Pensar, desde la isla y más allá.

Legado fundamental de un pasado que mutó por efecto del cruce de características ya superadas, el código cultural del pueblo dominicano queda esquematizado en el siguiente cuadro, en función de cuatro variables fundamentales a la vida y ordenamiento de cualquier conglomerado social: su formación y existencia, su quehacer, sus eventos históricos y su conciencia.

Cuadro. Mapa cultural del código cultural dominicano

A continuación, una exposición lineal de esa dotación cultural:

   a. El gen cultural característico de la existencia del pueblo dominicano es atávico.

Recuérdese ante todo que se trata de una población sin madre y ni siquiera nodriza, pues fue literalmente abandonada a su suerte a los años de fundada la colonia española y a lo más solo dio tiempo para enseñar a hablar y a decir algunas oraciones.

De modo que, en más de un sentido, -no obstante ser codiciada su dote territorial por muchos pretendientes-, el desamparo y la inequidad pasaron a ser padrastro y madrastra de los retazos poblacionales que quedaron abandonados en La Española. Sus habitantes padecieron desde aquél entonces, de tantas arbitrariedades y exclusiones, como variadas pasaron a ser sus condiciones de vida y de ascendencia familiar, social y étnica. 

Dado su estado de orfandad, la existencia del pueblo dominicano como un todo, al igual que la de sus integrantes, se encuentra atraída y atrapada por todo lo que la precede.

En ese contexto, el ritmo circular de las olas la tambalean y mueven…, pero sin que pueda avanzar. 

La existencia transcurre como lo que es retenido por una rémora o potala que la condiciona a repetir una y otra vez los mismos vaivenes y aconteceres patrios. Pareciera ser que, por más alto que quiera volar o lejos llegar y prosperar, no obstante, quedara cautiva una y otra vez de una mano no solo invisible (1), sino afectiva que la devuelve a su estado original de indefinición e ingravidez.

   b. El gen cultural distintivo a todo su quehacer y actuar, pues interviene en la voluntad y querer de sus miembros, se expresa de manera sinuosa y contrapuesta a sus propios deseos y propósitos.

En medio de su indefinición existencial, que ni siquiera permite afirmar qué se es que no sea lo que no es, la voluntad del mismo pueblo se contraría y contrapone a sí misma en cuanto ansía, hace y quiere. 

Por eso en todo procede a tientas, sin aparente orden lógico, disciplina o causa común. Deambula sin rumbo ni propósitos fijos. Rara vez supera la satisfacción inmediata de sus necesidades perentorias o la búsqueda circunstancial de su mero placer e interés económico, en aras del bien común. 

De ahí que su voluntad individual desconoce la general y las decisiones con que afronta las penurias del presente esquivan la más de las veces cualquier esfuerzo colectivo de bienestar.

Dado su característico zigzageo, un día da muestras de ser bravío y heroico, honesto y servicial, pero otros tantos aparecen siendo indiferente y dócil, sumiso y desleal. Lo que procura con una mano, con la otra lo abandona y deshace. El prócer de hoy mañana reclama su paga y a veces incluso traiciona la causa de toda una vida.

   c. El gen cultural del mismo pueblo se caracteriza por lo paradójico de su relato histórico. 

Llega a ser tan típico que su realismo no es de corte mágico como el del reino de este mundo (2), sino dramático; no recorre el laberinto de la soledad (3), sino el del abandono; y sus más de cien años de duración tampoco son de solitarias ocurrencias y creatividad imaginaria (4), sino de miseria en medio de una realidad adusta, soportada por una población bondadosa y espontánea, desprovista de legítima autoridad y revestida de sinsabores y tribulaciones. 

Ese historial atestigua, empero, que el pueblo dominicano labora para permanecer en su patria chica, mas termina siendo expulsado de ella, en medio de devastaciones. 

Es leal a la corona colonial y termina cedido a otra. 

