Pensar, desde la isla y más allá.

Jack Veneno es el hijo adoptivo por excelencia del Parque Eugenio María de Hostos. Allí no solo se llevaban a cabo las espectaculares carteleras de lucha libre que él encabezaba, sino también ahí entrenaban los luchadores, en unos camerinos angostos y con pobre ventilación.

Durante las peleas en “El Eugenio”, como simplemente les llamábamos, ni los árboles que rodeaban al parque, escapaban al embrujo que desataba una cartelera de lucha libre. Esos mismos árboles se convertían en palcos VIP que se adornaban de diferentes colores con las camisas de docenas de dominicanos que enganchados en las ramas más altas, disfrutaban sin pagar del espectáculo.

También fuimos hijos de “El Eugenio” Los Cuervos y yo. Los Cuervos eran los muchachos que nos reuníamos en la esquina de la calle Francisco J. Peynado y José Gabriel García en Ciudad Nueva. Desde esa esquina se divisaba “El Eugenio”, ese lugar mágico para muchos, que era más que nuestra casa, era nuestro escape. 

Nosotros Los Cuervos fuimos testigos de primera fila del desarrollo y ascenso de Jack Veneno. Para Los Cuervos y este servidor, Veneno no era nuestro super héroe.  Las razones de ello se las cuento a continuación.

Una de ellas era que el cuadrilátero de la lucha libre caía del cielo en el mismo medio de la cancha de baloncesto y en el día menos esperado. Y se nos aguaba la fiesta, ya que no podíamos jugar quinteto. ¡Qué cuerda! Si era Chicho Sibilio practicando con los Astros, eso por supuesto, no nos molestaba. Como tampoco nos molestaba ver el boxeo aficionado.

Con el Liceo Paraguay, nuestra otra guarida, fuera de nuestro radar por estar dando exámenes, a nosotros solo nos quedaba el consuelo de vocearles maldiciones a los luchadores que entrenaban debajo de las gradas de la cancha del “Eugenio”. Les vociferábamos todo tipo de sandeces por esos pequeños orificios que separan las paredes de la cancha con el exterior. 

Otra razón por lo que Jack no nos caía bien era que llegaba con las mujeres más hermosas de la bolita del mundo, siempre en un carro rojo deportivo. Acompañado siempre de buenas hembras, Jack vivía en un regocijo eterno. Y claro que nos despertaba envidia porque en esas cosas del amor, nosotros éramos benjamines, nos faltaba un largo mundo por recorrer.

Y no solo era Jack Veneno el afortunado, a El Puma siempre le veíamos ataviado con una despampanante mujer. Y hasta al medio barrigón de El Toro Negro se adornaba de una que otra rubia espectacular. Estos luchadores no tenían portes atléticos, de lo que se espera en un deportista, pero eran mieles para las mujeres.

Era claro que vivir prácticamente en “El Eugenio” nos daba la oportunidad de toparnos con los luchadores todo el tiempo. Y pocas cosas o casi nada escapaba a nuestros ojos. Uno que otro día veíamos a Puño de Hierro y El Puma platicando amigablemente, mientras que El Relámpago y Jack Veneno le daban instrucciones a El Zacateca de como amortiguar la caída en la lona. El Capi, quien cuidaba la cancha, se aseguraba de conseguirles unas botellas de agua a los luchadores e igualmente de que ninguno de nosotros -Los Cuervos- se asomase a ver las prácticas. 

Esa imagen se repetía cada semana y la hermandad entre todos los luchadores se veía a simple vista.   Jack en su carrito deportivo, mujeres hermosas por los predios buscando un encuentro con los luchadores.   Los Cuervos y yo, en cambio, estábamos en basketball, y eso de la lucha libre, no nos llamaba la atención. Con que no nos quitaran la cancha era suficiente para incomodarnos.

Los sábados, ya en nuestra casa, tampoco podíamos deshacernos de la lucha. El canal televisivo Color Visión transmitía la lucha y ahí era que Georgina entraba en acción. Sirvienta y madre emergente en nuestro hogar, Georgina pedía que le dejaran la televisión para ver a Jack Veneno. Ella, rebosante de alegría, dejaba los oficios para clavar los ojos en la TV. ¡Y cuanto gozaba!

Yo en cambio, pasaba gran parte ajeno a la televisión que veía nuestra querida Georgina. Sin embargo, no podía abstraerme de escuchar el sonido ensordecedor y gracioso de una sirena que hacía Silvio Paulino o de escuchar las amenazas de Relámpago a toda la cuadra de Jack. Por más que evitáramos la lucha, algo de la misma se quedaba con nosotros.  

Los domingos, no habíamos reposado bien la comida del mediodía, cuando ya un alud de vendedores ambulantes descendía alrededor de las calles aledañas al “Eugenio”. Los asiduos de la lucha libre comenzarían a llegar en grandes manadas una o dos horas después. Era la gran cartelera de la lucha libre.

La paz se rompería en esa parte de nuestro vecindario. Y los padres de Los Cuervos y los vecinos del área no escondían su inconformidad porque había que decirle adiós a la tranquilidad de la tarde. 

A nosotros esta invasión nos entretenía hasta que nos dimos cuenta qué más gente y más tráfico de motores y carros se traducían en que jugar en la calle se complicaba. Ni hablar de jugar la plaquita o jugar pelota de la pared sin interrupciones continuas. Ya ven porque Jack no era nuestro héroe. ¡Qué cuerda! 

El final de la cartelera ponía a toda esa muchedumbre eufórica camino a sus casas. Como las calles estaban tomadas, nosotros buscábamos otras maneras de entretenernos. Era la oportunidad de imitar a Calcaño, el comentarista de la lucha libre. Los Cuervos esperábamos a los fanáticos de la lucha en la esquina y en tono de seriedad disimulada, les hacíamos docenas de preguntas; que la “tijereta” que le aplico el Monje Loco a Jack Veneno era ilegal, que esa patada voladora fue espectacular. 

La idea era crear una conversación con los seguidores de la lucha libre y reírnos por dentro, todo con el afán muy camuflado por supuesto, de burlarnos de ellos. Como dije, esto de quitarnos el baloncesto con el ring en la cancha nos incomodaba y las imágenes de todas estas mujeres preciosas buscando por los luchadores no salía de nuestras cabezas. Y encima de ello, todo este hervidero de gente apoderándose de nuestro espacio.

En estos días Jack Veneno sucumbió ante la Muerte, no la Primera, no se trataba de su contrincante del entarimado de antaño. Ya esto no era un juego, ya el ganador no estaba pautado. 

Queda el recuerdo de un Jack Veneno visionario, atrevido, emprendedor, mercadólogo y carismático. Queda el recuerdo del bufón audaz. El mito necesitaba la muerte para echarse a andar. 

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Rafael Mieses estudió contabilidad y periodismo en la ciudad de Nueva York. Ejerció el periodismo especializado en temas de música. Se desempeña como contable en el estado de la Florida, EUA. 

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