«No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer

 a la libertad de mi mente» 

Virginia Woolf 

Olvidada una vez más, olvidada como tantas otras, hubo de esperar en un rincón la llegada de una película, La chica danesa (Tom Hooper, 2015) para ser rescatada de ese absurdo y deliberado oscurantismo al que la historia somete tan a menudo al género femenino. De nuevo la negación de una enorme artista de reconocido talento, sumergida en la niebla por la negligencia y la profunda desmemoria que afecta al ser humano cuando de mujeres se trata. Hubo de ser el séptimo arte el que encendiera sus focos y la trajera a la luz un siglo después, para mostrarla al mundo. Y es de agradecer, sin duda, el esfuerzo por liberarla del descuido. La conocimos y pudimos acercarnos a su obra y ello aun a pesar de que el film le reservó un dudoso y sesgado segundo plano como abnegada esposa de Einar Wegener, después Lili Elbe,pintor como ella que jamás llegaría a alcanzar con sus obras la calidad y reconocimiento que Gerda obtuvo por parte de crítica y público del Paris de los años 20 que adoraron su trabajo. Pero esa es otra historia. 

Gerda Marie Fredrikke Gottlieb (1886-1940) nació en Copenhague en el seno de una familia conservadora y luterana y fue la única de los hijos del matrimonio que lograría sobrevivir superada la infancia. Su pequeño círculo familiar marcaría un estrecho y férreo cerco que hizo que se alejara de él a temprana edad para vivir su propio destino. Su camino comenzó a escribirse siendo apenas una niña, momento en el que muestra ya una indudable disposición para el dibujo. La Dinamarca de su infancia no alcanzaría, hasta el año 1920, las fronteras definitivas con las que hoy reconocemos su silueta en cualquier mapa, pero ya desde finales del siglo XIX la economía danesa había iniciado un rápido crecimiento. La agricultura adquirió gran auge y junto al crecimiento de la industria cervecera y de la remolacha azucarera constituyeron la energía determinante e imparable que logró impulsar la economía del país. Una fuerza más, la ingenieríay la construcciónnaval, vienen a sumarse a las anteriores dando lugar a un, cada vez más rápido, crecimiento de la capital. En 1911 Copenhague cuenta con  una población de 560.000 habitantes. En 1870 tan solo el 25% de la población del país era urbana, sin embargo apenas comenzado el siglo XX  esta cifra se sitúa en un  44%. Hoy en día, ciento veinte años después el porcentaje de población urbana supera el 70%.  Y es en este contexto de crecimiento urbano cuando Gerda con 19 años se traslada a la capital para cursar estudios de Bellas Artes. Será en la Academia dónde pronto conoce a Einar y contraen matrimonio siendo ambos muy jóvenes. Para entonces él es un correctísimo pintor de paisajes, mientras ella destaca por su sensibilidad para el retrato femenino y su particular modo de abordar el mundo de la mujer. Copenhague pronto se les quedará pequeño, el trabajo de la joven es cada vez más conocido y apreciado fuera de sus fronteras por lo que la pareja decide trasladar su residencia a París. 

La ciudad de la Luz brilla como ninguna otra en Europa a comienzos de la década de los veinte.  Es el París de la Belle Epoque un hervidero de artistas, músicos, pintores, nuevos poetas y escritores que se refugian en sus calles y la ciudad al completo brilla llena de vanguardias dispuestas a expresarse de una forma completamente nueva.  París en aquellos años se rinde al arte en todas y cada una de sus expresiones y en cualquier forma posible. La ciudad aspira a la belleza e irradia belleza en todos sus rincones y en todos los detalles que la exhiben en su impúdica hermosura a ojos del mundo. Nace en ella, como lo hace a la vez en América, una nueva mujer que ya no se conforma con el viejo papel asignado y que se incorporara con descaro a una sociedad distinta y esta vez con voz propia. 

 “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”

Gertrude Stein 1913

Gertudre Stein, escritora y gran coleccionista de arte se erige como uno de los personajes centrales en torno al cual orbitan muchos de los escritores y artistas que  se convertirán en referente indiscutible de aquel período. Su casa se convirtió, desde los primeros años del siglo XX, en el lugar preferido de reunión y tertulia para muchos de aquellos jóvenes inquietos y llenos de desbordante talento que poblaban la ciudad. De pintores como Pablo Picasso y Henri Matisse primero y de grandes escritores llegados más tarde como Ernest Hemingway, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald y su esposa Zelda… Son los años en los que muchos artistas inician un nuevo periodo que ha de inscribirse en la historia con letras de oro, Modigliani, Henry Miller, Anaïs Nin, Colette, Max Ernst,  Marc Chagal, Man Ray, Braque, Miró, Luis Buñuel y  un largo etcétera, todos ellos procedentes  de distintos lugares del viejo y nuevo continente y que hacen de París su refugio y su inspiración. 

La bohemia, el arte y la cultura les une para romper con todo lo conocido hasta ese momento. Son los años de esplendor de Montmartre, del Barrio Latino, de los cafés de St. Germain des Prés convertidos en epicentro de la vida social, del Café de Flore, Le Domey La Coupole, de la vida nocturna de Montparnasse, el barrio de moda de los intelectuales donde coincidirán a menudo Hemingway, Henry Miller, Cocteau, Picasso y Man Ray entre muchos otros compartiendo charlas y grandes borracheras.  Y es también el París de las mujeres, de grandes artistas de cualquier disciplina que rompen con toda idea establecida en torno al universo femenino. Es el París indiscutible de “Kiki de Montparnasse” (Ver foto) la musa por excelencia.

