Pensar, desde la isla y más allá.

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Las revistas culturales funcionan como puentes de acceso a los horizontes del presente y a las utopías del futuro. Su papel reside en ser instrumentos de convivencia, circuitos de información y vehículos de intercambio real de producciones intelectuales y estéticas. En Iberoamérica, el papel alcanzado por las revistas culturales ha sido de crucial trascendencia, en la construcción social de un espacio dialógico de expresiones culturales, en la necesaria creación de una comunicación intercultural y en la preservación de su unidad lingüística. 

El rol y la trascendencia logrados por la Revista Hispánica Moderna, Revista de Occidente, Sur, Casa de las Américas, Amauta, Revista Iberoamericana, Ínsula, La Torre, Quimera, Orígenes, Nexos, Proceso, Cuadernos Hispanoamericanos, Cuadernos Americanos, Plural, Vuelta o Letras Libres, han permitido crear una cultura, una historia y una tradición en nuestra lengua, de inestimable proyección de nuestro acervo cultural y literario, y, al mismo tiempo, de exaltación de nuestros hombres letrados. 

La visión de intelectuales como Federico de Onís, Alfredo Rioggiano, José Ortega y Gasset, Silvina y Victoria Ocampo, Leopoldo Zea, Blas Matamoros, Lezama Lima y Rodríguez Feo, Octavio Paz y Enrique Krauze, entre otros, ha permitido que las revistas culturales hayan jugado el papel de vehículo editorial capaz de formar corrientes de opinión y generaciones de lectores. Y han servido –qué dudas cabe–, de forjadoras de círculos académicos e intelectuales plurales y críticos, los cuales han contribuido a la formación de un pensamiento humanístico en América Latina. Ese ha sido el gran legado cultural dejado por la tradición de las grandes revistas para el siglo XX, en el Nuevo Continente y el mundo peninsular. 

Muchas de estas revistas corresponden a grupos intelectuales de elites o a circuitos académicos, no así a instituciones culturales que, como el Ministerio de Cultura de la República Dominicana, ha sentado precedentes con el auspicio material y el sostenimiento vertical dado a la revista País Cultural, con apertura estética e ideológica, pluralidad de criterios y tolerancia crítica. Fundada en 2006, en un proceso que abarcó 19 números, hasta 2016, en su primera etapa, 3 en la segunda, hasta 2017, y una pausa de tres años. Justo en noviembre de 2020, se relanza en su tercera etapa, y se produce una suerte de renacimiento. 

Desde su fundación, esta revista ha ofrecido sus páginas a creadores, investigadores, intelectuales y artistas dominicanos y extranjeros, bajo la buena conciencia de posibilitar el diálogo crítico y horizontal, que nos ha permitido mantener esta oferta editorial con una calidad gráfica, compositiva y de contenido a la altura de los tiempos actuales, de la sociedad de la información y del mundo global. 

Toda revista es un órgano intelectual que media entre el diario y el libro. De ahí que sirva como plataforma de equilibrio entre la información periodística, caracterizada por la liviandad informativa, y el texto de análisis y reflexión, caracterizado por la profundidad y la enjundia. Por la posibilidad de ilustrar sus páginas con textos visuales, la revista airea su contenido y ameniza su lectura, con lo que conquista diferentes lectores y espacios de recepción que no posee el libro ni el periódico. Y esa cualidad y condición hacen de ella un instrumento de expresión de las ciencias y las artes, el pensamiento y la creación, de incuestionable valor estético, promoción de las ideas y circulación de las imágenes. 

La experiencia de dirigir una revista cultural enriquece el espíritu y cultiva la pasión, al tiempo que crea la conciencia de la responsabilidad de transformar la cultura de una época y las costumbres de la vida cotidiana de una generación de lectores. Las revistas, pues, funcionan como plataforma para la difusión de los autores y los artistas, y son, a su vez: vehículos al servicio de la gestión cultural. Participan, además, como referentes culturales que permiten percibir el desarrollo y evolución de las ciencias, las artes, la cultura y la sociedad. Por otro lado, son documento y testimonios de una época histórica:  reflejan la respiración de una etapa de la vida social y cultural de una Nación o una patria lingüística. 

