Pensar, desde la isla y más allá.

Escribo estas líneas a las 7:30 p.m. del sábado 21 de marzo, 2020 mientras el final de Harry Potter and the Deathly Hallows suena en el trasfondo. Un par de semanas atrás me imaginaba que en este momento yo estaría en medio de la recepción de mi boda, rodeada por unas doscientas personas, entre familiares y amigos, algo alegre por las copas de champaña y bailando junto a mi esposo. Desafortunadamente, eventos globales sin precedentes voltearon mi mundo de arriba abajo; y ahora me encuentro más bien desempleada, recluida y “celebrando” mi boda vía FaceTime con miembros de mi familia dispersos alrededor del mundo también recluidos y atemorizados por lo que la vida pudiese llegar a ser en unas semanas.

Si alguien me hubiese advertido semanas o meses atrás que aquí es dónde yo estaría hoy, seguro que hubiese gritado, pisoteado y sentido una sensación de ansiedad y desolación; pero en cambio he encontrado un impredecible sentido de calma mientras recalibro mi cerebro y le busco un sentido a esta nueva realidad que estamos viviendo. Millones de personas se levantaron esta semana para encontrar sus ciudades y países en estado de emergencia, los aeropuertos cerrados, millares sin empleos, enfermedad, muerte y un insuperable temor mientras el mundo trata de encontrar la manera de lidiar con esta pandemia conocida como COVID-19.

Solo unas semanas atrás todas estas preocupaciones parecían a años luz de distancia, mientras yo animadamente discutía las elecciones presidenciales en Estados Unidos, el cambio climático, las desigualdades económicas y los acontecimientos de mi país en chats con mis primos o en Instagram con amigos y compañeros de trabajo. Aún cuando yo veía la pandemia devastar una parte de China, y sabiendo que en algún momento llegaría hasta nosotros, no llegué a apreciar plenamente el impacto que esta tendría en nuestras propias comunidades en términos tanto de salud como en nuestras finanzas. Pero no estoy segura que nadie pudiese imaginar que algo así pudiese pasar. Y aquí viene la pregunta de por qué y cómo yo puedo experimentar un sentido de calma en medio de este tiempo lleno de temor e incertidumbre.

La verdad es que este sentido de calma no llega fácil. Los días previos a nuestra decisión de suspender nuestra boda estuvieron llenos de lágrimas, ataques de pánico y niveles extremos de estrés que lo sentí en cada nervio y en cada partícula de mi ser. El estrés no fue causado solo por nuestras preocupaciones de cómo esto afectaría nuestro día de boda (aunque ciertamente jugó una parte), sino que fue desatado por el miedo a la incertidumbre, a lo desconocido: ¿estaba yo ya infectada? ¿Había yo sin saberlo infectado a alguien? ¿Perdería mi trabajo? ¿Perdería a un ser querido? ¿Tomaría las decisiones correctas? ¿Estoy siendo egoísta? Estas preguntas no vienen fácil mientras cada día absorbo nuevas informaciones y todavía trato de “agarrarme de mi boda” para la que tanta gente trabajó por año y medio para hacerla perfecta.

Pero de alguna manera a lo largo del camino encontré que fui capaz de confiar en mi instinto y de reenfocar mi cerebro: en lugar de aferrarme a la vida como la conocimos, he tenido que asumir plenamente la nueva realidad que está delante de mí. Hacer esto me ha dado la fuerza para lidiar con las decisiones que tendré que tomar, pero también con las decisiones que otros tendrán que tomar por mí.

Como empleada en el sector de la hostelería supe al instante que el desempleo era inevitable y que años de trabajo duro habían llegado a un –eso espero- final temporal; y supe también que esa frustrante realidad estaba fuera del control de nadie, pero ante la cual tendría necesariamente que ajustarme. Así que, aquí estoy, ajustándome a ella. En lugar de dar vueltas en mi propia miseria y miedo constante, estoy deseosa de ese futuro que me espera, así que uso mi tiempo para hacer las cosas para las que nunca tenía tiempo: leer, escribir, mi salud mental, acercarme a mi familia, jugar con mi perro, y convertirme en una guerrera social.

Como millenial, el distanciamiento social es algo que debe venir fácil, pero será de todos modos duro. Nuestros veintes estuvieron llenos de fiestas, festivales musicales, conectividad constante y gratificación instantánea. Pero la nuestra es también la generación que emergió con la tecnología; hemos encontrando maneras de comunicarnos en diez plataformas distintas, recibimos notificaciones, tenemos a nuestra disposición una oferta interminable de películas y series, y no tenemos la necesidad de salir de nuestras casas para comunicarnos y recibir información crítica. Si hubo un tiempo, este es para usar esas herramientas con las que crecimos para ser más productivos, crecer como humanos y expandir nuestras habilidades intelectuales, probarnos más allá del ajetreo cotidiano y disfrutar lo que por mucho tiempo hemos dado como seguro. Es así como he encontrado un sentido de calma en medio de la turbulencia.

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Carla B. Espinal del Risco es graduada de Drew University en literatura. Trabaja en administración de restaurantes en la ciudad de Nueva York.

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