Cuando tomé plena conciencia de que vivíamos un fenómeno global muy grave con la pandemia Covid 19, tuve dos claras reacciones vinculadas con mis quehaceres intelectuales.

En primer lugar, recogí prontamente en mi “Blog de Intramuros” una serie de textos autobiográficos sobre las primeras experiencias que vivían variadas personas de mi entorno directo o indirecto. Era natural que lo hiciera dado que vivo promoviendo la escritura autobiográfica desde mi revista, Intramuros, que ya tiene 25 años de vida. ¿Cómo no iba a hacerlo en aquellas especiales circunstancias?

En segundo lugar, empecé a pensar sobre el asunto en términos jurídicos desde mi especialidad, el Derecho Administrativo. Rápidamente advertí –como también lo habrán hecho los colegas de mi disciplina- que esta pandemia exigía una actuación estatal inmediata aunque a veces no se supiera cómo hacerlo. Nos había tomado de sorpresa. De allí que lo obrado en los primeros meses pudo ser acertado o desacertado en magnitudes que aún desconocemos. Escribí muchos textos, siendo el principal de ellos uno que se publicó en una obra colectiva de tipo monográfica sobre el Covid 19 y los problemas jurídicos que acarrea. Lo titulé “La pandemia COVID-19 y la responsabilidad del Estado” (es de acceso libre y fue publicado en 2019 por la Revista Argentina del Régimen de la Administración Pública, Buenos Aires, Argentina).

A modo de confluencia, en un texto mío reuní las miradas antes descriptas, la jurídica y la autobiográfica. Ficcioné, así, sobre una persona que llegaba sola a urgencias de un hospital y por la noche; necesitada de entrar en la UCI pero al llegar se constata que no había lugar para ella poniéndose en riesgo gravemente su salud. El aspecto ficcional conectado con lo jurídico estaba dado por la posibilidad de que una de las camas de la UCI fuera utilizada por quien verdaderamente no la necesitaba habiendo logrado ese tratamiento de favor por conocer a  las enfermeras. Quise con ello plantear hasta qué punto  quedamos en situación de vulnerabilidad por fallas en el sistema de salud por actuaciones irregulares de las que, encima, puede no quedar registro para determinar, ulteriormente, alguna responsabilidad. 

En relación a los textos autobiográficos que fui pidiendo, pronto me di cuenta que los blogs eran útiles, pero las radios, los diarios y la televisión dieron lugar a contenidos de ese tipo. Lo mismo ocurría en las redes sociales. Todos querían contar.

Fue así que un día me encontré en Facebook con este texto que transcribo, escrito por un íntimo y muy querido amigo, Alfredo S. Absi, de fecha 26 de noviembre de 2020 que dice:

    Con Maria José estábamos separados pero teníamos una muy buena
     relación, amor de separados, íbamos de vacaciones juntos 
  como amigos. Cuando volvimos el 14 de Marzo (de 2019) de Mar Azul, 
       comenzó la cuarentena. Ella por su enfermedad tenía mucho 
        miedo de contagiarse y a mediados de abril vino a vivir 
         a casa, nos hacíamos compañía. El 14 de agosto fuimos 
         a una consulta médica, se descompensó, quedó internada, 
                    no la pude ver más, falleció. 
              Velorio de dos horas con cajón cerrado y 
         después solo pude llegar a la puerta del Cementerio 
      donde la cremaron por decisión del Presidente de la Nación. 
       Luego tuve diez días de aislamiento porque no estaba 
            el resultado del hisopado que dio Covid negativo, 
          hoy veo lo del velorio y entierro de Maradona y les 
             consulto: ¿no tengo derecho a estar reputiando 
           y recaliente con el Estado argentino y el Gobierno 
           que tenemos? Ya estoy grande para irme, pero… ¿cómo 
            le digo a un joven que no se vaya del País?

