Pensar, desde la isla y más allá.

El cuerpo (…) es una máquina dispuesta a recorrer aquel camino abierto entre Platón y Aristóteles, 

la distancia entre el alma y la carne. 

Ramón Andrés

Dice Andrés que un cuerpo no sólo es cuerpo, sino un fragmento de mundo que existe en la misma discordia de la que proviene; y, resultado de la autocontemplación propia de lo moderno, es también exceso. Espejo de los excesos, diría yo. Así, ha sido justamente en el trayecto existente entre alma y carne, entre espíritu y órgano, donde se desarrolló la Medicina y vivió el enfermo en los últimos siglos según nos recuerda el poeta español. Estas ideas, plasmadas en el provocador ensayo Pensar y no caer (Acantilado, 2016), sirven de introito al cuestionamiento fundamental que persiguen estas líneas: ¿Cuál es la relación acontecida entre el pensar y la corporalidad anatómica? ¿Entre el raciocinio y nuestros órganos? ¿Su verdadera naturaleza?

Tomemos las manos, a título de ejemplo. Entre las infinitas acciones que ellas nos facilitan, sean estas conducir, escribir, tocar un instrumento, vestirse o masturbarse, como narró Diderot en El sueño de D’Alembert, apenas podría considerarse una de carácter esencial: El acto de ingerir alimentos. Aunque no cabe duda de que sin las manos la ejecución de nuestras ideas estaría truncada, gracias a los adelantos tecnológicos parecería que son cada vez menos necesarias. Incluso prescindibles, en tanto que cualesquiera de aquellas acciones podrían completarse sin su participación. Entiéndase: hoy, literalmente, podemos vivir sin manos, cosa inconcebible cinco décadas atrás. La automatización y la voluntad de los chips han sustituido los dedos toda vez que otros sentidos toman control de lo manual activando electrodomésticos, autos y televisores con el timbre de voz del propietario, o reemplazando las arquetípicas huellas digitales por la impresión de nuestra mirada congelada en un sensor de láser.

Las disciplinas médicas establecen que, gracias a su extraordinaria anatomía, las manos constituyen el principal órgano para la manipulación física resultado del poder prensil que les caracteriza; representan además la fuente de información táctil más importante entre los seres vivos. Como tal, decenas de músculos y un total de 27 huesos las capacitan para la defensa contra agresiones externas y para su participación en la comunicación humana. Esto último lo logra gracias al uso de gestos y al lenguaje de señas tanto en los zurdos, la minoría de nosotros, en los derechos, el 90 por ciento de los vivos, como en los rarísimos ambidiestros quienes, gracias a su anatomía cerebral, dominan ambas destrezas.   

El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli. 1482

En unos de sus textos biológicos, Aristóteles citó una provocadora frase ajena —“El Hombre piensa porque tiene manos”— a fin de replantear aquella innovadora idea dentro de la naciente disciplina de la Filosofía. Lo hizo a través de una propuesta que establecía justamente lo opuesto: El que, más bien, “(…) es por ser inteligente por lo que el Hombre tiene manos”. Semejante dicotomía da pie a un evidente desafío en lo referente a la naturaleza del diálogo cuerpo-razón que obliga a preguntar, una vez más, si acaso el órgano piensa, o si pensamos gracias a él. Será Lucrecio (99 a.C. – 55 a.C.) en De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas) quien enriquecerá el planteamiento que nos ocupa, tal como ilustra el párrafo a continuación:

No pienses que la clara luz de los ojos ha sido creada para que pudiéramos ver, ni para marchar a grandes pasos es por lo que se articularon las piernas y los muslos sobre los pies, ni los brazos unidos a los fuertes músculos, ni las manos que nos sirven a ambos lados. Nada de eso se nos ha dado para subvenir a las necesidades de la vida (…). Ningún órgano de nuestro cuerpo ha sido creado para que hagamos de él un uso determinado, sino que, más bien, es ese órgano el que crea el uso (…). Todos los órganos son anteriores a su uso y ninguno de ellos ha sido creado con vistas a su utilidad. En aquel trayecto entre el alma y la carne aludido en el epígrafe, aparecen las manos (y los dedos, indiscutiblemente) como liaison que articula un diálogo fundamental: el de la voz del cerebro, órgano comando e inteligente, y el universo que este percibe a través del tacto y de su plasticidad exploradora de todo cuanto le rodea. Yace aquí, en suma, el centro de la encrucijada lucreciana: ¿Es la mano quien dicta al cerebro lo que ella habrá de hacer, o es este quien determinará su accionar?

