Pensar, desde la isla y más allá.

Lo primero fue el vacío ilimitado, después la materia y… el amor.

Hesíodo, Teogonía, siglo VIII a. C.

La aparición de los genitales en el arte figurativo data del Paleolítico, hecho evidenciado en estatuillas de la época que muestran vulvas resaltadas con gruesos surcos trazados sobre piedra o metal sugiriendo que, desde siempre, el prohombre experimentó atracción hacia los órganos sexuales. Sin embargo, la expresión de la anatomía del pene y la vagina en la pintura occidental se mantuvo oculta hasta bien entrado el siglo XIX cuando brotaron sin tapujos en los lienzos, destacándose entre estos el archiconocido cuadro de Gustave Courbet bautizado por alguien El origen del mundo (1866). Se trata de un trabajo donde la totalidad del entorno y el primer plano lo constituye una vulva expuesta que, cubierta por un intenso vello negro, literalmente enrostra al sorprendido testigo desafiando su imaginación. Mas, la accidentada historia de “las partes íntimas” en el ejercicio humano se remontará a muchos siglos atrás constituyéndose en verdadero espejo de sus preocupaciones a través de las civilizaciones.  

La sexualidad, en su más amplia acepción, está determinada por una miríada de factores biológicos, psicológicos, místicos, y socioeconómicos reflejos de su riqueza conceptual e interpretativa. Ella fue plasmada desde los inicios del logos helénico como estamento del pensar en el Timeo platónico y las lecturas aristotélicas; en los textos deuterocanónicos y hebraicos; en las epístolas del Nuevo Testamento y los escritos de Agustín de Hipona, máximo artífice de la cristiandad creador de la alianza sexo-pecado; en las consideraciones de los eruditos de la Ilustración; en el “goce por el goce” de Sade gracias al “descubrimiento” del clítoris; en la sacudida psicoanalítica decimonónica predecesora de la “revolución” sexual del Occidente siglo XX, y en las ideas de Foucault, Judith Butler y Badiou, entre otros contemporáneos. Sin embargo, dos aspectos particulares han atraído con mayor intensidad la atención hacia lo sexual en todas las culturas: el deseo y los genitales. 

A “las partes vergonzosas” se le han atribuido propiedades y simbolismos de toda índole más allá de su protagónico rol reproductivo, a saber: el falo mágico de los ritos eleusinos de la Grecia antigua; el portentoso miembro del Príapos romano deidad de la fertilidad; su pública cuasi mítica adoración en ciertas culturas asiáticas hoy evidenciada en el festival japonés Kanamara Matsuri; el pene robado por las brujas a las víctimas de sus hechizos en aquel Medioevo de la Inquisición; y el falo protector contra el mal de ojo que, colgado en los cuellos de los infantes, en el carruaje de los poderosos o en el umbral de las casas, hizo que hombres y mujeres confiaran en su infalible poder. 

Por supuesto, cómo pasar por alto el útero aristotélico poseedor de vida propia, “animal dentro de un animal” que viaja al libre albedrío en el cuerpo femenino; menos aún el himen, rector de la convención social que categoriza la virginidad como condena o salvación de la mujer que hace del cuerpo su justa propiedad. Y qué de la vagina, blanco de las abominables prácticas de mutilación y clitoridectomía que, bajo excusa de tradición, pretenden hacer del placer sexual estamento exclusivo de los hombres arrebatando a la mujer sensualidad y salud psíquica a costa de dolor, infecciones o muerte.   

Gustave Courbet, El origen del mundo

Francisco González-Crussí, destacadísimo ensayista mexicano radicado en Chicago repasa en su más reciente obra aquellas y otras andanzas del intercambio sexual y genital desde la perspectiva del escritor curioso que observa las creencias sobre este sistema corporal despojado de juicios y prejuicios. Sin descuidar su rigor científico de médico patólogo, el premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña 2019 nos conduce a un viaje “socio anatómico” revelador de lo que hombres y mujeres hicieron de lo sexual a través de los tiempos. 

