Pensar, desde la isla y más allá.

I. Marco de referencia

Materialismo cultural. En mi caso, partí de la teoría antropológica de Marvin Harris (1). Su eje central es la condición biológica de la especie humana y las necesidades que por ende enfrenta para su reproducción y satisfacción de necesidades más o menos perentorias. 

En ese contexto biológico, la conducta humana puede ser estudiada en función de la lucha por la satisfacción de las primeras necesidades, dado que hay requerimientos básicos en la vida de todo ser humano y de todo grupo humano sin cuya satisfacción la vida organizada resultaría imposible.

Satisfacer necesidades biológicas como comer y reproducir la especie, o bien necesidades culturales como alojamiento, utensilios, ajuares, prendas, banalidades y otros bienes materiales, pasan a ser resultado de los patrones de comportamiento cultural (2), en función del saber y poder de la labor realizada por el grupo social. 

En función de dichas necesidades y comportamientos se organizan finalmente los grupos humanos. Y, con el paso del tiempo, más que simples improvisaciones, despuntan tipos o modelos de organización social (3) que permiten caracterizar los patrones de comportamiento en función de los cuales el grupo humano se adapta a su medio ambiente natural y al social.

Cultura. Con ese telón de fondo, fue fácil concebir que la cultura, como tal, significa la facultad de adaptación del grupo humano a su entorno; o dicho de forma más detallada, el sistema de adaptación característico de una población provisto de un arco iris de memorables eventos y tradiciones, así como de habilidades, normas, acomodos y conciliaciones de habilidades, saberes, costumbres, técnicas, valores, símbolos, lenguas, creaciones artísticas y estéticas, creencias y conocimientos prácticos y teóricos.

ADN o código cultural. En orden a escudriñar y hurgar en la organización social de cada grupo humano sus características identitarias a través de sus continuas modificaciones me valí de una metáfora bioquímica. 

En efecto, adapté el término ADN biológico de cualquier cuerpo biológico y lo redefiní en un contexto social como la dotación cultural de cualquiera sea el pueblo bajo estudio. Acuñé así la idea del ADN-cultural-del-dominicano. 

En esa labor de parto, tomé prestado de las ciencias biológicas términos atribuidos al ADN biológico, tales como rasgos, recesivo, memes y otros tantos, pero los referí en todo momento a contenidos culturales derivados de los patrones de comportamiento de la población en uno u otros sistemas de organización social. 

Por ejemplo, al aplicar lo dicho a la realidad dominicana, pude inducir qué genes culturales hacen las veces de dominantes y cuáles de recesivos: primero, en el cuerpo social de cada grupo aislado regional de los otros, principalmente durante el siglo XIX; y, segundo, del pueblo dominicano entrado ya el siglo XX cuando el aislamiento y el regionalismo lugareño decimonónico cedieron definitivamente su principalía en el país.  

Contrapunteo. La interacción y el subsecuente intercambio de los rasgos culturales distintivos de cada tipo de organización social me condujo, siguiendo los pasos del antropólogo cubano Fernando Ortiz (4), al contrapunteo de los diversos modos de vida de la población, legados la mayoría de ellos desde tiempos pasados. 

Ese contrapunteo analítico de los diversos genes culturales propios a cada orden social originario permite cernir cuáles pasan a ser dominantes en la población dominicana a finales del siglo XIX y a lo largo del XX. Esto así pues mientras unos genes pasan a ser culturalmente dominantes, otros no desaparecen, pero sí pasan a ser recesivos en el código cultural dominicano. 

El fruto de ese proceso de mutaciones temporales de la misma sociedad permite identificar objetivamente, por ende, el código cultural del pueblo dominicano.

II. Caso de estudio: el dominicano (5)

El propósito del estudio devino cernir la singularidad de un grupo humano que, a lo largo de su historia, se reconoce y es reconocido siendo parte constitutiva de un pueblo o colectivo calificado propiamente como “dominicano”, es decir, desprovisto de la sombrilla significativa de algún otro gentilicio.

Dado que esa colectividad se presenta por medio de los integrantes que la personifica interactuando consigo misma y con otras más, el punto de partida del estudio a partir del siglo XIX fueron sus sistemas de organización social y los patrones de comportamiento característicos que ahí se desplegaban. 

Tal y como comprobé -y cualquier otro estudioso puede comprobar siguiendo la misma metodología antes resumida- en el momento de proclamar al mundo el nacimiento de un nuevo país independiente denominado República Dominicana, a inicios de 1844, en éste predominaban seis modelos tradicionales de organización social con sus respectivas características culturales; a saber,  

  • Hatero: subordinación (de tipo paternalista de los peones a un amo y patrón cuyas decisiones unipersonales no dejaban de ser arbitrarias); disimulada igualdad (que conduce al mestizaje racial y a la inexistencia de un dialecto por parte de los antiguos esclavos de origen africano).
  • Maderero: improvisación (de la vida en campamentos de trabajo provisionales); irresponsabilidad (a causa de la mera extracción depredadora y del recurso explotado sin previsión alguna por sus consecuencias y sustentabilidad).
  • Campesino: resignación y conformismo (por laborar la tierra y recoger sus frutos con capacidad únicamente para mantener su nivel de subsistencia); impotencia ante el medio ambiente natural y social (a falta de tecnologías y de participación en agrupaciones suprafamiliares y comunitarias). 
  • Tabacalero: independencia (personal y familiar en minifundios laborados y administrados directamente por cada uno en su condición de propietario del fundo, sin respaldo estatal y sin mano de obra esclava ni extranjera); socialmente inclusivos e interdependientes (a partir de redes personales interdependientes y articuladas a un mercado libre en y fuera del país).
  • Azucarero: sometimiento y sumisión (incondicional al administrador o dueño de la plantación y del ingenio); segregación y exclusión (de una población mayoritariamente foránea recluida en campamentos estables de trabajo o bateyes, a falta de cohabitación y convivencia con los dueños de la producción agroindustrial que son los únicos que toman las decisiones).
  • Burocracia civil y militar: conformidad (de tipo acomodaticio e interesado respecto al superior jerárquico); ineficiencia y superficialidad (por falta de decisiones y redundancia de puestos y funciones).

La esquematización de su proceso de conformación social, por tanto, puede visualizarse en el siguiente cuadro.

Cuadro. ¿Qué tipos o modelos tradicionales de organización social han prevalecido y qué rasgos culturales conllevan?

He ahí la zapata sobre la cual se levanta y conforma el pueblo dominicano en cuanto sociedad independiente de cualquier corona o dominación ajena a él. Sin embargo, el análisis de su evolución y sucesivas transformaciones, particularmente a lo largo del siglo XX y de las dos décadas que van del XXI, significan la composición, identificación y confirmación del mapa del ADN cultural del dominicano. 

Notas:

  1. Harris, Marvin: The Rise of Anthropological Theory. A History of Theories of Culture, New York: Thomas Y. Cromwell Company, 1968.
  2. Benedict, Ruth: Patterns of culture. Boston: Houghton Mifflin, 1934.
  3. Firth, Raymond: Elements of social organization, Londres, Routledge, 1971.
  4. Ortiz, Fernando: Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Madrid: Cátedra, 2002.
  5. Ferrán, Fernando I.: Los herederos. ADN cultural de los dominicanos, Santo Domingo, Colección Cultural del Banco Central de la República Dominicana, 2019.

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Fernando Ferrán es antropólogo social y filósofo, investigador y profesor del Centro de Estudios Económicos y Sociales Padre José Luis Alemán de la Pontifica Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).

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