Cabe destacar el rol de la revista Orígenes, que tuvo su inicio en La Habana, y que, al decir de Octavio Paz, fue la más importante no solo de América Latina, sino del habla hispana. Por las páginas de esta revista desfilaron firmas de los más connotados y laureados escritores de su tiempo, lo que permitió que se valorara y promoviera su contenido, coleccionaran sus números y sirviera como instrumento de difusión de la literatura cubana y de otros países, cuyos frutos son hoy tangibles. 

De igual modo, cabe destacar el rol jugado por la Revista de Occidente, en España, desde 1923 hasta 1936, fundada por José Ortega y Gasset y que, al decir de Roberto Fernández Retamar, «fue la más importante de nuestra lengua en la centuria». 

Las revistas culturales son un «diálogo con el tiempo» (Fernández Retamar), y son, además, el espejo de una época. Mientras los libros son individuales, en cierto modo, la expresión narcisista de un autor o editor, que funda o confirma su vanidad, las revistas son colectivas; son el resultado de varias voluntades y la manifestación de una pasión altruista y un acto de generosidad, solidaridad y transformación. Es más que una antología de textos diversos y abiertos, aunque, en ocasiones, haya números monográficos.

Una revista puede marcar el destino de una generación literaria y, a menudo, forma y cohesiona su equipo de dirección, o desaparece por las contradicciones que generan los criterios de ese equipo al intentar, cosa difícil, homogeneizar sus ideas y su línea estética o editorial. Las revistas de vida larga experimentan la confluencia de varias generaciones que se reciclan, tales como ha ocurrido con los Cuadernos Americanos, la Revista de Occidente o los Cuadernos Hispanoamericanos

El desafío de las revistas hoy en día reside en adecuarse a las nuevas tecnologías y soportes digitales para conquistar nuevos lectores virtuales. De ahí la necesidad de impulsar la valoración de las revistas culturales impresas como instrumentos de promoción cultural para crear espacios de reflexión e inclusión social. Otra idea consiste en hacer que ellas permitan el acercamiento de los lectores a las librerías y a las bibliotecas para hacer que estos mecanismos, depositarios del conocimiento y mediadores de lectura, no riñan con el libro, sino que funcionen como su vía de acceso. En efecto, el futuro de las revistas culturales habrá de definirse en su capacidad y posibilidad de digitalización para complementar su publicación en papel y prolongar así su existencia. Asimismo, para alcanzar nuevos y modernos medios de difusión y recepción, con lo que no se desnaturalizaría su esencia primigenia y editorial, sino que sería una adecuación a los nuevos tiempos del imperio de la tecnología. 

Entre los diarios y las revistas hay, desde luego, similitudes; pero, también, sus especificidades. Ambas son publicaciones periódicas y viven atentas al accionar del presente: captan la respiración del cuerpo social, mas ambas jerarquizan su contenido y sus técnicas tipográficas y espaciales. Con el tiempo, las revistas se vuelven reliquias de colección, aunque su ideal consiste en ser consumidas en la lectura del momento de su aparición para ser luego citadas en tesis, monografías e investigaciones, con lo cual ejercen una función documental de inestimable valor histórico, analítico y crítico. Un gran homenaje que pudiéramos hacerles a las revistas, que han hecho historia en la cultura del Nuevo Mundo, es reeditarlas en ediciones facsimilares, como se hizo con El hijo pródigo, en México, y en Santo Domingo, con los Cuadernos Dominicanos de Cultura ―y otras revistas que han tenido la misma fortuna. 

El auge de las revistas en América Latina se remonta a los albores del siglo XX y coincide con la eclosión de las vanguardias, la permanencia o resistencia de la modernidad y el afán de cosmopolitismo de las elites pensantes. Las mismas se convirtieron en instrumentos que catalizaron las primeras revoluciones estéticas y filosóficas del debate intelectual y la historia cultural del continente mestizo. Fundaron, de ese modo, la semilla de un pensamiento dinámico y de liberación de las sociedades americanas. 

Para rastrear las ideas de una época es indispensable acudir a las revistas culturales que circularon en la misma, las cuales, en su momento histórico, constituyeron la tribuna o atalaya de los intelectuales, cuyo rol contribuyó a enriquecer el debate intelectual, a fundar una sociedad de lectores y a crear los futuros escritores e intelectuales en las metrópolis, y en las provincias de América Latina, donde no llegaban (o llegan) grandes novedades editoriales. 

