La Nueva Era impondrá una soledad tan abrumadora, que sería preferible la muerte; pero ya no existirá ésta, entonces la vida, tampoco existirá.

La verdad es que a todas las entrevistas que me presenté, me trataron muy bien. Me hicieron sentir importante, siempre a tiempo; el gerente o el encargado de turno en persona, gentilmente, acudía con su sonrisa a flor de boca y el estrechón cálido de manos al recibirme. Para que supiera que todo iría bien y que él estaba pendiente de mi solicitud. Los lugares, las oficinas, eran ergonómicos, nada de asientos duros o cueros resbaladizos, escritorios cojos o pisos con relieves en los que te pudieras tropezar y provocar una emergencia poco deseada. Todo estaba debidamente dispuesto para que el visitante se sintiera como en casa, sin extravagancias ni minimalismos que pudieran desviar su atención. La entrevista no trascendía los diez minutos, evitando que tanto el entrevistador como el entrevistado perdieran el interés en las preguntas, o peor aún, en las respuestas. Ropa impecable de tu interlocutor, tono de voz segura y suave; y la mirada, siempre puesta como depredador a su presa, fija sobre los ojos del interpelado; nada de chistes o divagaciones sobre emociones personales o políticas, mucho menos deportivas o religiosas.

–Lo siento señor, pero aún no tenemos nada a su nivel –Era una respuesta retórica de la señorita o el jovencito de turno– Si lo desea, podemos seguir intentándolo, señor Lewitt.

Me muestro altivo. Nada de derrotas anticipadas. Desde muchacho fui un confrontador, inconforme.

–No, gracias, prefiero continuar mi preparación y volver en otro momento. Agradezco su gentileza y tiempo. ¡Hasta luego!

Sin siquiera pestañear, un leve, pero imperceptible gesto de aceptación al mover la boca del chiquillo que me entrevistaba; que apenas rozaba los veinticinco años.

–Ha sido buena su elección, señor Lewitt, que tenga usted un feliz resto del día. Regrese cuando esté listo, lo esperamos, señor Lewitt.

Salía de aquellas oficinas de “Terapia Ocupacional” un poco desorientado, pero con una dirección fija, mi casa. Inmediatamente se acercaba un automóvil, abría la puerta y el conductor con una sonrisa parecida a la del gerente o encargado de turno, procedía.

–¿A casa, señor Lewitt?

Ya ni siquiera musitaba o pensaba en ningún reclamo, en ninguna inconformidad, como cuando empecé con este calvario. “Vamos a casa”, eso era todo. El conductor me dejaba frente al edificio donde residía. Siempre se quedaba afuera esperando a que yo entrara. Una vez me quedé en el recibidor, aguardando a que se fuera, pero cuando avisté, ahí estaba él con su sonrisa mecánica, “Señor Lewitt, ya está usted en casa” –Con una ternura imperativa– “Vaya a descansar, ha sido suficiente por hoy”.

No sé si estoy residiendo en una nueva colonia de algún exoplaneta o en la Tierra. Nunca se lo dicen a uno dizque para evitarle angustias o malos recuerdos. Miraba a través de las ventanas y no podía distinguir las constelaciones terrenales, horas y horas mirando al firmamento, nunca encontré la Osa Mayor o la Estrella de Oriente. Al dormir no hay pesadillas ni sueños eróticos, los momentos oníricos se encargan y se programan, nada de aventuras raras ni traumas del pasado. Los recuerdos ni la memoria tienen ningún valor, ahora es solo la existencia del presente. Todo está bajo control. Después de mucho esperar, cuando ya lo había dado por descontado, me avisaron que mi sueño había sido aprobado. Fue un almuerzo con mis padres, y por el mantel, la cubertería y los alimentos, creo que era domingo. Pavo relleno con arroz de primavera, guarnición de papas y ensalada campesina con aliño de limón y aceite de oliva, todo rematado con una tarta de manzana para el postre. Mamá estaba más alegre que papá, pues lo habían ascendido a supervisor de obras, luego de muchos años luchando por el puesto. Celebramos levantando nuestras copas de agua al aire y chocándolas entre sí. No me quejo, fue un sueño de lo más arregladito, hermoso.  Ya en mis tiempos se hablaba de los exoplanetas como distancias y territorios inalcanzables; aunque se sabía que tenían el ingrediente esencial de la vida humana, agua. El resto es historia. Marte o Júpiter estaban pasados de moda, las mudanzas ahora apuntaban a sitios altamente distantes. Mientras a más años luz de la tierra, mejor, celebraban algunos.

