Pensar, desde la isla y más allá.

Acerca de Veneno de Escorpión Azul de Roberto Echavarren (Montevideo, La Coqueta, 2021)

Dormía la flor ahora

vuelve a su rama

mariposa!

Moritake.

Entre los brazos de lo que al principio parece un rayo, pero luego aparece como un anillo, de soslayo, ocurre un tiempo: la conciencia.

En el principio es cegador, pero luego el ojo juega, adquiere pasado, y pasa esa experiencia por el cristalino: otra forma de lo acuoso. El agua es capaz de alterar las consistencias y en un momento que no es enteramente de la cultura, sino de un cuerpo aliado al espíritu, el tiempo más consistente es el pasado. El futuro es puro aire, y flexible y móvil, el presente. Estar en el presente es un imperativo, estar en el cuerpo que nos toca hoy, mirar al mismo tiempo lo mirado, lo significado y sus variantes, y también el ojo que mira.

El ojo, el cuerpo y el terreno, miran al cielo como materias luminosas que se encuentran en un golpe de dados. Situarse parece ser la única sabiduría. Saber qué cosas no hacer. El resto es aventura. La maestra es la torpeza. 

La torpeza enseña. Da una conclusión

a los hechos y el mercurio fija

la constelación de lo sucedido.

Y todo se gasta en el proceso.

Para llegar a saber: eso no.

Y cada vez te arriesgaste

y los hechos se volvieron tóxicos.

Fuera del planeta, no hay aire, no hay futuro, si no es un presente tras otro. El aire es una carga, una consistencia del pasado.  La aventura es siempre la misma, sea cual sea el terreno-el cuerpo: llegar al próximo presente, o no.

Y, sin embargo, el espíritu humano se forma como pregunta: esa alianza entre cuerpo y conciencia que produce un algo más, una experiencia que reconoce que siente, una máquina consciente de sí, como incógnita.

Nuestro cuerpo funciona sin que seamos conscientes de su funcionamiento. Nos toma tiempo madurar, y durante muchos años, mayormente no tenemos que pensar cómo procesar aire, comida; cómo separar y absorber nutrientes y desechar lo que no nos sirve. No solemos llevar en la conciencia el control de todos esos procesos, es el cuerpo el que ha memorizado. Solo la enfermedad, el mal funcionamiento (el accidente, el choque, el encuentro con otra materia, y la torpeza) producen un remedo de conciencia de ese funcionamiento, del que estamos alienados, del que casi no poseemos control. Vamos al médico.

Debemos cuidadosamente tomar conciencia del mal, absorber conscientemente el veneno para rechazar su impulso, sin saber si seremos capaces, conscientes, fuertes, torpes o qué. Sin saber, lo sabemos. Así se hacen las vacunas, por poner un ejemplo muy cercano.  Es sabido. En voz pasiva y en tercera persona.

Tampoco recordamos cómo empezamos a hablar. La humanidad, sin embargo, reconoce su especie en el habla. Es uno de los confines del espíritu humano y su pensamiento. Y vaya, solo nace el habla de un cuerpo a otro, aún si ese cuerpo no es del todo externo, si está dentro del propio cuerpo también, y se desdobla. El hogar del habla es la familia, luego los afectos, por más distantes que parezcan, polvorientas piedras filosofales y también el propio cuerpo, alien con quien convivimos. Esos familiares habilitan el cerebro musical que nos recorre evanescente en todo presente. Amar y nacer se parecen.

¿Hay que morir para nacer? No recordamos.

Todo lo barre la lluvia.

Si pudieras recordar cada una de las tiradas de tu vida

esa huella habría marcado la secuencia de tus problemas y tu estilo, si pudieras recordar, pero te responde cada vez como si fuera la primera vez…

La lluvia, la música, las palabras, eternos como el combate entre el día y la noche. En la Flauta Mágica de Mozart se impone el saber masculino y diurno de Papageno sobre la Reina de la Noche. En El Sueño de Juana Inés de la Cruz, el combate también cede al sol distributivo de luces. Son los albores del Siglo de las Luces. No obstante, para Juana la noche es el imperio del éxtasis y el vuelo, muestra los límites de esa conciencia y ese conocimiento acumulado que se desvanece frente a flores que brillan en la oscuridad compartida por eones: la inconciencia.

Lo que ocurre a oscuras, y a plena luz, solo se muestra en la no quietud de los atardeceres. 

La historia, la que luce mayúsculas, y la minúscula, personal y subjetiva, todas terminan archivadas en un pasado consistente, que las aplasta y miniaturiza. Cambian los formatos. Papageno canta en el celular, jibarizado, ridículo, es un amuleto.

