manual de las emociones exaltadas de los enamorados, que de estar vivo Rubén Darío, el hombre de Azul, lo hubiese abrazado por ser chileno y a la vez ponderar el libro como de los de la estirpe de cuchillo de palo y la sangre cayendo al vaso y un adjetivo de esos, que su pluma y su genio, encontraba y encantaba. A los años de la publicación del libro, le llegó la información a Neruda que un joven se había suicidado y en su mesita de noche habían encontrado su libro de amor y de alas flamígeras, abierto (se lo añado yo) en un poema que todavía nadie sabe, de la Residencia, cual es. Le dolió tanto esa muerte que prohibió su reedición por mucho tiempo y que dio pie a la piratería del mismo y dejara de percibir los derechos de autor correspondientes, que para la época era todo un lujo.  

5

Los suicidios tienen algo de infantil en la ejecución, sin son de poetas, pasan a adquirir una aureola de santidad, con todo y que el suicidio nunca lo perdonan los familiares, los amigos, ni a los que el poeta les debe, pero sí los que le deben cuartos al poeta. José Asunción Silva, aquel poeta maravilloso de nacionalidad colombiana y precursor del Modernismo, que tanto hizo y sigue haciendo por la poesía. Eso de ir al médico y en ropa interior hacerse chequear y decirle ingenuamente al galeno que le indicara donde estaba el corazón con un círculo que pronto iba ser de ceniza, cosa que por el ¡¡Pum!! ¡¡Pum!! podría entenderse como obvio y más tarde colocarle una bala de plomo, pero antes de ejecutar ese acto de prestidigitación, había terminado de leer (la tradición no recoge el libro), encontrándolo los familiares abierto en una página, encima de su mesita de noche. Supongo que el libro podría ser la Biblia.

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Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.

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