Lo más llamativo de esta foto de Hitchcock es su involuntario carácter profético –más allá de la broma, alude a un teléfono deificado, ubicuo e inevitable…

Walter Benjamin ha escrito como nadie en torno a la evolución del teléfono en los primeros años del siglo XX. El aparato, dice Benjamin, que antaño ocupaba un corredor oscuro en la parte posterior de las casas, pronto se muda a la sala. Y así, a la conversación pragmática y ejecutada de pie, la reemplaza la conversación holgada e íntima sobre un diván o una silla. La tecnología permite que se filtre, al fin, el susurro; los gritos desaparecen.

Un siglo más tarde, el teléfono altera nuevamente una época, mudándose de la sala a los bolsillos y adquiriendo, en el proceso, nuevos dones –es también cámara fotográfica y de video, recopilador de datos, computadora portátil y juguete digital: un universo que cabe en la palma de la mano y que bien puede extraer de la vida cotidiana el tiempo sustancial que hace apenas dos décadas empleábamos para «vivir». Benjamin, genial, compara la sesión telefónica del siglo XIX con una sesión de espiritismo. Con el arribo del celular, llega la era de la hipnosis generalizada, donde la fascinación de la pantalla juega un rol fundamental en la expansión de la apatía política.

En el nivel individual, cabe hablar de otra tragedia: la crisis de la soledad. Todos estamos «on call», llevamos, con el celular, nuestra vida entera en la espalda, imposible desaparecer porque incluso cuando dejamos voluntariamente el teléfono en la casa sentimos tal acción como un error o un olvido… El teléfono ha comenzado a mudarse del bolsillo a la piel, de la piel a la consciencia…

Aterra hoy más que nunca el crecimiento virtual de la multitud. Ya no solamente hay aglomeramiento de gentes, sino de voces virtuales que originan un paisaje extraño donde la línea divisoria entre el diálogo y el soliloquio se pierde. El viejo placer del «eavesdropping» –escuchar la conversación privada de dos personas en cualquier espacio público– es un fósil: ya no existe tal conversación, a cambio tenemos un caos de residuos sonoros, retazos de frases, palabras aisladas, monosílabos e interjecciones que parecen anticipar un cementerio infinito del lenguaje.

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Marco Escalante, ensayista peruano radicado en Chicago. Autor de Malabarismos del tedio (Editorial 7Vientos).