Pensar, desde la isla y más allá.

Antes de abordar la película de esta semana, quisiera hablarles un poco de historia de la pintura. No se preocupen, les garantizo que todo tendrá sentido. El holandés Rembrandt van Rijn (Leiden, Holanda, 1606) es uno de los mayores exponentes de este género, no sólo en su país natal, sino en Europa1. Es reconocido por obras cargadas de realismo, y el uso de la luz y la sombra. Rembrandt tuvo de alumno al joven pintor Carel Fabritius (Middenbeemster, Holanda, 1622). Por desgracia, Fabritius falleció a los 32 años a causa de una terrible explosión que destruyó parte de la ciudad de Delft2. De las pinturas que se rescataron de su taller se encontraba una obra minimalista y sencilla titulada “El jilguero”. En la actualidad, este cuadro de un delicado pajarillo encadenado se exhibe en la Galería Real de Pinturas Mauritshuis, en la ciudad de La Haya, junto a pinturas de Johannes Vermeer (Delft, Holanda, 1632) –otro de los alumnos de Rembrandt–3.

¿Por qué describo este breve recuento histórico de arte? Pues “El jilguero” sirvió como semilla creativa para la última novela de la escritora estadounidense Donna Tartt (Mississippi, Estados Unidos, 1693), “The Goldfinch” –traducción al inglés del título de la pintura–. En 2014, un año después de su publicación, este best-seller de casi 800 páginas4 fue galardonado con el premio Pulitzer en la categoría de ficción. El jurado expresó que es “una historia de coming-of-age bellamente escrita, con personajes exquisitos que siguen a un doloroso niño ligado a una pequeña y famosa pintura que elude la destrucción, un libro que estimula la mente y toca el corazón”5.

Era cuestión de tiempo a que esta historia fuera adaptada a un guión cinematográfico y tuviera el tratamiento de la industria de cine. Así llegamos a esta crítica. The Goldfinch (John Crowley, 2019) cuenta la historia de Theodore Decker, que cuando niño –personificado por Oakes Fegley–, sobrevivió a un atentado perpetuado en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Lamentablemente, su madre fue una de las víctimas mortales. En medio del caos, y ante los apremios de un (des)conocido, Theo logró llevarse la pintura homónima de entre los escombros. Ya como adulto joven –en esta parte, personificado por Ansel Elgort–, Theo tendrá que lidiar con las consecuencias de sus actos posteriores al atentado.

La trama de The Goldfinch se desarrolla de manera intercalada en dos tiempos. Theo tendrá una infancia robada y su inocencia mutilada por experimentar con fuertes emociones y situaciones. Vivirá con tres familias distintas y luego se dedicará a la venta de costosos artículos de antigüedades. Tendrá otras figuras importantes en su vida, como la señora Barbour –personificada por Nicole Kidman–, quien le dará acogida en el seno de su acomodada familia, y también a Hobie –Jeffrey Wright–, copropietario de una tienda de antigüedades que fungirá como su mentor. Pero también enfrentará a su irresponsable y malintencionado padre –Luke Wilson–. Entretanto, en el epicentro argumental estará la pintura, a la cual Theo se aferrará con fuerza.

The Goldfinch es una película que no subestima la capacidad de atención e inteligencia de su espectador. La historia tiene una estructura intrincada y fragmentada que se construye como un rompecabezas –entre los saltos hacia el pasado y el presente–. Los detalles y las revelaciones son captados y percibidos por medio de diálogos, y por las aptitudes y las recriminaciones de los personajes. Además, otras cuestiones importantes, como el contexto, deberán ser inferidos. 

Por ejemplo, hay un contraste socioeconómico interesante. Buena parte de la historia se ubica durante la crisis inmobiliaria y financiera de 2008 en los Estados Unidos. Se nos sugiere en unas secuencias breves en medio de un desolado complejo residencial en el estado de Nevada y por la complicada situación que atraviesa el padre de Theo. Asimismo, esto funciona para contrastar la diferencia de clases en las cuales vivirá Theo, tanto con los Barbour –una burguesía elitista y de alta cultura–, que refinarán sus gustos, y su padre –básicamente, parte del white trash gringo–, que le confrontará sus pasiones y delicadezas, y se aprovechará de su tragedia. 

