Pensar, desde la isla y más allá.

(Publicación póstuma de una entrevista)

John Padovani, artista plástico y restaurador oriundo de Cuzco (Perú) vivió y trabajó por casi treinta años en República Dominicana, hasta su reciente fallecimiento en junio de este año. Para esta entrevista, conversó con Jennifer Báez por videoconferencia en dos ocasiones, el 29 de diciembre de 2020 y el 1 de enero de 2021. En un rubro donde la invisibilidad del artífice es la norma, sus manos y visión marcaron los grandes proyectos de puesta en valor del patrimonio nacional dominicano, desde el Alcázar de Colón hasta el piano donde se musicalizó el Himno nacional en 1883.

John Padovani en la feria internacional de arte ARTFORO 2020, Blue Mall, Punta Cana, República Dominicana. Foto cortesía de John Padovani.

Me produce curiosidad saber qué tipo de sensibilidades informan tu intervención en bienes patrimoniales. Vienes de Cuzco, el gran taller de pintura religiosa que se diseminó por toda Hispanoamérica en la época colonial. ¿Qué papel desempeñó el conocimiento de la Escuela Cuzqueña en tu labor como restaurador para la Ciudad Primada de América? ¿Cómo fue tu trayecto personal y académico? 

Mi trayecto fue muy serpentino e interdisciplinario. Entré desde muy joven al Seminario San Antonio Abad del Cuzco para ser sacerdote. Allí leía mucha filosofía. En una de esas lecturas me encontré con el lema “juventud que no es rebelde, es enferma,” de donde saqué el nombre para una banda de rock que formé. Cursé estudios de arquitectura en la Escuela de Bellas Artes Diego Quispe Tito de Cuzco. Yo no valoraba ser artista; para mí no era una profesión. Abandoné arquitectura y comencé periodismo deportivo. Entonces, fundé el Club Deportivo Salesiano de Cuzco, que lleva 50 años ya. De Cuzco me fui a La Plata, Argentina, a estudiar cine. Y allí trabajé en Diario La Prensa haciendo caricaturas bajo pseudónimo. Publiqué dos libros de caricatura. Uno de ellos fue “Amantes del Barro”, para un proyecto arqueológico en la ciudad de Trujillo, en Perú, a donde regresé para ver a mi madre. 

¿Dónde estudiaste restauración? 

En Sudamérica no había universidades para ello. Los gobiernos tenían convenios con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). No había filosofía de práctica. Los pintores hacían pintura, los herreros soldaban, y así. La mayor preocupación en esa época era el patrimonio, y en Latinoamérica el principal patrimonio era la pintura cuzqueña. 

Comienzo a estudiar conservación y restauración cerca de 1975 a través de programas de la OEA, la Unesco, el Instituto Nacional de Cultura del Perú –hoy Ministerio de Cultura– y el SECAB (Secretaría Ejecutiva del Convenio Andrés Bello). Trabajé varios años restaurando obras de Bernardo Bitti, en Juli, Puno, dentro del taller y en caballete. 

¿Y cómo comienzan el CIRBM (Centro de Investigación y Restauración de Bienes Monumentales) y los talleres de formación en Perú?

El gobierno peruano, a través del Ministerio de Cultura, firmó convenios con organizaciones internacionales para capacitar en restauración en Cuzco. No había centros universitarios para restaurar, sino artesanos (que no se han profesionalizado sino recientemente). Hace apenas unos diez años que Quispe Tito gradúa la primera promoción en conservación y restauración de obras de arte. En Lima, la escuela de restauración de la Autónoma no tiene más de ocho años. Lo mismo en Quito. Todo se hacía con la Unesco y el PNUD.  

¿Qué técnicas se impartieron en los talleres? 

Impartieron, desde 1965 a 1986, un curso anual de seis meses para capacitar en restauración. Los holandeses enseñaron técnicas holandesas, los de Churubusco de México usaban termoplástica para acrílicos. Había instructores de Italia, del Instituto Italo-latinoamericano (IILA). De Panamá vino Esperanza Tessier, especializada en cerámica; de España, el profesor Picasso, que enseñaba a la gacha, no a la resina; en Francia trabajaban una técnica mixta: la gacha y la resina. Yo manejo la técnica con rigor, pero más me preocupa el concepto. 

¿Cómo llegas a Santo Domingo?

Llego a República Dominicana por un convenio de la Unesco, como parte de un proyecto de dos años para preparar los bienes hacia el quinto centenario de la llegada de Colón a América (1992). Mis dos tareas fueron poner en valor el Alcázar de Diego Colón y capacitar al personal de restauración.La iniciativa fue promovida por el entonces presidente Joaquín Balaguer y gestionada por el arquitecto Eugenio Pérez Montás. A la convocatoria se presentaron de toda Latinoamérica unos seiscientos candidatos, de Argentina, Chile, Bolivia… Pero por el prestigio de la Escuela Cuzqueña nos eligen a mí y a Antonio González. Yo pasé al Alcázar y Antonio a la catedral. 

En cuanto a la restauración, ¿cuál es tu modus operandi?

En Perú restauré la Quinta de Presa, y también el Palacio del Almirante, en el cual replanteo el artesanado de la escalera. Mi teoría era “no debo falsificar” y “no recrear”, sino poner en valor. Ese es mi lema.  También hay que tener en cuenta el trato con todas las partes interesadas. Aunque la custodia de la obra puede ser de la Iglesia, cuando se restaura la obra es del Estado, así que el trato del restaurador es más bien con el gobierno. 

