Pensar, desde la isla y más allá.

Recogía hojas, piedras, plumas, flores, ramas y semillas. Las iba colocando en hileras sobre una vieja tabla. A la mañana siguiente, la tabla y el tesoro habían desaparecido del lugar que les tenía reservado en mi habitación. La mujer que me cuidaba decía que no debía llevar “basura” al interior de la casa. No me tomaba la orden de mi cuidadora como una sentencia inapelable. Después de expresar mi indignación, pronunciando un discurso en el que no faltaban las palabras “democracia” y “justicia”, recuperaba el entusiasmo y volvía a mi dedicada búsqueda de tesoros por las cuatro esquinas del patio.

He olvidado el momento exacto en que retomé mis labores de recolectora. Un día traje a casa una pluma del tamaño de la yema de un dedo. Es una hermosa pluma negra con lunares blancos. La puse en la bandeja extraíble de una mesa baja que tiene una superficie de vidrio. Con los años, la mesa se ha convertido en un expositor de joyas modestas: una piedra marina que encontré en una playa de Samaná, más plumas traídas de lugares que no recuerdo y desprendidas de las alas de vaya usted a saber qué pájaros, una flor de buganvilia, una hoja de magnolio, una fruta seca de platanero. Antes había enmarcado flores silvestres recogidas en los márgenes del río Llobregat. Las dejé durante semanas entre las páginas de una novela enorme, un peso pesado de la literatura francesa. Luego las puse en marcos de fotos con etiquetas de cartulina que indican su lugar de procedencia, pero no el nombre de cada flor. Ligerezas de principiante. Tenía mucho que aprender de Emily Dickinson.    

Quisiera saber si Emily Dickinson usaba una prensa de madera para secar las flores de su herbario, o si recurría a las páginas de una enciclopedia. Siendo una adolescente, durante su estancia en el Seminario Femenino Mount Holyoke, adquirió las destrezas para hacer un herbario en el que cada especie recolectada está identificada con una etiqueta de papel escrita de su puño y letra. Su pasión por la botánica había empezado antes de su paso por el seminario, cuando era una niña pequeña y ayudaba a su mamá con el cuidado del jardín de la casa familiar. En un libro de tapas verdes, entre 1839 y 1846, Emily Dickinson reunió más de cuatrocientas especies de flores y hojas recolectadas en los jardines y bosques de Amherst, el pueblo en el que nació y llevó una vida de soledad voluntaria desde los treinta años y hasta su muerte en la primavera de 1886. El herbario puede verse en los archivos digitales de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Hace unos meses, la editorial española Ya lo dijo Casimiro Parker publicó una selección de sus poemas sobre flores y árboles con el herbario completo de la poeta que, como dijo Natalia Ginzburg, le escribió una carta al mundo y nunca obtuvo respuesta: “Era difícil que el mundo pudiera escribirle, puesto que estaba, y quería estar, sumergida en la oscuridad de una casa. Pero, en efecto, el mundo nunca le escribió, de ninguna manera porque, mientras estuvo viva, no le dio nada”. 

Se ha especulado sobre las razones que llevaron a Emily Dickinson a relacionarse poco con sus semejantes. Es cierto que pasó la mayor parte de su vida adulta encerrada, vestida de blanco, horneando pan y escribiendo cientos de cartas y poemas que cosía en los cuadernos que hizo a mano y que no llegó a publicar en vida. Algunos hablan de una posible depresión u otro tipo de trastorno que merodeaba por su cabeza como un pájaro oscuro. No creo que su vocación de anacoreta y su gusto por los vestidos blancos tuvieran algo que ver con una mente trastocada. Que Emily Dickinson apenas pusiera un pie fuera de su casa no quiere decir que no estuviera viviendo la experiencia de su propio viaje. Pienso que su mayor cualidad no era su fama de excéntrica, sino su excelsa sensibilidad. He leído varios de sus poemas y he observado con detenimiento la minuciosa labor que hicieron sus manos en las páginas de su herbario. Es otra forma de poesía. El prensado es tan fino que nos permite distinguir cada detalle. Para las especies de tallos largos, como la Iris versicolor o el Cistus, Emily Dickinson usó pequeñas cintas de sujeción que hacen que, casi doscientos años después, hasta las flores más frágiles conserven su gracia solemne. Es el trabajo de una jardinera que se inclinaba ante la noble misión de la hierba: “Esa esfera de simple verde: Sólo criar mariposas y entretener abejas”. ¿Acaso Emily Dickinson se alejó del ruido del mundo para satisfacer en soledad sus fantasías insospechadas? Ella solo quería ser heno, hierba que brota de la tierra, y que a la tierra vuelve,  transformada en sagrado alimento.    

Es todo lo que hoy puedo traer,

esto y mi corazón al lado,

esto, y mi corazón, y todos los campos,

y toda la amplitud de las praderas.

Asegúrate de contarlo, no sea que yo olvide,

alguien podría hacer la suma—

Esto, y mi corazón, y todas las abejas

que habitan en el trébol.  

***

A veces contemplo las piezas que he reunido a lo largo de estos años y me asalta una emoción semejante a la que experimentaba cuando era niña y veía los hallazgos del día colocados sobre mi tabla de tesoros. Lo que trataba de hacer entonces no es distinto de lo que hago ahora: procurarme el placer sosegado de observar la naturaleza y dejarme sorprender por ella. En sus reflexiones sobre la felicidad, Bertrand Russell dice que todos los placeres tranquilos han sido abandonados. El filósofo británico achacaba el aburrimiento de las comunidades urbanas a su distanciamiento de los flujos y reflujos de la vida terrestre. Contaba la anécdota de un niño pequeño, un niño de Londres al que llevaron por primera vez al campo un día de invierno. Cuando se vio ante el paisaje verde, húmedo y enfangado, el niño empezó a revolcarse en la hierba soltando gritos de placer. “La alegría que experimentaba era primitiva, simple y enorme –recordaba Russell–. La necesidad orgánica que estaba satisfaciendo era tan profunda que los que se ven privados de ella casi nunca están completamente cuerdos”. 