Las revistas son puntos de convergencias, de trayectorias colectivas, proyectos individuales y preocupaciones estéticas y culturales. Fundan una impronta histórica, al crear, en cierta medida, la profesionalización del escritor ―por decirlo de algún modo― e inventar el oficio intelectual y la práctica de la lectura. Lo que se llama un «periodismo de ideas» tiene una gran deuda intelectual con las revistas culturales en las letras americanas y la vida cultural y cotidiana misma. En los umbrales del siglo XX las revistas estimularon una nueva visión de la cultura, con su papel protagónico, y posibilitaron la consolidación de la identidad cultural, la independencia cultural y política, con la confluencia de ideas heterogéneas como expresión de puntos de vista diversos, y aún contradictorios. De ahí entonces que, a la postre, juegan un papel determinante en la creación de un clima de tolerancia a las diferencias ideológicas. Constituyen un poder autónomo en el marco de la producción y difusión de las ideas, las artes y las ciencias. 

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En otro orden de ideas, las revistas son el centro vivo de una cultura en movimiento, en un momento dado. Crean el ambiente -o la atmósfera- que estimulan la lectura y la escritura, y aun la investigación. Asimismo, la discusión, la crítica y la polémica, cuerpos vivientes de una sociedad, una democracia y una cultura. Son el presente por donde transitan las ideas y la cultura de un país; en fin, son, en el fondo, el espejo que refleja la luz de una tradición literaria.

La historia de una literatura nacional es, en cierto modo, la historia de sus revistas, que miden, más bien, la temperatura y la circulación de sus órganos de difusión.

Sin embargo, en este mundo virtual o digital, las revistas culturales parecen cosas del pasado. Muchas han desaparecido; otras se han transformado en ediciones exclusivamente digitales y algunas cambiaron sus soportes de lectura.

Las revistas han servido de refugio -o plataforma-a muchas generaciones y movimientos literarios, y de ahí que han constituido instituciones literarias esenciales en el devenir y perfil de no pocas tradiciones culturales. Algunas dejaron una impronta o huella en la memoria editorial y cultural de una región, país o continente.

Estos órganos de proyección o promoción de textos sirven para oír el latido de la cultura y medir la temperatura de la creación literaria. Espacios de reflexión y crítica, las revistas son también organismos vivos que mantienen encendida la llama de una tradición letrada. Así pues, sostienen un diálogo con la tradición escrita. Retrato de su tiempo y radiografía de la vida intelectual, para conocer una literatura específica, las revistas son recursos escritos que permiten historiarla.

Son así la memoria escrita y viva de una época que permite aquilatar los estilos, las formas de escritura, las ideas que circularon y los debates que encendieron una época histórica.

Las revistas, en efecto, crean un clima intelectual. Sus páginas son el reflejo de un tiempo y la genealogía moral de los hombres y mujeres de una época. No es posible escribir una historia literaria local o nacional al margen de sus revistas.

Estos espacios de circulación de ideas son también receptáculos, donde los escritores despliegan su imaginación y su creatividad, y los intelectuales, su pensamiento crítico.

Pueden ser empresas culturales, oficiales o autónomas, independientes o de un grupo, pero, de cualquier modo, son esenciales en la historia de una Nación.

Darío y Martí, Rodó y Pedro Henríquez Ureña, Ortega y Gasset y Unamuno, Alfonso Reyes y Octavio Paz, Vargas Llosa y Borges, Carlos Fuentes y Sábato, Cortázar y Fernando Savater han sido sus protagonistas. Poblaron –y pueblan- las páginas de ideas, pensamiento e imaginación de los diarios y revistas, y fueron – y son- una escuela de estilo, sensibilidad y escritura.

En síntesis, las revistas han contribuido a tejer el panorama de las letras del continente mestizo, desde la Tierra del Fuego hasta Alaska, desde España hasta los Alpes. Madrid o Barcelona, Buenos Aires o La Habana, las ciudades también han sido escenarios y teatros de gestación y distribución, consumo y lectura de revistas que caracterizaron su vida cultural e intelectual, y dinamizado su mundo editorial, durante el siglo XX.

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Basilio Belliard es poeta, narrador y critico dominicano.

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