Patio interior del Palacio del Almirante en Cuzco, Perú. Foto: Arabsalam, CC BY-SA 4.0.

Los intercambios artístico-culturales del Sur Global son interesantes porque se articula un eje distinto de colaboración, complementario, de realidades hemisféricas que normalmente se ven con el filtro de las grandes potencias. Cuando llegas de Perú, ¿cuál fue tu impresión de Santo Domingo? 

Venía de un país con fuerte origen indígena, y cuando llego aquí es presencia negra la que veo. Me sorprendió que a la gente con pelo más lacio se le llamara “indios”. República Dominicana tiene arquitectura religiosa, esclavista, y no hay vestigio precolombino. 

Por otro lado, cuando llegué encontré el taller en condiciones precarias por falta de materiales. En esa época todo estaba en sus comienzos, y había fuertes deseos por desarrollar proyectos. Pérez Montás, gran restaurador y agente cultural, invitó al país en los años 70 a José de Mesa, esposo de la historiadora de arte Teresa Gisbert, de Bolivia. 

¿Algunos proyectos interesantes recientes? 

Acabo de restaurar la mesa donde se firmó la primera Constitución dominicana. Otros proyectos incluyen la silla de barbería donde se quitó la vida el presidente dominicano Antonio Guzmán (1911-1982). También el tanque de agua con el mural de Silvano Lora.

Mesa donde se firma la primera Constitución dominicana, restaurada por Padovani, diciembre de 2020. Foto cortesía de John Padovani.

El Alcázar fue la sede del primer Virreinato de América y palacio del gobernador Diego Colón.  Luego de ser habitado por cuatro generaciones de la familia Colón, llegó a servir de basurero en 1770, hasta que en 1957 el gobierno dominicano lo restaura. Pero esta restauración recrea elementos que no tenía. Cuéntame sobre tu labor en aquel proyecto. 

El proyecto del Alcázar consistía en restaurar la arquitectura. Yo no soy arquitecto restaurador; yo restauro bienes muebles, no inmuebles. Pero, aun así, van a cumplirse cuarenta años de que restauré el Alcázar, y no se ha vuelto a tocar. 

Alcázar de Colón, 1511-1514, Santo Domingo, República Dominicana. Foto: Martin Falconer CC BY-SA 4.0 (2016).

El proyecto estuvo a cargo de Glauco Castellano. En un mes hice la propuesta y el estado de conservación para determinar la originalidad de las obras. El arquitecto español Javier Barroso había restaurado el Alcázar entre 1955 y 1957 en base a un alcázar de España, y lo recrea de nuevo a partir de lo que quedaba, mochetas de muro. Para ese proyecto, entrené a alumnos del INBA, a petición de Ricardo Bello. El INBA de Santo Domingo era de carácter vocacional y enseñé principios básicos de la restauración y conservación del patrimonio. Pero ¿cómo enseñarles principios químicos básicos?  Pues tuve que hacer clases a todos los alumnos, y al final los convertí en auxiliares con salario de 500 pesos al mes. 

Cuéntame del proyecto de los medallones de la Virgen de la Altagracia en Higüey. 

Don Alejandro Grullón planteó el proyecto por devoción religiosa. Era el presidente del Banco Popular e invirtió personalmente en la creación del Museo de la Altagracia. También el proyecto sirvió para acrecentar el turismo cultural para la región de Punta Cana y El Seibo. El fin era crear un complejo con la Basílica de Higüey que se asemejara a la Basílica y Plaza de San Pedro en Roma. El convenio se firmó entre Grullón, la Diócesis de Higüey y el Ministerio de Cultura. 

Sergio Barbieri, historiador de arte que venía de Argentina, se encargó de la museología. Él se especializa en exvotos coloniales de plata. Incluso escribió un excelente libro sobre los bienes de Cajamarca, que dialoga con la obra de Teresa Gisbert. Fue alumno del sacerdote iconógrafo Héctor Schenone, quien fue mi profesor también. Tan pronto Barbieri me mostró lo que había que restaurar, yo instalé un taller piloto en Higüey, y me traje a los alumnos [que había entrenado para el Alcázar] de Colón. Y le hicimos todo, desde el estofado. Mi filosofía de restauración con los medallones fue la de siempre. Había que potenciar la unidad de la serie, pero manteniendo la herida de la historia.

John Padovani en la presentación de los medallones restaurados, Higüey. Foto: La Verdad Informativa Blogspot, 29 de abril 2011.

Nota:

  1. Bernardo Bitti (1548-1610), sacerdote jesuita italiano, alumno de Miguel Ángel, que lleva el Manierismo al Virreinato del Perú.

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En portada: Bernardo Bitti, Coronación de la virgen, c. 1576. Iglesia de San Pedro, Lima, Perú. Foto: Jonathan Adrianzen. CC-BY-S4-4.0. 

Jennifer Báez es candidata doctoral en historia del arte de la Universidad Estatal de Florida. Se especializa en el caribe colonial y trasatlántico. Recibió su Magíster en historia del arte de la Universidad de Arizona. Enseña artes de África, cursos de introducción a historia del arte, y de museología.

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