Pensar, desde la isla y más allá.

Cámara en mano, me gusta caminar por senderos y callejuelas que reservan silencios y lenguajes. Reflejan en sí múltiples relatos, historias de las que pueden cedernos un tanto si sabemos demorarnos en ellos, desprendernos de peso muerto. Oler. Acariciar con la mirada. Lo he experimentado por años en el parque Mirador de Santo Domingo. Y ahí son las hojas en tierra las que me han sorprendido. 

En cambio, en el Parque del Retiro en Madrid (más de 15,000 árboles, 25 hectáreas) es en las cortezas de los árboles (eucalipto rojo, álamo blanco, castaño de indias, boj, ciprés, almendros, robinia, pino…) donde advertí guiños del mar de los contactos. Naturaleza e historia fundidas en sutiles signos. Pasión. Señas del afán de una mujer o un hombre por fijar en el elusivo tiempo una nota imperecedera. Soplos, susurros que tal vez inspiraron nombres como el Bosque de los Recuerdos y el Estanque de las Campanillas. Huellas de los cambios que hicieron posible que el hermoso parque pertenezca, no a un puñado de la realeza, sino a los enamorados, a las niñas y niños, a las personas que se desnudan en parte para tomar el sol, a las andariegas y a las que fantasean, a las que descansan y a las que leen a la sombra de una arboleda, a las que a cada paso tropiezan con dudas y a las que marchan livianas como gorriones, a las que sorprenden una estrella azul en una cabellera y a las que contemplar las lágrimas de una roca. En suma, a todo el mundo.   

En el Parque del Retiro atraen la atención los componentes arquitectónicos, sus jardines, el Palacio de Cristal, los monumentos, la fuente del Ángel Caído, la biblioteca pública Eugenio Trías (donde acudí a leer novedades que se prestan al público, vi una exposición sobre el Fernando Pessoa fascinado por la astrología y me enteré de que el poeta de los heterónimos había realizado cientos de cartas astrales, la de Shakespeare, entre las allí mostradas), los lazos comunicantes con el Museo del Prado, el Real Jardín Botánico y el Real Observatorio Astronómico, entre otros atractivos. Y, desde luego, como en todo Madrid, el sello multicultural de los paseantes, eso que suscita una agradable sensación de convivencia planetaria. 

Observé que la gente frecuenta sus senderos, incluso los más penumbrosos, aun avanzada la noche. Qué buena sensación, la seguridad. Observé, atardeciendo, a una mujer que alimenta una manada de gatos con carne cruda, en el mismo punto, a la misma hora. En un ritual parecido, otra mujer con aire de saudade y sosegados movimientos de su mano echa alpiste a los pájaros.  En primavera, el esplendor de la rosaleda del parque casi deslumbra. Y casi por los mismos días, es la Feria del Libro la que actúa como un imán, cuando más de trescientas casetas forman una avenida de las letras, se me ocurre que comparable a una torre de Babel acostada, por la que pasan cientos de miles de personas comprando libros y conversando sobre autores, autoras, obras, casas editoriales. 

¿Cómo explicar que prefiriera fotografiar cortezas de árboles en vez de maravillas de las mencionadas? La razón primera: en muchas ciudades, las cortezas de los árboles son páginas en blanco que invitan a imprimir un suspiro o un grito. A solas. O en pareja. Y cuánto importa comprender ese gesto. La segunda: en fotografía me inclino por los detalles. A lo mejor es una reacción ante el vértigo generado por el ritmo loco de nuestra época. 

Mi ojo (¿prisma y cenit?) se zafa de la prisa y la regla como una niña que se arranca el vestido que le acorta el aliento para cubrirse con sedas de la imaginación. Entonces puedo percibir el tránsito del sol a polvo en una hoja del camino. Volcado en un tronco de un siglo, el deseo de inmanente ternura. La relojería de la clorofila. El turno del éxtasis registrado por dos corazones en la corteza del eucalipto. Abstracciones dibujadas por las brumas urbanas en paredes. A ras de tierra, el alba y el crepúsculo tamizando una rama. Un palimpsesto de emociones.

La corteza de un árbol es un ojo dormido por el sol. Si lo enfoco, me parece que despierta por instantes.

Ángela Hernández, cuentista, novelista y ensayista dominicana. Premio Nacional de Literatura 2016

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