Pensar, desde la isla y más allá.

Respirar París conserva el alma

                                                                                                       Víctor Hugo

En la primera mitad del siglo XX, el movimiento de modernización que animaba las artes plásticas y motivaba a los artistas se llamaba la Escuela de París – “Ecole de Paris”-, agrupando a grandes maestros, siendo emblemáticos, entre ellos, Picasso, Braque, Matisse y Léger. 

Esta corriente, celebrada y poderosa, contribuyó a que París se haya vuelto el centro preferido de creación y difusión artística. A la capital francesa afluían pintores y escultores de todo el planeta. 

Allí, museos, galerías, colecciones, escuelas, talleres, publicaciones, tertulias, aventuras (¡!) y más, sumaban una oferta única en el mundo… y esta misma internacionalización hacía más atractiva la ciudad luz; sintiéndose particularmente atraída la clase artística latinoamericana. 

Para sentirse a tono con la actualidad y las vanguardias, no bastaba con un viaje de descubrimiento cultural, sino que una hoja de vida ambiciosa se iniciaba por una formación académica o una especialidad, luego con una residencia de trabajo. 

No pocos albergaban la esperanza de tener allí una base profesional y hasta establecerse, retornando a sus países para mostrar sus ascensos. En la casi totalidad de los casos, ese enriquecimiento desarrollaba y ampliaba el oficio, pero sin que favoreciese la situación económica. 

Este renombre de primer centro artístico, intelectual, cultural, París lo conservó después del paréntesis lamentable de la Segunda Guerra Mundial, durante muchos años, y la atribución de becas de estudios ―por el Gobierno de Francia― favoreció ese movimiento. 

Pintores y escultores dominicanos

Los jóvenes dominicanos, egresados de la Escuela Nacional de Bellas Artes, fueron un núcleo importante de este cosmopolitismo como becarios, meritorios y brillantes, ansiosos de avance profesional. A ellos se agregaron otros talentos, por nacionalidad compartida o por razones personales.  

Aunque podríamos remontar hasta Arturo Grullón, finalmente más reconocido como médico, pero también pintor premiado en Francia en 1900 por su retrato del Moro fue una situación aislada e iniciaremos nuestras observaciones a partir de Jaime Colson, monumental y singular: antes de que cumpliese el primer cuarto del siglo pasado, él partió hacia París. 

Desde los años 50 hasta el umbral del tercer milenio, fue el período más fértil en artistas dominicanos “parisinos” por estudios y residencia. Nos referimos a pintores y escultores. 

Los profesionales de las artes plásticas ―en ejercicio o futuros― que estuvieron en París, primero para estudiar y luego eventualmente trabajar, no se dedicaban a plasmar el paisaje urbano o el ambiente humano aun, al menos fuera de eventuales ejercicios de taller. 

Su figuración, ajena a una representación, objetiva o subjetiva, del exterior para los pintores, surgía de la vida íntima, de reacciones cotidianas, de la emoción, de la ideología, o la pura imaginación… ni hablar de los abstractos. ¡Por felices que se sintieran al visitar el museo del Louvre ―todos lo hicieron― o subir a la Tour Eiffel ―casi todos―, no eran temas de sus pinturas! El admirado impresionismo había caducado, el surrealismo andaba por el territorio de los sueños y, que sepamos, no había ningún seguidor del hiperrealismo.  

De hecho, en conocimiento nuestro, un pintor dominicano pintó una obra maestra paisajística de París y el Sena, con estilo fauvista, a su llegada: fue Jaime Colson, pero, de inmediato se comprometió con el cubismo y el cuerpo humano. El segundo fue Silvano Lora: en los años 50 hizo bocetos de subsistencia que llamó “comestibles”, anzuelo y ganga para los turistas…

Ciertamente, nuestros artistas profesaban una admiración inmensa hacia los impresionistas por su aproximación al paisaje, urbano y rural, pero para ellos París era donde terminaban de aprender a pintar y veían arte, de verdad y directamente, donde podían asimilar la modernidad, donde disfrutaban la intensa actividad cultural, donde saboreaban la libertad ―si pensamos en quienes estuvieron en tiempos de Trujillo―, también la camaradería y la bohemia internacional… Luichy Martínez Richiez nos contó de sus encuentros callejeros en horas de la madrugada. 

Y, justamente, al mencionar el nombre de Luichy, escultor más que pintor, y recordando sus geniales piezas anatómica y eróticas, él es un ejemplo de antología. Se sumergió intensamente en el taller, expuso, ganó el Premio de la Primera Bienal de París, cautivó al mejor crítico, desató el escándalo por una obra atrevida exhibida al aire libre. Esculpió allí durante años, también pintó, pero nunca vistas de París….

Igual sucedió con las generaciones más recientes. Se nutrieron del París que aceleró su evolución, sin embargo, no lo plasmaron. La importancia de sus estudios, la frecuentación de museos, la hermosura del entorno, en fin, los espectáculos y vivencias tan diferentes impulsaron su creatividad, propia, indudablemente.

Luego, sucedió un fenómeno muy especial. Si la influencia de París y su riqueza cultural fueron innegables, los dominicanos se redescubrieron y expresaron, en sus pinturas y esculturas, cada vez más su identidad, mientras su personalidad se afirmaba. 

Este hecho sorprendente, lo mencionaron artistas oriundos de otras latitudes, Citaremos las palabras de Zao Wu Ki, oriundo de China.: “Paradójicamente, es a París que yo debo el retorno a mis orígenes profundos”. Su trayectoria no deja de ofrecer, más cerca de nosotros, un parecido con la de Wifredo Lam: el magistral artista cubano redescubrió su Caribe en París, al través de Picasso y de sus consejos. 