El análisis de la evolución anatómica de las manos aporta pautas sobre su origen; apunta a un ancestro común, quizás los progenitores de los peces pulmonados, cuyas gruesas aletas musculares permutaron a estructuras dotadas de dígitos que le permitieron asir la vegetación acuática con mayor facilidad cientos de millones de años atrás. Qué puede haber más curioso —se preguntaba astutamente Darwin— que el que la mano del Hombre, hecha para coger; la del topo, hecha para minar; la pata del caballo, la aleta de la marsopa y el ala del murciélago, estén todas construidas según el mismo patrón.

Sobra decir que, en el viaje de las manos a través del existir del Homo Sapiens, ellas se transformaron en agente destructor, hasta por comando ajeno, como lo acontecido con aquel piloto que sembró la muerte como nunca antes tras lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima; en entes sanadores, como la mano quirúrgica que busca la cura; o en mágicas creadoras gracias al talento del artista. Así, a través del devenir del arte figurativo jugaron un estelarísimo papel en el trabajo de múltiples pintores; destacan entre ellos el mítico fresco El nacimiento de Adán donde las manos del Dios creador y su hijo Adán depositadas por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, provocarán todo tipo de interpretaciones entre los historiadores renacentistas; la imagen de Botticelli que en El nacimiento de Venus revela en primer plano a la diosa avergonzada que oculta con sus manos pezones y genitales; y la que, a nuestro modo de ver, constituye quizás la obra más compleja dedicada a la representación protagónica de las manos abstraídas de su posición en el cuerpo: el Estudio de tres manos de Durero.

Este dibujo en tinta fechado en 1494 presenta una mano izquierda colocada en tres posiciones ilustradoras de la preocupación del flamenco por las proporciones que ya le había llevado a completar todo un tratado sobre el tema. En esta provocadora imagen, el dedo índice parece predominar tanto en su apariencia de señalador por excelencia, como cómplice del importantísimo pulgar que sostiene al unísono un trozo de hilo suspendido en el aire. No sabemos a qué adjudicar más prestancia en este cuadro, si a los detalles de los tendones, las arrugas o las uñas, o al símbolo evocador del poder de la mano anónima implícito en las poses dibujadas.   

Estudio de tres manos, Durero. 1494

La propuesta de Lucrecio ya mencionada revela, sin duda alguna, ribetes de incuestionable carácter filosófico. Se nos ocurre, sin embargo, asomarnos a la naturaleza de los órganos corporales a través de la sacudida provocada por el acto y texto poéticos; contextualizarles ante la inconmensurable brecha transcurrida entre aquellos imperecederos debates de la Antigüedad helénica, y los avatares del pensar y sentir humanos contemporáneos. Aquí los versos de Pedro Salinas parecerían decirlo todo: Hoy son las manos la memoria./ El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar./ Pero en las manos/ queda el recuerdo de lo que han tenido. 

Cabe concluir que, gracias a la inteligencia, tenemos alma, mejor aún, espíritu, ese rasgo que bajo amenaza de extinción insiste en otorgarnos raciocinio. Así, en esta fase mecánica del quehacer humano atrapado por las trampas del mundo digital, parecería que las manos merecen retornar a su anciano rol de repositorio de la creatividad. Porque la mano, no se olvide, es al cerebro lo que el pincel al lienzo, y el cerebro es a la mano lo que la página al lápiz. Eso siempre lo supo Durero quien vivió convencido de que ellas constituyen el instrumento fundamental responsable de la ejecución del pensamiento.    

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En portada: La creación de Adán, Miguel Ángel. 1511

Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018). 

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