Por otro lado, The Goldfinch lidia con el abuso de sustancias. Un amigo de Theo, el pintoresco ruso Boris –Finn Wolfhard– lo introducirá a las drogas psicóticas, la nicotina y el alcohol. No obstante, la película enfatizará en el abuso por parte de las generaciones mayores. En puridad, tanto los adultos como los niños, por razones justificadas o no, recurren al consumo como un método efectivo para apaciguar u ocultar sus propios problemas, como la depresión. En el caso de Theo, las utiliza en momentos de fuerte estrés y desesperación, al igual que para repeler los vívidos recuerdos del atentado y de su querida madre.

Sin embargo, considero que las temáticas esenciales de The Goldfinch radican en el amor y la oportunidad de redención. Muchos de los personajes carecen de afecto y cariño. Algunos, como Theo, entienden que la felicidad y la plenitud se encuentran en otras personas. Así, la interacción de Theo con Pippa –otra de las sobrevivientes del atentado y ligada a Hobie– juega un rol importante en su desarrollo como personaje. Sin embargo, si bien es cierto que estos estados emocionales no están en otras personas, éstas nos ayudan a sobrellevar nuestras cargas y penas. Este es el verdadero alivio que buscan los personajes.

Me tomo el tiempo para contar estos trazos de la trama porque, como pueden percatarse, The Goldfinch es un filme de buena profundidad argumental y temática. Incluso, llega a tratar otros tópicos, como la obsesión, la traición, la violencia y el mundo del crimen internacional, a través de giros narrativos que son alcanzados por la mera coincidencia o casualidad. Esto es un aspecto muy literario, y la película entiende que le hace justicia a su fuente original con una adaptación casi fidedigna. Estas intenciones son uno de los problemas identificados por la crítica especializada, la cual fue implacable e injusta con The Goldfinch6.

En efecto, su trama requiere de una ejecución y una puesta en escena que tome su tiempo para esbozar con claridad sus múltiples conflictos. El guión de Peter Straughan (quien ha adaptado con éxito una novela de John le Carré como Tinker Tailor Soldier Spy) sí invierte bastante sobre este hecho. Sin embargo, este riesgo creativo –aunque loable– juega en su contra. A pesar de su extensa duración de casi 2 horas y media, The Goldfinch no le presta el mismo cuidado narrativo del inicio a su conclusión. Durante el último acto,se torna caótica y apresurada con el propósito inevitable de encontrar el final que necesitan todas las historias. Como espectador, logramos sentir la confusión y la desorientación abrupta ante las situaciones y los personajes.

Por otro lado, The Goldfinch goza de una impecable estética en cuanto a lo técnico y lo artístico. Está fotografiada con elegancia y destreza por el maestro Roger Deakins, quien sobrelleva la complejidad de la cinta a través de un lente que manifiesta composiciones visuales cálidas –como las áridas y nítidas locaciones en el oeste estadounidense–, o de seriedad parsimoniosa –como el frío retrato de metrópolis como Nueva York o Ámsterdam–. Su hermosa partitura, a cargo de Trevor Gureckis, refuerza y carga de emotividad a la historia. Mientras que el diseño de producción y la confección de los escenarios –principalmente los interiores en las grandes urbes– es bien exquisita y cuidada.