No pocas veces he sentido una excitación parecida a la de aquel niño. Una Navidad, estando de vacaciones en la República Dominicana, fui a pasar unos días en una casa campestre. Cuando llegué tuve el impulso de correr entre los cañaverales, de saltar descalza sobre la hierba salpicada de rocío y abrazarme a los cocoteros como si fueran parientes que hacía años que no veía. Recuerdo que alguien mencionó un tranquilizante indicado para ataques por emoción severa. ¿Resulta tan difícil de comprender? Vivo la mayor parte del año en un barrio de un municipio de Barcelona, donde las golondrinas dejaron de hacer nidos para meterse en los huecos de los ladrillos que hay en las paredes altas de los edificios. Ahora lo veo con mayor claridad. Cuando era niña recogía hojas, piedras, plumas, flores, ramas y semillas porque sabía, sin saber que lo sabía, que se convertirían en amuletos contra la pérdida de una memoria sensorial que ningún niño debería extraviar.

Richard Louv, autor del ensayo Los últimos niños en el bosque, dice que la falta de contacto con la naturaleza puede alterar el comportamiento de los humanos en las ciudades. Y claro que lo altera. Una madrugada de hace pocos meses, estaba durmiendo en mi apartamento cuando escuché el insistente canto de un gallo. Llegué a creer que se habían extinguido de esta parte de la Tierra. Me desperté sobresaltada. El canto venía de una de las casas con jardín que hay al otro lado de la calle. Me senté en la cama y pensé: “¡Dios mío! ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?”. Luego escuché la voz de un niño que gritaba: “¡Maaamaaa! ¿Qué es eso?”. La sorpresa de mi vecino –que probablemente no había escuchado el canto de un gallo en toda su vida– podría encajar con lo que Richard Louv llama “trastorno por déficit de naturaleza”, un término que no se refiere a un diagnóstico médico, sino a las consecuencias de no tener el contacto con la naturaleza que resulta aconsejable para la salud física y mental de niños y adultos.

Tejados, edificios, chimeneas, lámparas. Es lo que hay al otro lado de las ventanas de mi apartamento. Para ver los árboles debo extender la mirada más allá de las vías del tren, o salir de mi calle, girar a la izquierda en la primera esquina y caminar rumbo al parque. Pasé toda mi infancia en una casa con patio. Mis ojos de niña le atribuían la exuberancia de una selva amazónica. Había abejas, palmeras, libélulas, pájaros, flores, arañas, árboles, lagartijas, gallos y gallinas que saltaban la cerca y venían a visitarnos desde lugares aledaños. El paso del tiempo moderó mi entusiasmo por la vida natural que creí que tendría siempre al alcance de los ojos y las manos. Supongo que entré en el túnel de la indiferencia adolescente. El atrevimiento de la ignorancia no se acaba nunca pero, a veces, pueden enmendarse sus fatales secuelas. 

Richard Louv cuenta que un estudiante le dijo: “Me gusta más jugar dentro porque ahí es donde están los enchufes”. Cualquier niño de mi generación hubiera preferido la calle. Yo también, si me lo hubieran permitido. Que la puerta principal de nuestra casa se abriera a una carretera secundaria, hacía que mis padres entraran en pánico cada vez que se mencionaba la posibilidad de que mis hermanas y yo saliéramos a explorar fuera de los límites de la verja. Estoy convencida de que el patio nos salvó del descubrimiento prematuro de la amargura. El patio compensaba, al menos durante los primeros años de la infancia, el anhelo de la calle. En él, hallábamos otro tipo de aventuras y personajes dignos de hermosas fábulas. El interior de la casa me parecía un refugio confortable y apropiado para dormir y protegernos de las manifestaciones más bravas de los elementos, pero no para pasar las tardes de ardiente sol. Pienso en el último deseo que Katherine Mansfield escribió en su diario cuando ya estaba muy enferma, pocos meses antes de morir: “Por salud entiendo poder llevar una vida plena, adulta, viviendo, respirando vida, en contacto estrecho con lo que amo: la tierra y sus maravillas, el mar, el sol. Todo aquello a lo que nos referimos al hablar del mundo externo”.  

Me lo he preguntado muchas veces: ¿qué puedo hacer para cultivar una relación más estrecha con la naturaleza sin salir de la ciudad? ¿Qué es lo que puedo hacer para no desatender esa necesidad orgánica que se manifiesta con ataques de euforia cuando regreso al Caribe o cuando viajo al interior de Cataluña y veo un campo de amapolas en flor? Todas mis cavilaciones me llevan a una popular expresión española: mover el culo. Debería dar más paseos por los montes cercanos y deshacerme de un buen puñado de excusas. Ya no vivo en el pueblo de mi infancia, ni puedo aspirar a tener un jardín como el que tenía Emily Dickinson. Pero puedo poner en práctica lo que he aprendido de ella y trabajar con esmero en mi propio herbario. Puedo acoger el deseo de Katherine Mansfield como una plegaria. Puedo sembrar flores en macetas de barro y colocarlas en el alféizar de las ventanas. Ciclamen en invierno y petunias poco antes del verano. Un jardín estacional que, cada primavera, me devolverá el paraíso perdido de las abejas y los pájaros.

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Sorayda Peguero Isaac es periodista dominicana residente en Barcelona y columnista del periódico colombiano El Espectador. Sus trabajos han sido publicados en Revista Arcadia, Listín Diario, Yorokobu y Periodismo Humano.

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