Pensar, desde la isla y más allá.

Confieso que estoy parafraseando a Raymond Carver con el título. Bien. A confesión de parte, vamos a concentrarnos en lo realmente importante: ¿sirven las películas que se hacen en Dominicana como plataformas de exportación de nuestros maravillosos paisajes naturales? ¿Son una buena referencia de “lo dominicano”? Para la primera pregunta es un rotundo sí. Para la segunda, no creo que puede haber consenso.

A raíz de la aprobación de la Ley de Cine, el cine que se hace aquí se ha disparado en términos cuantitativos: ya la media de estrenos anuales sobrepasa los 20 títulos, cifra que no incluye algunos proyectos que, ya terminados, postergan su exhibición en salas. 

¿Cómo andamos en términos cualitativos? Soy optimista y honestamente creo que vamos bien. Varios de nuestros cineastas han demostrado su talento con creces. Pero también soy de los que piensan se puede estar mejor. A pesar de la Ley de Cine, todavía muchos de nuestros cineastas subordinan su capacidad creativa a lo que la mayoría está en capacidad de “consumir” y se usa como referencia los resultados de taquilla.

Siguiendo ese esquema tan hollywoodense, nuestros realizadores acuden a las “fórmulas” que garantizan el éxito taquillero, desde los elencos “con química” y encabezados por figuras populares (humoristas, presentadores de televisión, megadivas y un largo etcétera), hasta marcar con fronteras muy precisas las propuestas cinematográficas que funcionan. Para la búsqueda de nuevas formas, para la experimentación, para las ideas de mayor profundidad, queda poco espacio.   

Si me lo permiten, voy a citar a Andrei Tarkovski: “Para mí, el objetivo de cualquier arte que no quiera ser “consumido” como una mercancía consiste en explicar por sí mismo y a su entorno el sentido de la vida y la existencia humana. Es decir: explicarle al hombre cuál es el motivo y el objetivo de su existencia en nuestro planeta. O quizá no explicárselo, sino tan solo enfrentarlo a esta interrogante”.

Si usamos esta cita como rasero, pocos se salvan de la hoguera. Pero tranquilos, nunca he tenido ínfulas calvinistas de ningún tipo y quiero repetirlo para que se entienda: soy optimista en cuanto al futuro del cine dominicano.

Por algún tiempo, hemos mantenido la bizantina discusión de que solo se hacen “comedias” (percepción, por demás, errada), tratando de justificar algunos clavos que resultan taquilleros. Independientemente del género, drama o comedia, lo que se pide es que se hagan buenas películas. No se trata de hacer películas para “los críticos” (los hay y muy buenos). Se trata de hacer buenas películas al margen de los géneros. Punto.

Si me lo permiten, cito de nuevo a Tarkovski: “La moderna cultura de masas, pensada para el “consumidor”, mutila las almas, cierra al hombre cada vez más el camino hacia las cuestiones fundamentales de su existencia, hacia el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual”.

El talón de Aquiles de las realizaciones que se hacen en Dominicana es el guión. Eso se ha dicho tantas veces, que ya pasa como mal necesario, algo a lo que nos hemos acostumbrado. Creo que hay que insistir más en ese aspecto. La mayoría de nuestros realizadores no dominan las técnicas de escrituras de guion y, sin embargo, emborronan cuartillas que son filmadas sin que nadie se inmute. 

Si me lo permiten, voy a citar a Akira Kurosawa: “Con un buen guión, un buen director puede producir una obra maestra. Con el mismo guión, un director mediocre puede producir una película pasable. Pero con un guión malo, ni siquiera un buen director puede hacer una buena película”.

¿Qué esperar del cine dominicano cuando la mayoría de los proyectos parten de guiones deficientes? No mucho. Creo que hay que seguir fomentando la formación de nuestros guionistas con profesionales de mayor experiencia en el campo. Sé que, de vez en cuando, llegan hasta nuestras playas (literalmente) gente con mucha preparación que comparten algo de sus experiencias, pero hace falta que nuestras escuelas de cine fortalezcan sus programas de estudios para graduar mejores cineastas. Que esos programas se hagan permanentes y que incluyan inclusos a algunos veteranos del quehacer cinematográfico, si están en disposición de ser mejores. 

Una vez dominadas esas técnicas básicas de escritura dramática es que se puede poner sobre la mesa la discusión de lo realmente importante: que esas películas sean auténticamente “dominicanas”, es decir, que sean portadoras de las cosas que nos definen como nación, de nuestra idiosincrasia.

¿Opciones de historias para contar? Nuestra historia está poblada de personajes extraordinarios que merecen protagonizar cualquier película, desde los Padres de la Patria, hasta el más simpático de nuestros merengueros, pasando por nuestros misteriosos políticos. De lo que se trata es de armar buenas estructuras dramáticas que sirvan de soporte a esas tramas. Pero también tenemos novelística y cuentística inexploradas (ninguneadas, con honrosas excepciones), aunque eso nos enfrenta a los especiales requerimientos de las adaptaciones, que es una especialidad con sus reglas particulares. 

Mientras más locales, más universales. Un axioma del mundo del arte que tiene una sola interpretación. Y, sin embargo, a muchos de nuestros cineastas les preocupa no ser inteligibles en otros países, incluso aquellos que hablan español. Por eso, se embarcan en realizar películas “neutras”, filmes que adolecen de nuestros acentos, de nuestros colores, de nuestros excesos, a fin de conquistar otros mercados, meta que me parece absolutamente posible y necesaria. Craso error: precisamente por ser auténticos es que podemos ganarnos un espacio dentro de la diversidad global que muestra el mundo contemporáneo. Me remito al éxito de uno de nuestros mejores artistas: Juan Luis Guerra. Cuando se escribe una bachata, ¿preocupa que necesita ser “entendida” para ser “aceptada”? Claro que no. Me dirán que el lenguaje de la música es universal. Anoten: el lenguaje del cine también es universal. Se trata de expresarlo correctamente. 

Si me lo permiten, voy a citar el texto de una publicación que vi en la web: “El primer paso para convertirse en un gran cineasta es ser un gran cinéfilo”. Muchos de nuestros realizadores adolecen del conocimiento promedio de quiénes han sido los grandes cineastas y cuáles son los clásicos esenciales del cine, al margen de los movimientos históricos que han marcado la historia del Séptimo Arte.

A hacer cine se aprende viendo cine. Nada tan cierto como eso. Cuando muchos no conocen algunos de los títulos que son de estudio obligatorio en todas partes del mundo, se corre el riesgo de dejarse embaucar con espejitos de colores. Creo que nuestros cineastas deben consumir mucho más cine, muy pocos son cinéfilos por vocación a los que uno ve en los festivales de cine o persiguiendo clásicos vía streaming. Hay que ver más cine de todas partes y eso, de alguna manera, nos contextualiza en lo que debemos hacer para marcar territorio propio.

Solo cuando la mayoría de nuestros cineastas pueda exhibir una sólida formación, vinculada a estudios, cinefilia y reflexión, estaremos en plena capacidad de hacer poesía. Porque de eso se trata: hacer poesía para éxtasis de los sentidos de los cinéfilos de todo el mundo.
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José D’ Laura es el autor es crítico de cine.

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