Las folías del sexo (DEBATE, 2020) más que ensayo, constituye un riquísimo fajo de narraciones anecdóticas, costumbristas e históricas pertinentes al devenir del sexo, a veces absurdas e incoherentes y otras francamente jocosas que según el autor honran la significación de la palabra folía. Un provocador índice de cinco capítulos lo dice casi todo: De “la vara de Aarón” y algunas de sus muchas desventuras; De la falocracia y sus desabrimientos; El poder fecundante del viento; El huracán del sexo y la insoportable ligereza de la virginidad; y Senos femeninos: la inconmensurable fuerza del tetamen. El lector encontrará aquí elegantes explicaciones sobre la genitalidad en el creer popular, sobre las conductas que ante ella asumieron religiosos, nobles y plebeyos, e incluso, fascinantes detalles de los genitales y la cópula en ciertas aves, felinos y cuadrúpedos domesticados. 

González-Crussí pregunta en este libro cómo el deseo sexual llegó a convertirse en pecado capital, sobre qué base se hizo moralmente censurable a pesar de representar una de las más puras expresiones del sentir. Las respuestas, dicen los estudiosos, podrían encontrarse en el terreno de las disciplinas socio antropológicas y en los dictados religiosos; sin embargo, es la Filosofía la fuente a la que acude el autor en busca de ellas. Cita la Suma teológica de Tomás de Aquino para establecer que “(…) el exceso de ansias venéreas causa estragos en la mente: trastoca, revuelve y confunde nuestra capacidad mental”. Es decir, la irracionalidad inducida por la lujuria deberá ser rechazada ya que equivale al hecho pecaminoso; lo erótico y “los placeres de tocamiento” serán, pues, objeto de prohibición incluso en el lecho matrimonial. Así, sexo y virginidad significarán una sola cosa a partir del Medioevo: procreación bajo la tutela de Dios, y alabanza a la castidad sinónimo de pureza.    

Regresemos al presente. Hoy, la sexualidad ha traspasado aquellos dictados moralizantes y ha arribado a un ejercicio posmoderno amenazado por la brutalidad del Mercado y un capitalismo salvaje escurrido entre los meandros de la cotidianidad y la irealidad tecnológica. El filósofo Byung-Chul ha abordado tales consideraciones a partir de las representaciones de lo pornográfico. Afirma que en la pornografía lo obsceno no consiste en un exceso de sexo, sino justamente en que allí no hay sexo; apenas una triste escena donde habita solitario el uno narcisista del observador desposeído de toda compañía. 

Hablamos no sólo del porno carnal y genital sino de aquel que desacraliza los estamentos espirituales del Hombre; el que alimenta la sustitución de la imaginación por el bombardeo de la apariencia ofertada a bajo costo en el universo material contemporáneo. Byung-Chul nos recuerda que es justamente la erosión del otro lo que hoy amenaza al amor y a Eros ante el hedonismo de la persecución del yo consumista como sujeto desprovisto de toda alteridad. El agudo pensador ha escrito una contundente frase sobre ello que no necesita explicación: El capitalismo intensifica el progreso de lo pornográfico en la sociedad, en cuanto lo expone todo como mercancía y lo exhibe. No conoce ningún otro uso de la sexualidad. Profaniza el Eros para convertirlo en porno (…) es la antípoda de Eros. Aniquila la sexualidad misma. 

La obra de González-Crussí, pues, aporta importantes detalles históricos que, a nuestro modo de ver, constituyen pautas útiles para el lector en la comprensión de la sexualidad del presente anegada por el egoísmo ya aludido. Sin intención apocalíptica, cabría recordar para tales fines una esperanzadora frase hegeliana: “La verdadera esencia del amor consiste en renunciar a la conciencia de sí mismo, en olvidarse de sí en otra mismidad”; cabe no olvidar tampoco al Eros de André Breton, ese particular arte digno del hombre y del espacio, el único capaz de conducirle más allá de las estrellas. 

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Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018).

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