El diálogo que acontece entre la concepción filosófica, el poema, y el ejercicio poético propiamente dicho, ha venido a representar un importante motivo de estudio en el ámbito académico; aunque ha sido enriquecido por múltiples autores, este debate parte fundamentalmente de las aportaciones de Heidegger, uno de los primeros en afirmar que poesía y pensamiento pertenecen a un mismo orden. Esto así cuando expresó, atrevidamente, que el pensamiento es la poesía original que precede todo arte poético y que, en consecuencia, “la poesía que piensa es en verdad la topología del ser”.


En la República Dominicana, aquellas ideas fueron abrazadas por un puñado de jóvenes artistas y creadores, algunos hoy importantes escritores, que posteriormente se agruparon en la llamada “Generación de los ochenta”. Sus temáticas e innovadoras formas de abordar el texto, así como el uso transformador del lenguaje como foco e instrumento esencial de la creación escritural, conllevaron al surgimiento de lo que la crítica catalogaría como la “poética del pensar”. Entre ellos destacó Médar Serrata (Santo Domingo, 1964), autor de los textos a continuación que gentilmente ha aportado a Plenamar.


Ciertamente, se respira cierta angustia existencial en estos versos; no faltaba más. Al fin y al cabo, es este el sentimiento que con demasiada frecuencia predomina en el existir del hombre contemporáneo; pero la angustia de Serrata es más bien invitación y empeño. Apología al temor a lo absoluto, pero no a la duda; a acoger el encuentro entre razón y pensar mientras sorprendidos, admiramos la aparente banalidad de las cosas y los objetos. Bienvenida a la memoria, al recuerdo originario de “monstruosas tardes de domingo”, en suma.


Aquí el poeta conversa con el poeta. Se confiesa entre míticas escaleras y simbólicos trenes en los que viajan conjuras y elogios a manos de la palabra; a manos de la poesía puente y madre del tiempo viajando en vagones que arrastran todo lo soñado. Como el transcurrir de esa vida que obstinadamente, nos empeñamos en abrazar.

Ostinato

1. 

Poeta, mago de la angustia y del desvelo, yo te saludo 

y digo que tu poder es asombroso. 

¿Cómo sabías que andaba enredado en estos asuntos? ¿Cómo supiste? 

Ah, tu intuición no te engaña, 

mas lo que fue pasó como el relámpago que aún no ha sido y ya es historia, 

derramó su tibia luz sobre mi frente sólo un segundo 

y regresó la oscuridad, 

esa amante dulce y obstinada, madre de todas las cosas, 

y me enseñó que la poesía no es enemiga de la razón, 

la razón es enemiga de la razón, 

el pensamiento humilla sólo al pensamiento, 

no a lo pensado, 

que permanece impasible en su perfecta lasitud, 

en su muda concreción desprevenida, 

sin asombros ni misterios.

Porque en el fondo el pensamiento es como un viejo trapecista

que regresa a casa cargado de peces 

y si húmedas las mangas de la camisa 

al entrar su asombro se golpea con la escalera,

ha de ser que la poesía es ese hueco que hay detrás de la escalera. 

No es sumar hechizos

sino hablar en una lengua desconocida sobre cosas que no entiendes. 

No es la hipóstasis o el verbo —la palabra—

sino los puentes de absolución que se descuelgan 

entre una y otra palabra

hacia esa región de tormentos cristalizados 

donde el pensamiento se extiende como liana.

2.

Por la escalera se asciende hasta el trapecio, 

mas el trapecio ¿justifica a la escalera? 

Antesala del pavor, 

señora del ascenso y del descenso, 

ser elástico, extendido, hecho de múltiples tropiezos y caídas,

puede que la oblicua geometría de una escalera te distraiga, 

¿mas no es al trapecio que tus miradas lanzan 

furtivas llamaradas de estupor? 

Porque estás atado a los rieles de un tren 

que viene de la eternidad y va hacia la eternidad

y oyes el silbato del tren que se acerca,

ves venir al tren que ha de partirte en dos y seguirá sin detenerse,

sin titubear, tirando

de toda la inmundicia de tanto peso muerto,

de tanto hundirse ya, furioso,

de toda la carga de todos los vagones que arrastran lo soñado. 

La poesía es ese tren que se acerca,

es alegría y espanto, 

es ese hueco húmedo, es

las aristas del trapecio con estremecimientos de pavor columpiándose en lo alto.

Módulo extraño, Ramón Oviedo. Imagen cortesía de Antonio Ocaña y Fundación Ramón Oviedo Inc.

3.

He estado en esta ciudad antes, Spendius,

he recorrido estas calles, me han llamado 

por mi nombre desde todas las tabernas,

he palidecido al abrir esta puerta y caminado a tientas hasta lo alto,

he avanzado después como retrocediendo, 

como si el avanzar fuera el detenerse

—a mi paso el pensamiento va soltando sus criaturas,

arriba el cordero y el tigre se besan—; 

desde esta misma ventana he visto pasar trenes,

una hermosa mujer me sonreía, 

mas yo permanecí impasible, 

soplando en mi interior como en una botella; 

he perdido tiempo y he ganado tiempo, 

me he mecido feliz en un trapecio, 

y en el fondo de un cajón, mientras buscaba mis llaves,

encontré otra razón para desear estar muerto. 

¿Qué horrores no he de encontrar si me buscara a mí mismo, 

o si buscara a Dios, o si buscara 

el sentido último, la verdad irrefutable?

