Pensar, desde la isla y más allá.

Prologar es un arte. Acaso el más elocuente escritor en cultivar el arte de prologar fue Jorge Luis Borges (1899-1986), cuyos prólogos a sus propios libros, y a los libros de los otros, lo hizo un proverbial artífice de esta expresión literaria. Pocos autores, como él, hicieron un prólogo a cada una de sus obras. En Borges los prólogos funcionan, en cierto modo, como epitafios. Por su brevedad se leen como poemas en prosa. Participan como sentencias íntimas que semejan monólogos, apuntes autobiográficos o testimonios. Cada prólogo escrito por Borges a sus propios libros es una suerte de testamento estético de tipo festivo, ceremonial y entusiasta, del arte de la lectura. En cada uno subyace una poética del lector, y se leen como una cortesía a sus hipotéticos lectores. La brevedad en la técnica del prólogo la tomó Borges, acaso de la teoría del prólogo de su admirado poeta Quevedo, quien, en su prólogo al libro Los sueños, escribió: “Dios te libre, lector, de un prólogo largo y de los malos epítetos”.

El prólogo como tal es una ventana, una puerta de acceso para que el lector se adentre en el bosque de los símbolos y las palabras que su autor postula. En algunas oportunidades, la lectura del prólogo aleja al lector, y, en otras, lo sumerge en el tiempo mismo de la lectura. Un prólogo no es, pues, un estudio literario sino una presentación espontánea, breve, personal y libre, al margen del rigor académico. Debe contener gracia verbal y frescura expositiva. Hay prólogos célebres que, en el devenir de la historia, se han hecho autónomos, y han trascendido las obras que les sirvieron de pretexto.

En sus prólogos, Borges prefigura su concepción estética del poema y de la poesía, y aun su idea del oficio poético y del escritor. Borges no escribió, en efecto, un tratado de poética, sin embargo, los prólogos a cada libro pueden leerse como tales. Cada prólogo suyo se lee como un testamento literario de cada libro, en el que señala su experiencia de escritura, y su proceso técnico. Cada uno encierra una vocación de despersonalización, de desposesión, que refleja su concepción de que la autoría se pierde al publicarse un libro, pues pasa al dominio público del lector.

¿Cuál es el origen y la razón de ser de la obsesión de Borges por prologar sus libros? ¿Por qué su afán de explicar el origen de sus temas y las motivaciones de sus libros? Esos prólogos a sus mismas obras deparan en algo así como auto-prólogos, en aras de definir los prólogos a las obras ajenas. Si reuniéramos los prólogos de sus obras de creación tendríamos una antología que se leería como un libro de poemas en prosa o un conjunto de poéticas. También como cartas a los lectores hipotéticos o como una ética de su escritura. Para la crítica brasileña, Bella Josef, los prólogos son para Borges: “una especie lateral de la crítica”. Así pues, en sus prólogos el escritor argentino hace un ejercicio íntimo de comunión en soledad con los autores que lo influyeron, y que conforman su vida sensible.

En Prólogos con un prólogo de prólogos, Borges define el arte de prologar así: “El prólogo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables, que la lectura incrédula acepta como convenciones del género”. Con esta sentencia, funda una “teoría del prólogo”, pues como él mismo señala está consciente de que no la ha escrito, y por eso afirma: “Que yo sepa, nadie ha formulado hasta ahora una teoría del prólogo”. En el mismo texto, Borges postula otra concepción del prólogo.  Así pues, afirma: “El prólogo, cuando son propicios a los astros, no es una forma subalterna del brindis; es una especie lateral de la crítica”. Como se ve, para el autor de El Aleph, el prólogo equivale al ejercicio de la crítica literaria, pero como una forma parcial, paralela, colateral al ejercicio de la crítica. 

En los prólogos están las confesiones de Borges sobre sus grandes temas: la amistad, la metafísica, la ética, los espejos, los laberintos y, en la postrimería de su vida,  la vejez. Insisto y confirmo, que en Borges el prólogo funciona como mecanismo confesional y pretexto de ars poética. Prácticamente en cada prólogo, Borges insiste en no profesar ninguna estética, con lo que admite no poseer ninguna concepción estética o técnica previa a su escritura de poemas. Estética y ética confluyen en su arte de prologar. Son textos divertidos, imaginativos, ingeniosos y placenteros, que informan y seducen, como suelen ser siempre los suyos. El poeta chileno Oscar Hahn, afirma: “A Borges le debemos la elevación del prólogo y del auto-prólogo a la categoría de obra de arte. A esta deuda hay que agregar otra: el aporte de una pieza maestra  al género de la dedicatoria en letra impresa”.

Para Borges, la entrevista y el prólogo son nuevos géneros literarios. De ahí que les diera status, valor, dignidad y categoría estética. Para la mayoría de sus libros de poesía, Borges escribe un prólogo, no así para sus libros de ensayos. Sin embargo, para su libro Discusión, de 1932, que se lee como un testamento de vida y muerte, elaboró uno, y que es emblemático en la amplia bibliografía del autor argentino, pues argumenta y expone ideas estéticas y éticas de proverbial factura teórica. Así pues, se observa en este prólogo una intención o una definición del lenguaje narrativo, donde nos revela algunas claves de sus temas y su concepción ética de la escritura. De los tres primeros libros de ensayos de Borges, que se negó a reeditar, pues los consideraba barrocos – El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos eInquisiciones– el que, a mi modo de ver, conjuga o encierra la mejor aproximación retórica a la definición del prólogo aparece en El idioma de los argentinos, un libro de 1928, y donde dice: “Ningún libro menos necesitado de prólogos que este de formación  haragana, hecho sedimentariamente de prólogos, vale decir, de inauguraciones y principios. Si mi pluma está asistida de claridad, lo estará también en las páginas subsiguientes; si la oscuridad la mueve, no será más ilustrativa su operación por el hecho de apellidarse prólogo lo que redacta. El prólogo quiere ser el tránsito del silencio a la voz, su intermediación, su crepúsculo; pero es tan verbal, y tan entregado a las deficiencias de lo verbal, como precedido por él”.   

Los prólogos en Borges son un ejercicio de dicción, erudición y oralidad. Fue un inventor del prologar. Cuando perdió la visión dictaba sus libros, pero en los prólogos se percibe un énfasis especial, que remite a sentencias estéticas. Como se sabe, en los prólogos, el vidente Borges pone el dedo en la llaga en no pocas frases memorables. Como se sabe, Borges se fue a morir a Ginebra, en 1986, y el texto Los conjurados, de poemas en prosa y en verso, acaso haya sido su último poemario en escribir -o dictar. La última oración de su prólogo reza: “Dicto este prólogo en una de mis patrias, Ginebra”. 

Basilio Belliard, poeta, narrador y critico dominicano.

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