Días después el 29 de noviembre, un nuevo texto suyo me conmovió:

           Hoy fui a almorzar al Club (*) con protocolo Covid, 
           hay que reservar y son pocas las mesas habilitadas; 
            entro al buffet, y veo en una mesa al más grande 
           jugador y rugbier del mundo para mí, que me saluda, 
         se para y me dice (yo estaba con Mía), “qué lindo perrito”
            (él es veterinario) “Alfredito si no tenés miedo 
           al virus te quiero dar un abrazo”. Desde marzo que no 
           nos veíamos con Héctor (Pochola) Silva, mi Maradona 
           del Rugby, nos estrechamos en un abrazo y se me vino 
             la historia a mi corazón, fue un día muy lindo.

(*) Está hablando del Club de Rugby Los Tilos de La Plata
 

Ambos textos publicados en Facebook y, por ello, a la vista de todos, están relacionados. El abrazo comentado en el segundo tiene que ver con lo que Alfredo contó en el primero, su irreparable pérdida. Un abrazo prohibido, pero necesario, humanitario.

Y en el primero confluye una historia personal, triste y dolorosa, con una fuerte queja social por la arbitrariedad de las autoridades públicas, en este caso las argentinas con lo sucedido con Maradona.

Mientras escribo estas líneas, nos está llegando a todos el momento de enfrentarnos a la vacuna y, con ello, las dudas: ¿será segura?, ¿puede ser obligatoria?, etc. 

Desde Francia una buena amiga jurista -platense como yo-, Patricia Morel Hocsman me comenta con tono angustioso, que le da miedo ponérsela porque, dice, no es una verdadera vacuna sino una “terapia genética” (su marido es médico); agrega que tiene una serie de dudas legales sobre los protocolos de aplicación que se están siguiendo en ese país. Entre otras, alude a la pretensión del Estado y de los laboratorios de eximirse de responsabilidad haciendo firmar un documento en ese sentido a los vacunados. Desde el Reino Unido, otro íntimo y querido amigo, científico endocrinológico (trabaja con animales), me dice que ni loco se la pone por no considerarla segura. Aunque reconoce que hay elementos técnicos de la vacuna que escapan a su área de conocimiento específico. Pero no se cansa de repetir que no están hechas las pruebas de inocuidad necesarias que son prescriptivas. En otro orden de cosas, me cuenta que llegó al aeropuerto para viajar a la Argentina en visita familiar y que su vuelo fue cancelado por razones de seguridad sanitaria comunicadas desde Argentina. Otro querido e íntimo amigo médico endocrinólogo, Luis Gómez Lassalle, desde Tucumán me dice: solo en nuestra provincia ya van más de 50 médicos muertos por Covid 19; y que por supuesto que se vacunará.

Yendo a un plano estrictamente familiar, he de contar que mi madre, con 94 años no tuvo nada de miedo para hospitalizarse en Buenos Aires en  plena pandemia y operarse de la cadera. Apoyamos su decisión.

Mientras voy contando estas experiencias en primera persona, encuentro interesante finalizar con una mención a un grupo de Facebook relacionado con gente de la ciudad de La Plata y su historia, con más de 10.000 integrantes. Allí he llevado el recuerdo en las últimas semanas de Pedro Henríquez Ureña. Me conmueve apreciar que todos tienen presente su enorme legado en el terreno de la cultura y de la educación. Es bien sabida la admiración que suscitaba en la élite cultural argentina, entre ellos, en Jorge Luis Borges, que decía que tenía la impresión de que Pedro Henríquez Ureña lo había leído todo. 

Hoy es 26 de enero de 2021 y seguimos con pandemia y con miedo. Escribamos, que es terapéutico.

Fin.

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Beltrán Gambier es abogado y editor de la revista Intramuros (pionera en el género auto/biográfico). Nació en La Plata, Argentina y reside en Madrid. Ha publicado libros y artículos sobre el Derecho Administrativo. Su primera novela se titula «Tierra del fuego» (Amazon, 2019). Cofundador de Transparencia Internacional España.