Y esta será la ciudad que va a recibir a los Wegener cuando lleguen para  instalarse  en el corazón mismo de un vertiginoso círculo cultural y social del que pronto entrarán a formar parte, junto a un selecto grupo de artistas que frecuentan fiestas y reuniones. Gerda es adorada por su obra. París se rinde a sus pies y admira su pintura y sus ilustraciones de enorme belleza. Por otro lado, se convierte en una de las pintoras eróticas más importantes de la historia del arte cuando acepta ilustrar para el escritor Louis Pearceau su libro Douze sonnettes lascifs (1925), cuyo leif motiv sería el amor lésbico. Un trabajo delicioso, lleno de sentido del humor, atrevido y rico en delicados dibujos. Éste, sin embargo, no pasaría inadvertido para ciertos sectores de la población y se convierte en un hecho controvertido que suscitó por un lado duras  críticas y a la vez encendidos y acendrados elogios que aún hoy persisten en quienes se acercan al mismo. 

En aquellos años el dibujo de contenido erótico y el lesbianismo no eran, en modo alguno, temas apropiados para ser tratados desde el punto de vista de una “dama” y desde luego, mucho menos para ser abordados por ninguna de ellas. Atreverse a llevar a cabo un encargo de tal naturaleza supuso un enorme paso en favor de la visualización de aquellas mujeres que amaban a otras mujeres, asunto tabú y absolutamente ignorado desde el principio de los tiempos. Un paso más y nada desdeñable hacia una normalización que aún tardaría muchos años en llegar. Gerda dedicó, casi desde sus inicios, prácticamente la totalidad de su trabajo a explorar y profundizar el mundo femenino. Y lo lleva a cabo no solo en sus realizaciones como ilustradora de las más prestigiosas revistas de moda del momento -sería una de las habituales para Vogue- sino a través de sus pinturas que se exponen con frecuencia en distintas galerías de arte con excelente acogida incluso en aquellas que nunca antes habían abierto sus puertas a una joven artista. Todo un logro sin antecedentes sobre todo en su propio país. 

Einar Wegener, por su lado, comienza a posar para su esposa con ropa de mujer y se convierte así en su gran musa, el día en el que una modelo contratada para un cuadro no puede acudir a la sesión. Este hecho, real o ficticio y que a menudo se señala como detonante de un cambio profundo en la vida de ambos, no parece ser de especial relevancia salvo que se tenga una idea pueril y bastante superficial acerca del doloroso conflicto emocional que conlleva sentirse distinto e inmerso en un cuerpo equivocado. Puede que sea aventurado afirmarlo y no es objeto de este artículo verificar tal hipótesis, pero nadie se siente extraño en un cuerpo de varón solo por vestir unas medias de seda. Es terrible tan solo pensarlo. El hecho más bien parece indicar que pudiera tratarse de un juego habitual en una pareja en la que ambos conocen muy bien su mutua condición y la aceptan sin ambages. Lo que es indudable es que hay un  punto de ruptura en el que Einar comienza a mostrarse al mundo como mujer bajo el nombre de Lili Elbe tras el cual inicia un largo peregrinaje hacia una reasignación de sexo.    

…”Gerda amaba a Einar como hombre y a Lili como mujer pues, al parecer, para ella constituían los dos rostros de una misma persona. Este acto de performatividad se puede observar en la obra de la pintora “Una día de verano”. En ella, Einar aparece como varón, paleta en mano, contemplando y representando pictóricamente la escena en la que también aparece Lili, tumbada en el suelo junto a otras mujeres, entre ellas la propia Gerda”

                       Irantzu Monteano (mirales.es)

 Un día de verano. Oleo de Gerda Wegener

Son muchas las situaciones sociales en las que a partir de ese momento y con la complicidad de Gerda se presentará al mundo como mujer. Einar será la primera persona en la historia que se someta a la compleja intervención de cambio de sexo y lo hace en un momento en el que aún la medicina no tiene respuestas. Finalmente le costará la vida después de varias operaciones. La artista jamás dejará de apoyar toda iniciativa de su aún esposo para que logre su objetivo, incluso después de que su matrimonio fuera anulado por considerar la justicia de su país que no podía existir hecho contractual de esa naturaleza entre dos mujeres. 

Einar y Gerda Wegener. Oleo de Gerda Wegener

Gerda Wegener moriría tan solo unos pocos años más tarde y ya en declive su carrera pero tuvo y tiene el honor de ser la más importante representante del art decó danés. Si bien es cierto que en París su éxito fue enorme, no podemos decir que gozara del mismo apoyo y beneplácito en su país. Su condición de mujer, una personalidad poco ajustada a los cánones que imperaban en el mismo, una sexualidad abiertamente ambigua y un  matrimonio que hubo de ser anulado por el propio rey no contribuyeron a afianzar en su momento su enorme valor dentro su patria. Nadie es profeta en su tierra.

 “Ahora que la muerte está cerca debo confesarte que soñé con mamá, ella me tomó en brazos y me llamó Lili, papá estaba con ella. Que yo, Lili, soy vital y tengo derecho a la vida, lo he demostrado por vivir 14 meses. Se puede decir que 14 meses no es mucho, pero me parecen una vida humana entera y feliz”. 
Einar Wegener (carta a su hermana poco antes de morir)

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Goyta Rubio es escritora de narrativa, poesía y ensayo. Amante del arte y de la cultura en general. Entre sus publicaciones destacan Antología de relatos cortos. El vino y los cinco sentidos13 cadáveres exquisitos. Relatos al alimón. “Bereber” y El cuerpo de las flores. “El rugir del silencio”.