Del filme, el aspecto más destacable es su reparto, repleto de finas actuaciones. Cuenta con veteranos consagrados como Kidman y Wright, quienes con sutiles histrionismos pueden transmitir matices y emociones a sus frágiles personajes. Pero quienes destacan son Oakes Fegley y Ansel Elgort, deslumbrantes intérpretes de nuestro héroe Theo. En especial, el child performance de Fegley, quien asume gran parte de la película y se despliega ante la cámara y sus lastimosas situaciones con entereza. Su asombrosa actuación está la altura de otros niños, como la de Owen Kline en The Squid and the Whale (Noah Baumbach, 2005), Max Records en Where the Wild Things Are (Spike Jonze, 2009), Tye Sheridan en Mud (Jeff Nichols, 2012) o Ed Oxenbould en Wildlife (Paul Dano, 2018). Elgort, por su parte, adquiere mayor rango actoral en un papel dramático de amplias dimensiones, que pareciera conversar con los momentos finales de su actuación en The Fault in Our Stars (Josh Boone, 2014).

Al final, “El jilguero” –es decir, la pintura– es un dispositivo que enlaza toda la historia y sus consecuencias. Pero para Theo, es un triste recuerdo que lo acerca a su madre, mas no le pertenece. En definitiva, The Goldfinch es una película fascinante y muy bien hecha. Posee recalcables errores y problemáticas que plantean aquellas tensiones y discrepancias que se suscitan entre dos lenguajes artísticos afines y distintos –como la literatura y el cine–7. Sin embargo, delinea un sobrio y épico drama contemporáneo de múltiples matices, y de temáticas atemporales como el dolor y la culpa. Además, es un complejo estudio de personaje. The Goldfinch, a mi juicio, es una anomalía bienvenida.

Ysidro Eduardo García. Abogado. Oriundo de San Francisco de Macorís. Egresado de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Desde joven, es un amante del séptimo arte y la crítica de cine. Ha tomado cursos de Producción Cinematográfica en la Escuela Altos de Chavón.

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Fuentes consultadas:

[1]. VAN DE WETERING, Ernst. Rembrandt van Rijn. Dutch artist. Portal web de “Encyclopædia Britannica”. Publicado con fecha actualizada el 30 de septiembre de 2019. Disponible en: https://www.britannica.com/biography/Rembrandt-van-Rijn

[2]. FERNÁNDEZ-VILLAVERDE, Marga. El cuadro del dìa: Carel Fabritius – “El jilguero” (1645, óleo sobre tabla, 33 x 22 cm, Mauritshuis, La Haya). Entrada del blog “El cuadro del día”. Publicado el 28 de junio de 2014. Disponible en el siguiente enlace: https://www.elcuadrodeldia.com/post/90346194478/carel-fabritius-el-jilguero-1654-%C3%B3leo-sobre

[3]. FERRER, Isabel. El jilguero de La Haya. Periódico español “El País” (versión digital). Publicado el 6 de junio de 2014. Disponible en: https://elviajero.elpais.com/elviajero/2014/06/05/actualidad/1401982977_714194.html

[4]. PERETZ, Evgenia. It´s Tartt – But Is It Art? Revista de entretenimiento “Vanity Fair” (versión digital). Publicado el 11 de junio de 2014. Disponible en: https://www.vanityfair.com/culture/2014/07/goldfinch-donna-tartt-literary-criticism

[5]. The Pulitzer Prizes. The Goldfinch, by Donna Tartt (Litlle, Brown). 2014. Traducción libre. Disponible en el siguiente enlace: https://www.pulitzer.org/winners/donna-tartt

[6]. De acuerdo a los sitios especializados en parametrizar las críticas de cine, como Rotten Tomatoes y Metacritic, The Goldfinch tiene un 24 % y un 40 % de aceptación entre los críticos, respectivamente. Ver más en: https://www.rottentomatoes.com/m/the_goldfinch; y también en: https://www.metacritic.com/movie/the-goldfinch

[7]. MULLAN, John. The Goldfinch: can a film solve Donna Tartt´s most divisive book? Periódico británico “The Guardian” (versión digital). Publicado el 5 de septiembre de 2019. Disponible en: https://www.theguardian.com/books/2019/sep/05/the-goldfinch-can-a-film-solve-donna-tartts-most-divisive-book

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