Pensar, desde la isla y más allá.

Para Goethe, la realidad tiene que ser percibida con los sentidos y el pensamiento al unísono, si es que el objetivo es conocerla de veras. Si no se experimenta algo, si se le conoce solo por el nombre, entonces el conocimiento se reduce a una mera palabra. Goethe, en su primer día en Venecia, se declara enemigo acérrimo de la palabra vacía, desprovista de corroboración sensorial. «Por fin Venecia, para mí, ya no es una mera palabra, es un hecho, una realidad que puedo contemplar y pensar en directo» –exclama emocionado, mientras observa una góndola.

Esa góndola, que es real y fluye por las aguas de Venecia como un cisne, despierta en su memoria la góndola de juguete que veinte años antes su padre había comprado durante uno de sus viajes a Italia. Un juguete largamente codiciado por el niño Johann, pues su padre, convencido de su cualidad decorativa, no dejaba que lo toquen salvo en raras ocasiones. Como se ve, Goethe coloca este pequeño juguete, esta góndola con que lo torturaba su padre, en un territorio intermedio, entre la palabra y la realidad, entre el nombre y el objeto real. La góndola, para el niño Goethe, deja de ser una mera palabra, es ya una aproximación, un objeto sensorial que le permite aproximarse a la góndola real que verá por primera vez dos décadas más tarde en Venecia.

El juguete, entonces, es también una herramienta de conocimiento de cosas remotas, un impulso de expandir el universo local, de romper fronteras. La anécdota de Goethe, profunda como todas sus anécdotas, revela cuánto efecto puede tener en la formación libre, abierta, universal, de un niño alemán un juguetito italiano.

En otro lugar leí otra anécdota de Goethe al respecto. Creo que en 1794, Goethe le escribe a su madre, que se encuentra en Francia, y le pide que le compre una guillotina de juguete para su hijo Augusto. Tal juguete, en realidad, existió: era una miniatura monstruosa destinada a educar a los niños parisinos en el arte de decapitar nobles o traidores a la causa revolucionaria. La madre le respondió a Goethe con enérgico rechazo: «Cualquier cosa te concedería con gusto, pero nunca poner en manos de un niño un instrumento de muerte, como si la sangre y el asesinato fueran motivo de juego».

Soñaba la madre de Goethe, tal vez, con un mundo delirante como el que imaginara un personaje ingenuo de Saki en el cuento Toys of Peace: un mundo donde los juguetes, en lugar de fomentar la violencia y la guerra, están diseñados para incentivar la paz de los pueblos. Todo lo contrario del ideal de Mynona, que pensaba que los niños deberían lidiar con juguetes realistas que reflejen los aspectos más terribles de la vida y el mundo: “A los míos no les faltaría su guillotina y su horca…” 

A los de Aldo Palazzeschi, si es que los tuvo, no les faltó de seguro “títeres jorobados, ciegos, gangrenosos, sifilíticos, tullidos y tuberculosos, capaces de llorar, gritar y lamentarse mecánicamente; títeres que sufren de epilepsia, cólera, hemorragias y hemorroides; títeres con gonorrea, dementes; títeres en fin que se desmayan, emiten estertores agónicos y se mueren…”

Pero volviendo al Goethe de la góndola. No sabemos exactamente cuál era su intención cuando le pidió a su madre que le trajera de Francia una guillotina de juguete. Tal vez en su mente, la guillotina solo era una mera palabra, algo que no había experimentado en circunstancias reales. Y un juguete, una guillotina en miniatura, podía ser un primer modo de acceso a la  era de la Convención y el Terror, al modo en que una góndola de juguete fue quizás el primer paso en su aproximación a Venecia.

Más aún, tal vez una guillotina de juguete podía tener un efecto positivo en la educación de su hijo, desplegando sobre el mundo de bienestar e inconsciencia en que vivía la luz ambivalente de la historia. Así como un juguete específico abre nuestra perspectiva hacia una realidad remota en el espacio, ofreciéndonos en miniatura algo perceptible que no existe en la nuestra, también nos puede transportar a lo remoto en el tiempo, reproduciendo artefactos simbólicos que, al modo en que la magdalena de Proust activa la memoria de un personaje, son capaces de activar la memoria de la humanidad toda.

En Toys of Peace, el tío generoso que aspira inculcar en sus sobrinos sentimientos pacíficos, regalándoles, en lugar de soldaditos de plomo, juguetes que representan valores civiles, concluye finalmente, luego de espiarlos, que cuando a los niños se les ofrece un universo aseado y libre de peligros, ellos buscan instintivamente el riesgo, devolviéndole a la historia censurada sus rasgos de horror e injusticia. Así, esos muñequitos que representaban héroes anónimos de la vida civil, habían sido convertidos pronto en batallones de guerra, mientras que las miniaturas de edificios de servicios públicos se habían vuelto fortalezas: una mutación formidable encaminada a escenificar una supuesta invasión francesa de Manchester. Es muy posible que el hijo de Goethe, a despecho de las ilusiones de su abuela, no fuera tan inocente, y que al escuchar conversaciones cautas en torno a la Era del Terror hubiera preguntado maliciosamente, como los niños de Saki: “¿No fue por aquellos tiempos cuando a Madame Du Barry le cortaron la cabeza?”

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Marco Escalante, ensayista peruano radicado en Chicago. Autor de Malabarismos del tedio (Editorial 7Vientos).

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