Pensar, desde la isla y más allá.

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3. El talante azucarero

El talante azucarero aparece a finales del siglo XIX, no en las fincas azucareras de un ingenioso pero vetusto trapiche, sino en los latifundios de ingenios que resultan de una inversión agroindustrial de índole capitalista. Para no pocos, esa agroindustria, denominada la columna vertebral de la economía dominicana durante gran parte del siglo XX, representa la cualidad inalienable de la identidad dominicana. 

No obstante, nada más lejos de la verdad. La cualidad azucarera ni siquiera impacta a la mayoría de la población dominicana y, en la que sí incide concierne, no la afecta de manera homogénea. Como se verá, la razón es sencilla: una cosa es el mundo económico, otra el reino de este mundo que culturalmente es mucho más complejo y diverso. 

Para dejar al desnudo esa realidad divido la exposición en dos momentos: (a) uno relativo a la mayoría de la población afectada de manera directa en el país por el rasgo azucarero; y (b) otro a propósito de quienes propician ese estado de cosas y se valen de su influencia para sustentar su predominio. 

a. La mayoría de la población dominicana, independientemente de su extracción social y de su ascendencia étnica, es ajena y no está expuesta a las condiciones de vida y de disciplina laboral que imperan a nivel de campo en la actividad azucarera. (2) Los habitantes recluidos en los campos de caña de azúcar constituyeron y siguen constituyendo una minoría poblacional en el país y, para colmo, siempre han sido tenidos formalmente como extranjeros. 

Esa población azucarera habita de espaldas a la sociedad dominicana recluida en bateyes esparcidos a lo largo y ancho de cada plantación latifundista. La idea genérica de los bateyes fue concebida por las tropas de ocupación estadounidenses, a inicios del siglo pasado, con un solo propósito e interés: facilitar acceso a pie a los braceros retenidos en ellos a lugares predeterminados de tiro y corte de la caña. Desde aquel entonces, se vieron privados de comodidades y hasta de servicios tales como agua potable, salud, educación, transporte, recreación y otros. 

En cada batey -principalmente de campo, pero también en los de servicio y en el central de cada ingenio- pululaban sembradores y braceros de caña, linieros, carreteros y pesadores que rara vez comparten su rutinaria y sudorosa existencia con guarda campestres, capataces, mayordomos, empleados e ingenieros del ingenio en general, amén de los publicitados bodegueros o eventuales docentes y personal de salud de las zonas limítrofes.

Si algo debe quedar claro en ese contexto es que el hombre del batey, y todos ellos juntos con sus respectivos dependientes, en poco se asemejan al popular y folklórico “negrito del batey”. 

El hombre del batey -extranjero o tenido como tal y menos veces como dominicano- se diferencia del resto de la población dominicana. Se les recluta y tiene formalmente como extranjeros aislados en una distante plantación agroindustrial. Provinieron en una época temprana de las Islas Vírgenes, Puerto Rico, Antillas Menores, y más recientemente, de Haití. Subsisten sometidos a largas horas de extenuantes y sudorosas faenas que agotan diligentemente dada su sumisión laboral férrea e incondicional. La voz de mando que obedecen es única y exclusiva, pues emana de la boca del administrador y/o propietario de la plantación y les llega encadenada por los eslabones de sus representantes e intermediarios (Ferrán 1986).

Así, pues, en contraste con lo que acontece en el resto del conglomerado poblacional dominicano, -donde la gran mayoría de la población dominicana comparte de manera informal, por iniciativa propia y de espaldas a las condiciones de vida propias al batey azucarero-, en los cañaverales la vida humana se reproduce enajenada de sí, desposeída de voluntad propia, retenida bajo el completo dominio que el administrador o su representante ejerce sobre la mayoría absoluta de los bateyes.  

Huelga explicar, por tanto, por qué está comprobado que “el dominicano no corta caña”. Una cosa es la evocación artística e incluso religiosa o folclórica del cañaveral, pero otra muy distinta sus inducidos valores, hábitos, costumbres y sobre todo patrones de comportamiento y condiciones de vida.

De ahí el vivo contraste de ese reducto poblacional con el resto de quienes pueblan la geografía dominicana. A modo de contraste original, tanto el campesino, como el tabacalero, poseen un medio de producción propio que salvaguarda su efectiva reproducción, por precaria que ésta sea, a diferencia de cualquier foráneo hombre del batey segregado en un campamento de trabajo al que -a lo sumo- solo se le permite un exiguo surco de tierra para que ahí siembre algunos víveres de consumo individual.

Por demás, los hombres del cañaveral no gozaban de la libertad de tránsito de la que sí disponían en contraposición a ellos, tanto los campesinos y los tabacaleros, como los peones ganaderos y los cortadores de madera, en sus frecuentes y libres desplazamientos en la geografía dominicana. 

b. El talante azucarero se manifiesta no solo, en función de los de abajo, subyugados en el cañaveral, sino más bien en el resto de la sociedad dominicana cuando con él irrumpió a finales del siglo XIX la verdadera gran transformación (Polanyi 1989) de la sociedad dominicana.