Un grupo de científicos, después de muchos estudios y de experimentar con el fracaso, había descubierto cómo viajar a través de los pozos negros o los gusanos interestelares pasando de una galaxia a otra como si fuéramos de New York a París de un tirón; mejor dicho, en un abrir y cerrar de ojos. Algún joven cerebrito había hecho polvo la teoría de la relatividad de Einstein que reza que cuando la luz se refracta se vuelve materia, y ésta, la materia, cuando se propaga a través del espacio se vuelve luz. Después de mucho tiempo, la geodésica había negado la arquitectura de la línea recta, había concretado el milagro de la curva: La materia, buscando atajos galácticos, había logrado evitar su desintegración y sobrepasar la luz; así, viajábamos ahora de un lugar a otro con absoluta celeridad y sin riesgo ninguno de desintegrarnos.

Sabía que estaba allí, hirviendo en mi ser, pero no sabía dónde estaba. Vivía solo en el edificio donde moraba. Todos existíamos solos, nadie tenía esposa ni esposo, parientes ni amigos, por lo menos yo no tenía a nadie. Eran todos jóvenes, quizás nadie alcanzaba los treinta y tres años, solo yo tenía sesenta años. Sólo hacía comparaciones con las personas que me atendían en los centros de “Terapia Ocupacional”, porque en la calle ni en mi complejo de departamentos había visto a nadie. Hubo tiempos en que esperé en el ascensor y las escaleras para ver quién entraba o salía, quién se decidía por las empinadas escaleras o el ascensor, y nada, nunca avisté ni sombra humana, de nadie.  Los casilleros del recibidor eran como recuerdos vintage porque nunca nadie me dejó mensaje; todo se recibía y se despachaba por el teléfono, una web de banda ancha intergaláctica. Alguna vez espíe una que otra urna postal y no vi nada.

Me sentía vigoroso, pero no conseguía empleo, aún con mis conocimientos de biología nuclear, una especialidad en células madre y nanotecnología humana. En mis tiempos fui una celebridad: gracias a mis estudios de muchos años, logré descubrir cómo funcionaban las células para la restauración de extremidades en las caudatas, aplicarlas a las personas y evitar las lastimosas amputaciones y desórdenes tan peligrosos como la depresión y el suicidio. Mis días de fama ahora son antiguos procedimientos médicos que ya nadie utiliza. Todo el mundo circundante estaba mucho más lejos de mis viejas sapiencias; el láser y los proceso invasivos eran cosas del pasado remoto; el pasado no interesaba ahora, el futuro era la gran incógnita, era el devenir, ni siquiera de lo nuevo, sino de lo sorprendente. Las ventanas de mi edificio eran como un valladar donde se apreciaban ilusiones, imágenes dispersas de una realidad inexistente. Llegué a pensar en un conjunto de hologramas para marcar un tiempo y espacio que no estaban, pero que llenaban nuestra imaginación de las cosas. Solo cuando asomaba a la calle aparecía el mismo conductor con su sonrisa y frase de costumbre, ¿Tiene usted cita, señor Lewitt? –Cruzábamos miradas– ¡Entre, por favor, se va a resfriar! Subía al automóvil e inmediatamente nos íbamos a mi siguiente cita.  Diez minutos exactos y ahí estaba de nuevo, ¡Suba, señor Lewitt, que lo llevo a su casa!

