Pensar, desde la isla y más allá.

Cuando falleció Luis García Berlanga (1921-2010) la Academia de Cine Español era presidida por Alex de la Iglesia. Durante el funeral, el director leyó una de las semblanzas más emotivas: “Nadie en la historia del cine ha llegado tan lejos en talento y tan cerca de nuestras almas malheridas. Buñuel es el único que puede mirarle frente a frente. No hay nadie tan grande como Berlanga”. En su discurso, el director de El día de la bestia (1995) recordaba cómo Berlanga le había “metido un puño en el corazón” con su obra Plácido (1961), una película que no le dejaría nunca. Su sentir no cabalgaría solo: el cine lloraría con él, pues uno de sus dioses abandonaba el plano terrenal. 

Para entender la magnitud y relevancia de la obra de Berlanga bastaría con imaginar lo que sería remover alguno de sus títulos de la historia del cine. Se sacudirían los cimientos del cine español, y sin dudas la cinematografía mundial tendría un semblante muy diferente. Tal vez su cine no esté en el top of mind de los espectadores menos avezados, pero los cinéfilos más devotos le reverencian como a un verdadero mesías. Parió el grueso de su obra en plena dictadura franquista, y más de una vez burló la censura. Luego de la caída del régimen sus películas siguieron visitando ese pasado oscuro que tanto le marcó. 

Al igual que cineastas como Charles Chaplin y Billy Wilder, la comedia fue su vehículo predilecto. Fue mordaz y atrevido como el que más. Con la misma fuerza con que Chaplin se mofaba de las instituciones y Wilder satirizaba a la sociedad, así también logró Berlanga mirar a lo más profundo del alma de un país para desnudar sus males y enseñárselos al mundo entero. Desde ¡Bienvenido Míster Marshall! (1953) su sarcasmo no hizo más que pulirse: un pequeño pueblo olvidado y sumido en la miseria que de repente tiene esperanza con la anunciada visita de una comisión de norteamericanos. La ilusión se viste de tío Sam y la intrascendente cotidianidad se altera ante una promesa que pronto se desvanece cual espejismo en el desierto. 

Con Mr. Marshall nació la amistad y la relación profesional con el actor José Isbert. El madrileño acompañó a Berlanga en múltiples proyectos hasta convertirse en una especie de talismán, algo así como lo de Scorsese y De Niro. Sin importar si estaba encabezando el reparto o en un rol secundario, la presencia de Isbert lo cambiaba todo, ya fuera su Don Pablo –ese alcalde medio sordo y torpe pero sobrado de buenas intenciones, en la ya mencionada Míster Marshall– o su Don Ramón –cuidador del faro y ajedrecista en Calabuch (1956)–. Y no podemos olvidar a su inmortal Amado en la impecable El Verdugo (1963). El mismo Berlanga en una ocasión lo definió como un “monstruo” y, sin dudas, sus interpretaciones hicieron que las historias cobraran otra dimensión.

“Quiero volver a los orígenes del cine: a la improvisación, eliminar esa Gestapo que es el guion, para que de cada plano crezca un pedazo de universo”. 

Durante los 50 y los 60, los filmes de Berlanga miraban con tono inquisidor al alma humana. Primero exponía sus personajes y sondeaba hasta lo más profundo de sus razones para hacernos sentir. No eran marionetas que se movían por caprichos personales: eran seres tan reales como usted y como yo plasmados en celuloide. De ahí iba brotando el inherente discurso político que asomaba hasta en los silencios. En Plácido (1961) su manejo del lenguaje visual se refina y alcanza niveles de perfección. Con la más demoledora sátira nos hace reír, al tiempo que nos destroza el alma en mil pedazos y nos deja una incómoda sensación de desesperanza. 

Es el día de nochebuena y Plácido (Cassen) se apura para “levantar” algunos pesos y poder pagar el préstamo de su motocarro. Se pasea por las calles anunciando el evento de la noche en el que las familias adineradas han decidido “sentar un pobre en sus mesas”. Las situaciones incómodas no se hacen esperar y nuestro protagonista va pasando de un enredo al otro. A la vez que nos arranca carcajadas, el filme nos plasma una dolorosa realidad y, con los contrastes de la sociedad, Berlanga plantea un discurso sobre la lucha de clases y la desigualdad. Sin desgastarse, y siempre con creatividad, insistió con esos temas que se hicieron recurrentes en su obra: la familia, la política, la iglesia y los marginados siempre estaban ahí. 

Un cura que hace trampas jugando al ajedrez o que bendice una barca llamada Esperanza al tiempo que el nombre se deshace. Otro que se va de cacería y está dispuesto a matar al que se atreva a quitarle sus perdices, y hasta uno que se resiste a creer en los milagros. Así de variopinto es el universo eclesial de Berlanga. Con su ingenio logró ridiculizar y criticar el proceder de las autoridades religiosas, evadiendo las tijeras de la censura con el doble sentido y las lecturas ocultas que insertaba en sus diálogos. Pero quizás sus utensilios más eficientes fueron la imagen y los signos que utilizaba para comunicar de manera no verbal. 

Cuando España se desembarazó de Franco las ataduras se fueron liberando y, para final de la década del 70, comenzó su exploración más profunda del régimen y sus consecuencias. De la mano del guionista Rafael Azcona –otra pieza fundamental en su carrera y un colaborador habitual– nació la saga del Marqués de Leguineche. La escopeta nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982) fue la trilogía que utilizó para arremeter con todas sus fuerzas contra la oligarquía y el entramado sociopolítico de la madre patria. Con la primera entrega nos arrastra inevitablemente al mundo de Jean Renoir y La regla del juego (1939), no sólo desde el punto de vista del planteamiento y los elementos comunes en el argumento, la cacería, el contraste de clases, los insólitos personajes, sino también en el plano conceptual y la forma como maneja el discurso.

“Y ni fueron felices, ni comieron perdices porque allí donde haya ministros un final feliz es imposible”.

En esa frase se encierra todo el significado y los motivos de la trilogía de Leguineche. Luego vendría una especie de epílogo con La vaquilla (1985) donde regresa a la época de la guerra civil. Los militares de la zona nacional se aprestan a celebrar una fiesta cuando los combatientes republicanos elaboran un plan para arruinar el evento robando una vaquilla. La historia de Azcona tiene una fuerza devastadora y el instinto de Berlanga hace que la puesta en escena funcione a la perfección. El humor gráfico se maneja con maestría y se combina con unos diálogos bastante afilados. Es la patria en forma de indefenso animal víctima de una guerra absurda y que se convierte en un festín para los buitres. Como esa estampa Berlanga nos regaló muchas, en sus espléndidos planos secuencias o con los primeros planos que nos dejaban ver lo más profundo del alma de sus personajes. 

Ese santo grial que es el cine de autor para muchos cineastas fue algo que le vino natural a Berlanga. Maestro absoluto del séptimo arte que se aprestó a recibir al Sr. Marshall, hizo milagros los jueves, se convirtió en verdugo y mató una vaquilla. En su ocaso mandó a todos sus demonios a la cárcel y su último viaje fue en bicicleta de París a Tombuctú.

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Hugo Pagán Soto es mercadólogo de profesión y cinéfilo por pasión. Director del la Distribuidora Internacional de Películas de 2015 a 2018 y Coordinador de Relaciones Públicas de la Cinemateca Dominicana en 2015.

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