Esa ruptura consistió en la puesta de hecho y de derecho del poder estatal al servicio de un grupo económico en particular. Ese fenómeno no se había registrado ni con los tabacaleros, aún menos con los campesinos y, en sentido estricto, tampoco con los hateros y los madereros. 

Con la irrupción de la agroindustria azucarera en el dominio público, y teniendo como actores principales a quienes han sido identificados como “barones”, lores” y “zares” del azúcar, dejó de funcionar el acostumbrado proceso de aculturación en el seno de segmentos mayoritarios del pueblo dominicano. La raigambre hatera, así como la tabacalera, la campesina, la maderera u otra cualquiera de las más tradicionales, pasaron a un estado de cosas recesivo, sometidos por el dominio azucarero. 

Llegaba así, por gravedad propia, -con o sin arritmia histórica (Bosch2009: cap. VII) -, la hora de la manipulación y uso en beneficio propio y desde arriba de los hilos del poder político y económico del país por parte de un grupo exclusivo de la sociedad dominicana.

En efecto, los regentes de la floreciente y primera agroindustria del país, la azucarera, transgredieron el acostumbrado desconocimiento con el que los más diversos actores públicos desplegaban sus actividades económicas de espaldas o desconociendo la autoridad estatal y a sus representantes. Testigos de ese constante desconocimiento de la autoridad gubernamental fueron, según los anales patrios, esa legión de tabacaleros, campesinos, leñadores, dueños de aserraderos y comerciantes de madera, y sin por tanto excluir parcialmente a la baja empleomanía gubernamental, todos los cuales operaban de espaldas a las disposiciones de los gobiernos de turno.

En contraposición a todos esos, el recién surgido magnate azucarero rompió la usanza dominicana en la materia, y una y otra vez recurrió a los representantes del poder estatal -de sucesivos gobiernos- para garantizar la seguridad jurídica de la propiedad privada de los antiguos terrenos comuneros, así como de sus negocios e inversiones. 

De manera afín, por medio de esa misma articulación de sus relaciones sociales influenciaban e incidían en asuntos relacionados con el control del mercado en el que operaban, la gobernanza del país, la seguridad jurídica de sus negocios y en cuanta relación social favoreciera su ascendencia social y sus operaciones industriales, agrícolas, comerciales y financieras. 

El impacto de dicha gran transformación se centró en el jefe azucarero y su contraparte en el Estado dominicano y a partir de ahí irrumpió en el tejido social dominicano. Sin embargo, a pesar de tanto poder ahí acumulado y centrado, su manipulación no se tradujo en modificaciones directas en términos de valores, costumbres y patrones de comportamiento culturales de la gran mayoría de una población que, libre de la reclusión característica del cañaveral, permanecía refugiada en la típica marginalidad de su tradicional quehacer cotidiano en minifundios campesinos y tabacaleros, parajes rurales, fincas tabacaleras, hatos ganaderos, comercios rurales y semirurales, aserraderos y otros espacios afines. (3)

Desde aquel entonces se comienza a valorar la utilidad del poder gubernamental como aliado estratégico, originalmente a disposición del emergente gran empresariado azucarero en el país y de subsecuentes sectores de poder en el gran teatro del mundo dominicano.  

El mimético jefe azucarero que controlaba cuasi omnipotentemente su plantación agrícola e ingenio industrial, al profundizarse la alianza de los poderes económico y político, desvirtuó con creces las modalidades de convivencia y de diferenciación que prevalecían desde antaño en la organización hatera entre el patrón y el peón; en la maderera entre el leñador y los aserraderos y comerciantes de la madera; e incluso en el aparato gubernamental entre el mandamás de turno en Santo Domingo y la población en general y por aisladas regiones del país. 

Adulterando el orden establecido, exhibió un nuevo modelo de organización con base en mayores recursos de capital y nuevas fuentes de desmedida e incontrolable eficacia en la toma de decisiones nacionales.

El batey en el que se enraizaba tanta fortuna pasó a ser, por consiguiente, cicatriz y símbolo eficaz de dos poblaciones -la tradicional y la confinada- adyacentes, pero inconfundibles y circunscritas por el cúmulo del poder recién adquirido a partir de los predios azucareros.

Poder tan superlativo ese en medio de la geografía dominicana que rebasó por mucho cualquier pretensión decimonónica de distinción patriarcal en medio del campesinado tradicional, o pseudo alcurnia en un conuco tabacalero entretejido por medio de redes de colaboración de naturaleza mucho más inclusivas y democráticas. 

Como consecuencia del contrapunteo de los más diversos comportamientos en los órdenes sociales tradicionales en el siglo XIX, procede la formulación de una última pregunta. 