Vivía en un lugar cómodo. No precisaba de nada ni nadie. Cálido, acogedor. Sin televisión ni radio, el celular era como un control remoto que lo tenía todo a la mano. Algunos pocos libros que daban cuenta de cómo fue el pasado y de cómo continuaba creciendo el gigante futuro. La ropa y el apartamento siempre estaban limpios. Solo me duchaba una vez por mes: la verdad, no era necesario; lo mismo que ir al baño, tampoco era necesario; pero allí estaban, como para recordarnos nuestro origen, la ducha y el lavabo. El menú era muy balanceado, con los nutrientes necesarios para estar satisfecho y sano. Una pastilla del dispensador producía una sensación de plenitud, la otra píldora, sustituía el agua o el jugo. El dispensador nunca otorgaba más de lo necesario. Los pecados de la gula y la avaricia habían sido eliminados.

Nunca se me había ocurrido llamar o visitar ningún vecino. Nunca sentí necesidad de ello.  Aunque en lo científico fui muy curioso, lleno de dudas, esa misma introspección me hacía aislarme del mundo exterior, hasta que llegó un momento en que nada ni nadie me importó. Todo hasta un día en que escuché un ligero ruido en la puerta del frente de mi apartamento; justo una media mañana en que volvía de una fracasada cita de trabajo. Me estrepité en el sofá, y fueron esas pisadas las que me hicieron aguzar el oído. No estaba solo, ¿sería posible? ¡Un rato más en las escaleras o el ascensor y conozco a mis vecinos!

Me disponía a abrir cuando sentí unos pies que se movían. Lo intuí de inmediato, eran pisadas de mujer, ligeras, suaves, delicadas; pero no era de mi incumbencia, al aproximarme a la puerta ajena como sabueso que descubre la madriguera de su presa, tratando de imaginar quién o cómo era, regresé a lo mío. ¿Quién será?, cavilé durante largo rato, mientras veía la portada de una vieja revista, Mecánica Popular: ¿Cómo instalar una nueva puerta en su viejo hogar? ¿Pernos o tornillos, cuál aprieta más? Y una serie de soluciones primitivas, más bien, arcaicas. ¡Pamplinas, moría de ganas por saber quién era la persona al otro lado de la puerta!

Desperté temprano y en puntillitas de pies fui a parar a la puerta del apartamento del frente. Casi me voy de bruces cuando intentaba recostarme de la puerta y la misma se abrió sobre mi rostro. Intenté guardar la compostura y, sonriendo, me dispuse a presentarme, aunque muy tarde.

–¡Buenos días! –Me dijo la mujer con una sonrisa– Soy la señora Pioneer, Lilit Pioneer.

Todavía un poco fuera de equilibrio, balbuceé un poco.

–¡Alphonse Lewitt… por favor, llámeme Al!

De los pliegues de la falda de Lilit asomó una carita redonda, de ojos azules, pero redondos, pómulos carmesís redondos. Su rostro era un gran signo de interrogación. Lilit, se adelanta a enmendar el desacertado encuentro.

–Ella es Génesis, mi hija.

Busco una sonrisa en lo más profundo de mi corazón.

–¡Hola, Génesis!

–¡Hola, señor Lewitt! – Dicho esto, se recoge sobre los pliegues de la falda y desaparece.

–Es muy hermosa y educada Génesis.

Lilit orgullosa: –Sí que lo es… lo de educada!

–¡Y hermosa…!

La muesca de satisfacción en su rostro, la delata.

–Es usted muy amable, señor Lewitt.

–Al, por favor, Al.

–Gracias.

Estoy parado frente a la puerta, no sé qué más hacer. No sé qué hacer con las manos. No sé qué gesto tengo en mi rostro.

–¡Buenos días, fue grato conocerlas!