De espaldas siempre al gobierno de Santo Domingo, abre el país contra cal y canto al libre mercado internacional del tabaco y, desde sus vegas tabacaleras, restaura la república. 

Pierde su negocio por altanero y marullero, y queda excluido del nuevo orden y de la riqueza que generan otros tantos mercados, como el azucarero -en contubernio con el poder político del Estado- y consuma su ciclo reagrupándose nuevamente de manera informal en su propio país. 

Arrinconado en la patria chica resulta pendenciero, promueve un archipiélago ocupado por caudillos y termina ingenuamente provocando la injusta paz y modernización de una mano tirana.

Lucha por su república, su democracia, su constitución y sus elecciones, pero le recompensan con ocupaciones extranjeras, amén de un rosario de émulos de cualquier afortunado predecesor que repite el vuelve y vuelve de la ola del más de lo mismo, tan similar al resignado eterno retorno (5) de lo mismo cuantas veces dice, dónde está lo mío. 

Lo ponen a tocarle y bailarle a los señores de este mundo, sin que brillen sus ojos ni sus labios embriagados sonrían desde la mesa de los festines. Pero eso sí, no por todo ello, olvida ni deja de sembrar afabilidad y esperanzas, aun cuando bien sabe que le toca cosechar desilusiones en la patria o desde los bordes de ella.

   d. Hijo legítimo de tanto, la identidad del pueblo dominicano se descubre finalmente aunada en su memoria y estado de conciencia. 

Dado du vertebrado -no invertebrado- proceso de construcción social, esa identidad termina provista de un resultado único y singular, en la medida en que se conforma reunido a modo de crisol consciente de sí en el que confluye dicho historial de incongruencias, aquella voluntad de ser lo que no se es ni se ha logrado ser, y una existencia cimentada en un pasado único de desamparo y esfuerzos individuales. 

De ahí que la conciencia genérica de esa población concluya reconociéndose como escéptica. 

En cuanto tal, no tiene por qué ser optimista y carece de tiempo suficiente para descubrirse y regodearse siendo pesimista. Solo cuenta con su desorientación, sin sentido de pertenencia, inseguridad, y, sobre todo, la condición escurridiza que tipifica su credulidad e incredulidad al mismo tiempo. 

En vivo contraste, por ejemplo con la conciencia estoica cubana, que al sol de hoy todo lo sigue soportando; o con la conciencia infeliz del pueblo haitiano, que ya ni espera ni padece, recargada de opresión, desdicha y desdén; o incluso con la traicionada, nostálgica y solitaria conciencia en fuga de cuanta difamación quiera decirse a propósito del pueblo mexicano, la conciencia estoica del dominicano todo lo oye y todo lo duda, todo lo cree y todo lo prejuzga y calla -como dice ese mismo gentío satisfecho en su sabiduría- “a según” los tiempos, las cosas y quién lo diga, quiera o haga. 

A modo de resumen y conclusión adelanto que, sin prejuicio de lo que acontezca en el porvenir, es en esa unidad final de su estado de conciencia que se asienta y reúne la memoria colectiva de todo aquél que se reconoce y es reconocido como integrante del pueblo cuyo gentilicio es “dominicano”. 

Notas:

  1. Smith, Adam: La riqueza de las naciones, Barcelona, Oikos-Tau, 1988.
  2. Carpentier, Alejo: El reino de este mundo, La Habana, Letras Cubanas, 1987.
  3. Paz, Octavio: El laberinto de la soledad, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2007.
  4. García Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.
  5.  Nietzsche, Federico: Así habló Zaratustra. Edición de Andés Sánchez Pascual, Madrid: Alianza, 2003.
  6. Ortega y Gasset, José: España invertebrada, Madrid, Espasa y Calpe, edic. de 1964.

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Fernando Ferrán es antropólogo social y filósofo, investigador y profesor del Centro de Estudios Económicos y Sociales Padre José Luis Alemán de la Pontifica Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM).

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