No somos otra cosa que máquinas o motores, para qué? La conciencia de los animales para sobrevivir y protegerse, la conciencia de nosotros, para qué? Tenemos el mismo mirar de crestas violáceas del lagarto, estamos planeados lo mismo en su figura, cordados cuatri-membres, hechos de la misma materia que nos separa de las plantas. La conciencia como el cristal de una claraboya, en su transparencia de mirada, esa capa o manto o membrana visual, flota, sin materia, espíritu, estado derivado del cuerpo, debido al cuerpo, esa nada ilusión de completud, esa completud cuando llega en nosotros mismos, esa completud que es nada.

La distinción entre la materia y el espíritu convoca a los animales y a los dioses. El cuerpo graso y el alma etérea, nube. Una llamarada, la luz brillante amarilla que en toda escena se presenta, como en cada día. Hacemos sacrificios a los dioses, luego montamos el presente con el mejor recuerdo.

La soledad nos acompaña tanto como lo que amamos. La naturaleza, si existe, es un misterio. Lo que nuestro humano espíritu mira es siempre un formato móvil, transcurrir de un amanecer a un atardecer a un amanecer. Y en ello, los dioses, los signos, los sueños y los cuerpos, fluyen y se lavan con las lluvias.

el espejo gira en blanco en la penumbra, 

al giro de un trompo impersonal

nos mantiene y nos traga,

el espejo gira en blanco,

al giro de un trompo impersonal en la penumbra

nos mantiene y nos traga.

Tal el movimiento, el giro, la penumbra, la impersonal sintaxis de las máquinas. Siempre una imagen. Clara, cristalina. La memoria se ayuda de imágenes, símbolos gráficos. Toda la noción de escritura se relaciona con esa capacidad mnemotécnica de la imagen. El alfabeto tiene su parte de imagen, tanto como la escritura ideográfica, pero además toda escritura posee el poder de invocar imágenes sensoriales.

Lo que cambia es el formato. Hoy la informática realiza en segundos procesos que nos llevaban años. No sabemos del todo cómo lo hace. Hay especialistas, sí, como los médicos. Pero hemos producido como especie un nuevo cuerpo enjambrado a materia sin dolor. Delirante telemática, lo llama la poeta contemporánea Gladys Mendía. 

Un Arte de la memoria, historiado por Frances Yates, recorre lo que podemos llamar nuestra cultura. La memoria encuentra un centro de activación en las imágenes. El dolor se vuelve un color o una textura en el espíritu del cuerpo viejo.  La memoria edita, forja, aplica calores, derrite sebos, puede revelarse como una fotografía analógica, si tomamos una metáfora de los últimos siglos. La conciencia retiene cierto grado de control, de estilo, aspira a un mejor resultado, el mejor recuerdo.

Conciencia y estilo así cambian.  Como al pasar del agua, se pulverizan el software y las aplicaciones del pasado. Quedan las ruinas que descansarán como la tierra en barbecho. 

Una hoja verde pálido

es de pronto una mariposa.

Cambia el ojo mismo del que mira al descubrir. Es posible un nuevo cuerpo sin progenie. La progenie es muchas cosas.

Soy mi propio bebé.

Aceptar la imagen del adolescente que luce como en un animé implica aceptar ese movimiento de la especie. Ya no estamos en el cine, y su revelado fotográfico; estamos en la mezcla gráfica de los hemisferios, y las culturas, y hay otros elementos que tener en cuenta en el montaje. Lo que se revela, puede ser mejorado con after effects.

La animación es la clave: ser animado y conciente.  Poseer ánima, esto es, alma.

Ser humano es ser con otrxs pero también ser unx solx frente a la muerte. 

El combate con la Reina de la Noche parece un espectáculo, una constelación abierta en la que la soledad es un agua de afectos inconfundibles. El afecto no necesita imagen, dice Roberto. Ese misterio es para todes.

El tiempo pasado por agua es un libro que fue escrito durante aislamiento por Covid-19, situación que obligó al planeta entero a aislarse, por un lado, pero en la noción de bien común, por el otro.

Nos sigue saludando el Siglo de las Luces con su noción de autonomía, y desde antes, la tensión socrática de disgregarse o ser gregario, escribir o no. El paso de las religiones a la filosofía y el arte. Los monoteísmos han producido religaciones forzosas, y horror. Muertos y olvidados, otros dioses resucitan en cada presente.

Romper la fuente, ser bautizado, descubrirse en la fase del espejo, tocar el cristal líquido que obtiene la selfie: si hay propuesta en la de pasar por el agua es la de renacer y recordar lo mejor. Y con eso estar, en el presente. En la diversidad de las opciones, en la torpeza, en el trampantojo de la naturaleza, jardín que todavía nos rodea, con sus formatos múltiples, su ser hoja, o hija, virus o mariposa. Magia o poesía de lo que excede la forma y vive.  

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Romina Freschi (Buenos Aires, 1974). Fundó y dirigió la revista de poesía y crítica Plebella (2004-2012, www.plebella.com.ar). Es poeta y docente de escritura y literatura en ámbitos universitarios y de creación. En la actualidad, forma parte del proyecto Juana Ramírez Editora. 

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