Agarrándose de la puerta, como si no quisiera que yo me fuera.

–Igual, Al. ¿Génesis?, ven, despídete de Al.

La nena vuelve a aparecer. Estrecho la mano de Lilit, inmediatamente tengo un gesto de ternura con Génesis, revoloteando su cabello. Al tocar tanto a la madre como a la hija, siento que sus carnes, sus olores, el pelo de la chiquilla no parecen reales. Lilit tiene como treinta y tres años, y Génesis, como ocho. Sus miradas me persiguen hasta mi puerta para cerrar la suya con suavidad, como si me invitaran a volver. ¡Tengo vecinos, alguien con quien hablar! –Casi lo grito para que ellas escuchen–. Siento un gran alivio. Me murmuro a mí mismo, “Debiste decirles que mi apartamento estaba a sus órdenes para cuando quisieran pasar un rato, tonto, no dijiste nada, ¿te comieron los ratones la lengua, Al?  ¡Mírate, eres un vejete!”

Luego de unos días sin vernos, más bien, sin yo sentir sus pasos, el encuentro fue especial. Lilit y Génesis celebraban sus cumpleaños, ambas nacieron el mismo día y a la misma hora, supongo que en el mismo lugar. Me invitaron a pasar a su hogar, a ser un amigo de la familia. Celebramos con pastel y otras golosinas y, aunque me servían, festejaba con el trozo en mi plato, disfrutaba viendo las capas de chocolate y vainilla perfectamente separadas por el dulce de leche, pero no comía ni sentía deseos de hacerlo; lo mismo sucedía con las bebidas, la sangría con los trozos de sandía, manzana, durazno y el toque de limón y yerba buena, su olor me penetraba todo, pero solo disfrutaba viéndolas danzar en el jarrón. En cambio, ellas jugaban con eso de probar el merengue para luego regarlo en su cara y llevar los restos de nuevo a la boca.  Fue fácil acostumbrarse a su compañía. Lilit era muy atenta y Génesis muy tímida, pero tierna. La pasábamos muy bien, en un ambiente cálido y acogedor. Eso sí, nunca hablábamos de salir o de ir más allá de las reuniones de la sala de su apartamento.  Sonreían y se movían de forma acartonada, artificial, y esa alegría nunca transcendía los límites de la cortesía. Resultaba extraño, pero siempre que estábamos juntos nunca recordaba decirle que mi apartamento estaba su orden, para lo que fuera; ni ellas nunca me insinuaron siquiera ir a visitarme. De todas formas, estaba feliz; era parte de algo, más bien, era parte de alguien. Ahora no me angustiaba la idea de regresar sin trabajo ni de encerrarme en mi apartamento a esperar la siguiente cita. A unos pasos estaban mis amigas, siempre dispuestas a recibirme y escucharme. El resto, ya, no me importaba.

El día esperado llegó, nadie tuvo que proponerlo.  Bajamos a la calle Lilit, Génesis y yo, y ahí estaba el taxista con su sonrisa metálica. No se sorprendió al verme en compañía.

–Hoy no hay cita, señor Lewitt.

–Ya lo sé. Respondí en tono agradable. –Vaya usted a buscar a otro que seguro lo necesita. Quiero dar un paseo con mi familia.

El taxista y yo enfrentamos las miradas.  Los ojos casi se saltan unos a otros, pero vencí y él se marchó, a buscar a otro desempleado, como en principio le sugerí.  Salimos los tres a dar un agradable paseo, sin saber de fechas, otoño tal vez, creo que era domingo; el año y el lugar, a quién le importan.

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Leo Silverio.  Cineasta. Profesor Audiovisual. Gestor Cultural. Narrador. Nació en Santiago, 1960. Realizador del largometraje “Duarte, Traición y Gloria”, sobre la vida y obra del patricio Juan Pablo Duarte Díez.  “La fiesta de los santos” es su más reciente obra.