Pensar, desde la isla y más allá.

Era un asterisco en un mundo de puntos, me quedaba parada a menudo en la misma esquina del barrio, soñando con lo que recordaba. Aquí todo el mundo habla gringo, ya casi olvido el ritmo de mi país y el anhelo de una cerveza al anochecer se aviva cada vez que pestañeo. Di por terminada mi mañana de nostalgia, doble la esquina, aunque no hubiera risas en todas partes ni chisme en los salones, lo llevaba dentro, aún me latía en el corazón un poco el sabor a sancocho del verano de mi juventud. 

Sonreí. Tal vez no significara mucho, tal vez pronto no podría presumir del orgullo caribeño que tenía en la sangre, pero hoy me bastaba, aguantaría con este poco de color en el pecho y seguiría adelante, hasta regresar a mis playas de arena blanca y los juegos de pelota. 

Me tomé mi tiempo observando el calendario que tachaba un día más en el eterno febrero. “Ya casi” me dije a mí misma, pero los años pasaron y las arrugas se profundizaron alrededor de mi sonrisa. Pues para cuando la voz del piloto nos dio la bienvenida a la República Dominicana, la oscuridad me anunció que ya no vería el lugar de mis recuerdos.

Compatibles

-Éramos compatibles- dijo él entre risas.

– Encajamos, de hecho, tal y como dos vidrios rotos en manos desnudas- dijo ella. 

Siete de enero

Él prometía una y otra vez que no volvería a pasar, colgado de la muñeca de la chica. La tomaba suavemente como si fuese de cristal, la ironía se convirtió en retortijones en su estómago. Lo observó y el mundo guardó silencio cuando su nombre dejó sus labios, en el momento que la llamó “princesa” como si la miel se derramara de su alma. 

Al tiempo que pronunciaba esas dos palabras, ella supo que nada iba en serio. 

-Te quiero.

Era su última arma, la que utilizaba una y otra vez para traerla de vuelta, la que siempre funcionaba. 

El corazón de la chica se derritió y pensó en correr directo a sus brazos, pero no lo hizo, allí en la pared había un letrero con pedazos faltantes, apunto de perderse para siempre, igual que ella. 

«Hay amores que en vez de darnos alas, las cortan», recitaba el destartalado letrerito.

Ella se dio la vuelta contando los pasos para aguantar la urgencia de responder a sus gritos desesperados. Al décimo paso se fijó en la fecha que aparecía en su celular, siete de enero, el día en el que se dio cuenta de que merecía algo mejor.

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Vivian María de los Santos de León, (Santiago de los caballeros, 2000). Estudia Comunicación Audiovisual y Artes Cinematográficas. Autora de Juguemos (2018, Amazon). Su texto, Nostalgia en el extranjero, ganó el tercer lugar en el Concurso Literario ¡Soy Caribe! de Proyecto Anticanon.

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