III La pregunta

En medio del fragor de la imaginaria gallera decimonónica, la cuestión que cada estudioso e interesado en el desenvolvimiento y transformación de la realidad social ha de hacerse y responder es ésta:

Dado el legado que cada una de las raíces culturales 
de la sociedad dominicana aporta al presente, 
¿cuál de ellas, -independientemente de que esté en estado 
dominante o recesivo-, cuenta con mayor potencialidad 
para extender el desarrollo sostenible del pueblo 
dominicano, como “dominicano”, en medio de 
la comunidad internacional? 

No se trata de una cuestión bizantina en el reino de este mundo, sino de asuntos vitales que conciernen, tanto el significado y el sentido de nuestro actual quehacer, como el de las futuras generaciones. 

Es en ese contexto, por consiguiente, que dicha pregunta espera una respuesta consensuada de todas y de todos nosotros. En particular, debido a lo que somos como dominicanos y a lo que estamos llamados a ser -en el concierto de tantas otras naciones- en tanto que dominicana.

En lo que a mí respecta, mantengo mi a priori favorable respecto al gen tabacalero; no de manera exclusiva, pero sí preferencial. 

Con la perspectiva de los de abajo, -léase bien: a nivel de pueblo y no de notables figuras aisladas de éste en las mesas de poder o ubicadas en los anaqueles de la historia o en las páginas de revistas de estirpe-, sostengo que el gen tabacalero encarna la piedra angular del sistema organizacional dominicano. Su característico meme cultural, asumiendo metafóricamente el papel de esa piedra angular entre muchos cantos y paredes, aúna y preserva la edificación temporal de lo dominicano. 

En concreto, su empuje independiente renueva esa construcción desde su estado de informalidad en medio, tanto de la modernidad y del crecimiento económico del país, como de funcionarios gubernamentales que paradójicamente contribuye a elegir al tiempo que los desconoce cuantas veces decide reproducirse y superarse al margen de ellos. 

IV Bibliografía

Andújar, Carlos:
 ---“Dominicanidad y siglo XIX”, Discurso de ingreso a la Academia Dominicana de Historia, texto manuscrito, Santo Domingo, 2018: 17pp 
 Bosch, Juan:
 ---Trujillo. Causas de una tiranía sin ejemplo, Santo Domingo, ed. Alfa & Omega, 8va reimpresión, 2009. 
 Herrera, Jochy:
   ---Estrictamente Corpóreo, Santo Domingo, Colección Cultural del Banco Central de la República Dominicana, 2018. 
 Ferrán, Fernando I.: 
 ---Tabaco y Sociedad. La organización del poder en el ecomercado de tabaco dominicano, Santo Domingo, Fondo para el Avance de las Ciencias Sociales, 1976.
 ---«Actitudes y valores de la población cañera»; en F. Moya Pons (ed.): El Batey: Estudio socioeconómico de los bateyes del Consejo Estatal del Azúcar, Santo Domingo, Fondo para el Avance de las Ciencias Sociales, 1986: 103-147.
 ---Los herederos. ADN cultural del dominicano; Santo Domingo, col. Banco Central de la República Dominicana, 2019.
 James Rowlings, Norberto:
 ---Sobre la marcha. Santo Domingo: Ediciones Futuro, 1969.
 Landolfi Rodríguez, Ciriaco:
 -----Apuntes para una teoría de la nacionalidad dominicana, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Sección Nacional Dominicana, Santo Domingo 2011. 
 Lora, Ana Mitila:
 ---Memoria del Siglo, Santo Domingo, Editorial Universitaria Bonó, 2018. 
 Marrero Aristy, Ramón:
 ---Over, Santo Domingo, Editoria Taller, 18ª. Ed.), 1998.
 Mir, Pedro:
 ---Hay un país en el mundo, La Habana, Talleres de La Campaña Cubana, 1949.
 Moya Pons, Frank:
 ---El Gran Cambio: La transformación social y económica de la República Dominicana, 1963-2013; Santo Domingo, Banco Popular Dominicano, 2014. 
 Ortiz, Fernando:
 ---Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, original de 1940, Madrid, Cátedra, 2002. 
 Polanyi, Karl:
 ---La Gran Transformación: Crítica del liberalismo económico, Madrid, Ediciones de la Piqueta, (original 1944), edición de 1989. 
 Rodríguez Demorizi, Emilio (ed.):
 ---Papeles de Pedro F. 1964, Editorial del Caribe, C por A, Santo Domingo, 1964. 

Notas:

2. Téngase en cuenta que la siguiente exposición no desconoce grandes y valiosos aportes literarios y otros, salidos del mundo del cañaveral y expuestos con valor y maestría en obras tales como por ejemplo las de Pedro Mir (1949), Ramón Marrero Aristy (1998), Norberto James Rawlings (1969) y otros, tanto de una u otra experiencia vital y formación profesional. 

3. Ese proceso de transformación precede “el gran cambio” (Frank Moya Pons 2014) que tuvo lugar tras el tiranicidio del 30 de mayo de 1960 como derivado de la urbanización y modernización de la población dominicana.

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Fernando Ferrán es antropólogo social y filósofo, investigador y profesor del Centro de Estudios Económicos y Sociales Padre José Luis Alemán de la Pontifica Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).

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