4.

Si la razón no destruyera lo que pienso, 

mi pensamiento acabaría por destruirme. 

Aunque una cosa es pensar y otra frotar tus sienes 

hasta que lo oscuro done su migaja de esplendor,

su viruta de asombro.

Uno aspira a la perfección y acaba por conformarse

con un montón de palabras y una gran incertidumbre.

Mas yo que digo amar la perfección y me acuesto con la incertidumbre,

¿cómo podría quejarme? 

Yo que sé pasarme horas, días interminables, 

frente a una jarra de cerveza, 

estudiando intensamente la limpia simetría de un mantel a cuadros

y la audacia de un florero taciturno, 

¿qué puedo a reprocharle a esa callada combustión, 

a esa morosa arquitecta de lo nulo, 

de ojivas invisibles, catedrales mudas 

arrastradas como un corcho por la corriente formidable 

hacia mares de estupor?

5.

Necesitabas de ese mudo resplandor 

para librarte del orden que te habían impuesto. 

Ansiabas soltar tu espíritu 

para que corriera dando saltos tras la imagen y la onda en expansión. 

Tenías los ojos llenos de una extraña pureza, 

hija de la altivez y del asombro, 

cegados por un hondo fulgor y un aire de encantamiento. 

Ah, las líneas del labio 

temblando como una espina a punto de reventar. 

Ah, los horrores de la niñez en el labio inferior reunidos,

bajo una fugaz incandescencia, 

tedio sin fin, 

monstruosas tardes de domingo 

de pie en la encrucijada de dos calles aún por asfaltar. 

6.

Me basta cerrar los ojos para que aparezca, 

pero al abrirlos

sólo encuentro el hilo por el que sube y baja incesantemente como una angustia.

He decidido no ocultarme más, no fingir más,

aceptar que mis párpados están cosidos a esa horrible sombra.

Sé que hay una forma de matar una visión,

y es dar a la angustia que nos causa una existencia propia,

convertirla en algo más que un fragmento de hilo pegajoso,

lograr que sea el insecto mismo que se desplaza

con la autosuficiencia de un equilibrista 

y aplastarla.

Pensé valerme del incuestionable poder de mi razón,

pero la razón nada puede contra lo que no existe,

contra lo único que a fin de cuentas es capaz de destruirnos.

Hoy mi razón no alcanza ni para probar que vivo

fuera de esta visión de lo imposible cuyo deslizamiento me acongoja.

Y sé que el tamaño de una angustia está en la perspectiva

y que si me parece enorme es porque la veo de cerca

y que si pudiera alejarme la vería en su justa dimensión.

Pero no puedo.

Vaya donde vaya la angustia me persigue

sujeta a esa hebra transparente tendida entre un párpado y otro,

entre una espera y otra.

Y aún me queda suficiente lucidez para reconocer que mi lucha está perdida.

Ahora la visión está dentro de mí,

la escucho pasear su viscosa sombra sobre mi alma,

la siento agazaparse sigilosa en actitud de espera.

Abro los ojos y en lugar del hilo veo

la fuerza desatada, 

el ímpetu del salto, la combustión 

que anuncia el choque formidable.

Indigentes, Ramón Oviedo. Imagen cortesía de Antonio Ocaña y Fundación Ramón Oviedo Inc.

7.

Déjame en paz, perfección. 

No me interesan tus promesas de absoluto. 

¿No ves que sentado donde estoy mi poder no tiene límites? 

¿Que me basta con mover un dedo para que el camarero corra a obedecerme?

¿Para que vaya y venga sin demora 

trayendo hasta mi mesa este líquido espumoso que bebo con fruición? 

Una mujer vertió su rostro en el espejo

y la visión de esos cabellos cayendo arrodillados

como una oscura llamada que aún no alcanzo a comprender

rodó sin fin bajo mi sangre,

rodó como una voz que uno no escucha desde siglos

y que de pronto, 

desde el misterioso ámbito del espejo, 

iluminara antiguos lazos, vínculos extraños 

por los que todo acude a su existencia impostergable, 

ya pronta a desaparecer.

Y mirándome fijamente a los ojos me dijo: 

Teme la lucidez, hermana de la demencia, 

tiene el destello, los espasmos, las reverberaciones del absoluto. 

Teme el absoluto;

quienes fueron a su encuentro no regresaron jamás.

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Médar Serrata (Santo Domingo, 1964) Poeta y ensayista residente en Estados Unidos. Doctor en Literatura Hispánica de la Universidad de Texas en Austin. Profesor de literatura en Grand Valley State University, Michigan, y autor de los poemarios Las piedras del ábaco (Colección Egro de Poesía,1986) y Rapsodia para tontos (LibrUsa 1999). Sus textos han sido recogidos en diversas antologías; su libro La poética del trujillismo: Épica y romance en el discurso de “La Era” (Isla Negra Editores, 2016) recibió el Premio Anual de Ensayo Pedro Henríquez Ureña.

Ramón Oviedo fue pintor, muralista, dibujante y grabador. Ha sido considerado el artista que empalma la pintura nacional con los lenguajes latinoamericanos del siglo XX. Nombrado por el Congreso Nacional como «Maestro Ilustre de la Pintura Dominicana». 

Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018).

En portada: Lluvia de formas, Ramón Oviedo. Imagen cortesía de Antonio Ocaña y Fundación Ramón Oviedo Inc.