Pensar, desde la isla y más allá.

Querido amigo:

El hecho de la muerte causa infelicidad. ¿Y si el resultado de negar a ésta disparara el derecho a la felicidad?: el infinito como presencia vendría constituido por el infinito como negatividad.  Querido René, tu muerte me ha dejado abatido, confundido y consternado. ¡Cuánto dolor!

Es difícil, si no imposible, establecer qué determina el curso de una vida. La tuya fue una apasionada y generosa entrega a la escritura.

Te recordaré como una persona afectuosa y entrañable, que andaba siempre acompañado. Hablabas con cierta timidez hasta lograr empatía con el Otro, siendo la amistad tu mejor carta de presentación. De mirada indulgente y dulce: en los labios una sonrisa permanente.

La noticia de tu muerte me trae a la memoria un pasaje del libro de relatos que escribimos al “alimón” en el año 2002

“Éramos, apenas, una mancha de tinta en alguna de las páginas de la historia. El inminente retorno de ese mítico ser o cosa lo ocupaba todo y no había tiempo ni espacio para otros asuntos que los que emanaban de lo sobrenatural y sus alrededores” (“Salvo el insomnio”, pág. 36).

Fue Kant quien, en una página de su “Antropología” (1789), mostró que la nostalgia de un país en realidad enmascara la nostalgia del tiempo que hemos vivido en él. El país al que se echa de menos, al que se quiere volver, no es otra cosa que la pérdida de la condición temporal. Pero ningún retorno a un lugar puede encontrar el tiempo vivido en ese espacio porque, entretanto, el ser ha huido de su lugar de origen. Si en el orden espacial podemos movernos de un sitio a otro o volver de un punto de llegada al de partida, en el orden temporal no podemos hacer lo mismo. 

Esta disfunción es el fundamento de la imposibilidad del regreso y del dolor que dicha imposibilidad procura. En fin, puedo recuperar el lugar, pero nunca al mismo yo que vivió en aquel lugar. Quizá, querido René, ese fue tu peor y único drama. Salir del país y volver de vez en cuando como ser errante y nostálgico. Aunque de la nostalgia uno se cura. Pero la constatación de que es imposible anular la irreversibilidad del tiempo puede ayudar a aceptar la condición del ser emigrante, la finitud que nos constituye y habita. Y puede contribuir a librar de la nostalgia y su pulsión regresiva, cerrada, pasiva, y reconciliar nuestras vidas para luego morir en paz: irredento, aunque feliz, en el lugar en donde el deseo tiene sus brillos y espejismos. Pero también su nostalgia, que es la de un movimiento que permanece constantemente abierto y, en esa apertura, ver pasar figuras, escuchar voces, olfatear perfumes que se elevan desde los cuerpos perdidos y, por instante, reencontrarlos.

Ese momento puede ser fulminante, pero también puede prolongarse durante años, si cabe decir tal cosa de un momento. Sólo uno mismo puede saber cuál es ese instante decisivo. ¿Acaso alguna vez, querido René, supiste cuál fue tu momento decisivo en la vida?

Quizá cuando recibas estas líneas ya todo haya pasado y yo esté muy lejos, probablemente a salvo en el extranjero (…).”  (“No les guardo rencor, papá”, pág.127).

¿Pero a quién le escribo? Dramático y físico resto de una ausencia. La contigüidad con el cuerpo del ausente transforma la carta en un regalo, pero también en un fetiche. En el vacío de la lejanía, las palabras resuenan como eco de lo que ya ha sido, como voz que llega de un tiempo irremediablemente interrumpido. La carta de despedida establece, en el mismo instante, un contacto vicario, sustitutivo, mental, con su autor e inaugura el tiempo amargo de una desaparición corporal que ninguna palabra puede compensar

Con enorme talento, en pleno desarraigo existencial, arriesgaste en el poema la vida. Esa actitud la asumiste sin estridencias ni poses. Se trata de algo muy simple y complejo: al abocarse a aquello que irremediablemente se nos escapa, los poetas—como los niños—se embarcan en su propio viaje á la recherche du temps perdu, volviéndosearqueólogos lúcidos, testigos del vínculo preciso entre la nostalgia y rencor, aventura y tolerancia. En cuanto a ti, querido René, en cada uno de tus libros intentaste cruzar una frontera. Después, a lo mejor, comprendiste que no tenías adónde ir y preferiste quedarte en tu propio coto de caza donde es posible seguir siendo, aún hoy y ayer y mañana, un “huésped secreto”, como quería ese otro poeta dominicano, lúdico y errante, Manuel del Cabral.

Santo Domingo, D. N., 3 de abril del año 2020

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Plinio Chahín, poeta, crítico, docente y ensayista dominicano, autor de Pensar las formas (2017).

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