En medio de otra cultura, dominando por supuesto la francesa, también los dominicanos recuperaron o valoraron más la cultura nacional y la antillana en general.  Ejemplos de este reencuentro a través de la creación, mientras residían y residen todavía en París, son José García Cordero, Radhamés Mejía, Chichi Reyes, Víctor Ulloa.  

Iván Tovar, nuestro artista de alta cotización internacional ―el único―, que produjo un surrealismo caribeño fascinante, quiso retornar a París, pero “su” París, de los cafés y de la camaradería embriagadora… había muerto. Retornó pronto a Santo Domingo y se fue para España.

A pesar de que el centro del arte se desplazó hacia Nueva York, París posee un caudal de seducción en arte y cultura. Varios artistas nuestros del “milenio” lo quisieran aprovechar; no obstante, faltan becas, y la admisión de ciudadanos extranjeros se ha restringido.

Fotógrafos dominicanos

Los fotógrafos constituyen una categoría aparte. Si sus imágenes efectivamente fueron, por la definición misma de su arte, testimonios visuales de monumentos y ambientes, ellos se enamoraron de París en el curso de sus viajes, no por una estancia de meses o de años, salvo la excepción de Mary Rosa Jiménez.

París es indudablemente una ciudad que atrae a los fotógrafos, por el esplendor de sus monumentos y su contexto histórico, por el carácter singular de sus calles y la gente tan diversa que las puebla, por una atmósfera muy especial y una infinidad de detalles insólitos. La sensibilidad artística no resiste a la riqueza de esas vistas, que, con frecuencia, dicen únicas en el mundo. Es una temática inagotable, que por excelencia motiva la fotografía. 

Ahora bien, hay dos maneras de fotografiar: ceder a la tentación de repetir bellas «tarjetas postales» de los monumentos públicos ―generalmente lo hacen los «amateurs»―, o captar el alma de la ciudad, algo indefinible e infinito… como lo lograron fotógrafos dominicanos. 

Entonces, intervienen las distintas personalidades, y cada una va a observar y transmitir lo que más le ha impactado. La gente, en la calle, en el trabajo, en la espera o el descanso, se ha perennizado: parece que no se dieron cuenta… o no se molestaron ― ¡algo raro en el parisino! ―. El hombre también está en las imágenes tomadas de los edificios y de los parques, porque son realizaciones humanas y cada artista enfoca de un modo que sella su talento. 

Por supuesto, los matices expresivos y diferentes al compás de las horas, la luz del medio día, la vitalidad de la sombra, los destellos en la noche comunican su seducción. Son otros componentes esenciales y contribuyen a comunicar los innumerables encantos de París. 

Nuestra evocación de cómo captaron París proviene de fotógrafos, maravillados en el curso de viajes. Excepción es Mary Rosa Jiménez, que ha vivido más de 20 años en París, que además le llevó a su obsesión de la fotografía.

Mary Rosa, aunque ella no dejó de asomarse al mundo y observarlo en distintos contextos, hizo pasión una mirada “cazadora”, capturando las vitrinas de tiendas ofrecidas a los transeúntes en París. En estos reflejos mágicos, unió la mirada, la mente y el corazón. 

Dibujo y fotografía de París en dúo

En París, la catedral de Notre-Dame ha fascinado a cientos de creadores que la convirtieron en fuente de inspiración, por ser realidad y símbolo de fe, de historia, de arquitectura, de magnificencia, 

Dos artistas dominicanos, devotos de Nuestra Señora de París, han expresado su admiración por este patrimonio de la humanidad, y se apoderaron de misteriosas figuras de piedra, sobresalientes en el conjunto arquitectónico: las Gárgolas y las Quimeras. Plasmadas en fotografías de Tony Fondeur ―en blanco y negro―, inspiraron los dibujos de Aquiles Azar, y ambos maestros conformaron una muestra impresionante. Aquellas criaturas, “atrapadas” por Tony Fondeur fueron los modelos ideales, ominosos, entre humanos y animales, para Aquiles Azar, el autor de un ―anterior― bestiario, fabuloso e inquietante.

Ahora bien, estas obras, tan extrañas, nacieron no de una residencia en París, sino de un viaje de paseo… que el artista plástico recordó, apropiándose de las tomas del amigo fotógrafo.

Concluiremos con una lista de pintores y escultores, residentes en París, y otra de fotógrafos, pero ciertamente no están todos.

Artistas plásticos:

Aquiles Azar*, Johnny Bonnelly, Freddie Cabral, Alonso Cuevas, Jaime Colson, José García Cordero, Silvano Lora, Radhamés Mejía, Luichy Martínez Richiez, Juan Mayí, Fernando Peña Defilló, Chichi Reyes, Inés Tolentino, Iván Tovar, Víctor Ulloa.

* pintor no residente

Fotógrafos:

Mario José Ángeles, Domingo Batista, Angela Caba, Tony Fondeur, Wifredo García, Mary Rosa Jiménez**, Pablo Morel, Fausto Ortiz, Cesar Payamps, Vicente Tolentino, Luis Veras.

** fotógrafa residente

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Marianne de Tolentino, ADCA / AICA. Directora de la Galería Nacional de Bellas Artes, Santo Domingo, República Dominicana. 

En portada: Paisaje del Sena, Jaime Colson.

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