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Prólogo a libro Ideario feminista, de Abigaíl Mejía

La obra Ideario Feminista, de Abigaíl Mejía Soliere, fue publicada como libro en 1939 y, en partes, como publicaciones semanales durante un período de seis meses en 1932, en el periódico Listín Diario. Esta obra puede considerarse el manifiesto fundamental de Abigaíl Mejía y ella, a su vez, la figura pionera del feminismo dominicano.


En este ámbito Mejía fue la teórica más acabada y una activista dinámica, fundadora de dos organizaciones esenciales, el círculo literario Club Nosotras en 1927 y, sobre todo, Acción Feminista Dominicana en 1931. Como obra, el Ideario tuvo una triple función, en primer lugar tenía una función pedagógica pues permitía esbozar ideas básicas del feminismo que necesitaban ser introducidas en el medio dominicano; en segundo lugar, era una tribuna de respuesta a las posturas y debates recalcitrantes que en el medio dominicano se producían en torno a la mujer y sus derechos. Y finalmente, fue un espacio de desahogo personal para una Abigaíl que también era una escritora viviendo los embates de la sociedad patriarcal bajo la dictadura de Trujillo. Probablemente no fue escrita para ser publicada como un libro, sino que se fue construyendo al calor de los acontecimientos. Aún así guarda una gran coherencia que refleja a su vez la coherencia de objetivo y pensamiento de su autora. 

A finales del siglo XIX la impronta de Eugenio María de Hostos empezaba a rendir sus frutos. El establecimiento de las Escuelas Normales para mujeres, bajo la dirección de Salomé Ureña, ya producían las primeras graduadas. Una generación de maestras normales, no solo trabajaban en el magisterio, sino que se habían convertido en activistas y figuras públicas en defensa de los derechos de las mujeres, entre ellas, Leonor Feltz, Mercedes Aguiar, Luisa Ozema Pellerano, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez.

Hostos fue la influencia determinante en las mujeres dominicanas educadas. Como positivista impulsó el pensamiento liberal con un discurso de progreso, orden, libertad y paz. Pero este discurso contenía en sí el germen del conservadurismo. Hablaba del crecimiento de la mujer a través de la educación pero con miras a mejorar su rol de madre, influencia básica en los hombres que habrían de gobernar la nación. El enfoque de Hostos en este sentido era muy limitado y sería la nota característica del feminismo de la época. 

Las normalistas básicamente se concentraron en dos temas, el compromiso patriótico y el derecho a la educación. El primero era quizás, en el imaginario colectivo, la única esfera, fuera de la maternidad y el matrimonio, en el que las mujeres tenían un cierto legítimo derecho a participar, siempre y cuando no robaran el protagonismo masculino. El relato nacionalista hegemónico ha canonizado a una serie de mujeres que participaron en ciertos hechos históricos. Solo en las coyunturas en las que la patria estaba amenazada, las mujeres tenían alguna licencia que les permitió incidir de manera tangencial en los procesos. Una serie de nombres sonoros pululan en los imaginarios, María Trinidad Sánchez, Manuela Díez, Juana Saltitopa, entre otras. El segundo tema era la novedad histórica, ahora que se aceptaba que las mujeres tenían unos derechos inalienables, podían exigirlos. 

La intervención norteamericana de 1916 abrió la compuerta para la participación activa de las mujeres en la defensa de la soberanía nacional. Las maestras normales se dedicaron a dar conferencias, arengas y escribir artículos denunciando la invasión de Estados Unidos. Las damas de Santiago, encabezadas por Ercilia Pepín, escribieron una misiva a la Comisión de Senadores Norteamericanos y recogieron firmas en 1921. Se multiplicaron las veladas patrióticas y el Comité de Damas organizó una «Semana Patriótica» en agosto de 1922. (1) En ese mismo año Petronila Angélica Gómez fundó la revista Fémina que se constituyó en el primer órgano de difusión del pensamiento feminista en la República Dominicana. La situación histórica desesperada permitió que una serie de mujeres pudieran asumir la palestra pública y los espacios tradicionalmente reservados para los hombres. 

El activismo femenino plenamente justificado por la impronta nacionalista en 1916, permitió un nucleamiento y una legitimidad del nuevo rol de la mujer como activista social, que luego facilitó el paso a la lucha propiamente feminista. El contacto con otros esfuerzos de mujeres del mundo, que desde inicios del siglo XX se habían dado, potenció este desarrollo. Tal fue el caso de Mercedes Mota que en 1901 representó a nuestro país en el congreso del Consejo Internacional de Mujeres celebrado en Nueva York. Por su parte Petronila Angélica Gómez, fundadora de la revista Fémina, asistió regularmente a los encuentros de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas. En las páginas de Fémina se publicaron artículos y proclamas relativos a esta entidad y lógicamente del feminismo mundial. Estos serían solo dos ejemplos de las formas en las que las dominicanas establecieron vínculos con el movimiento internacional de mujeres. (2)

El movimiento que ya estaba en desarrollo recibió un impulso determinante con la vuelta al país en 1925 de Abigaíl Mejía Soliere, una mujer de condiciones excepcionales. Abigaíl nació en Santo Domingo en 1895 cuando la dictadura de Ulises Heureaux llegaba a su fin. Su padre Juan Tomás Mejía y Cotes había sido funcionario del régimen como Ministro de Justicia. Su madre, Carlota Soliere de Wint, fue una influencia determinante en Abigaíl. Es probablemente su madre la que marca significativamente su vida, no es casual que a ella dedica el Ideario Feminista. La familia Mejía Soliere pertenecía a una clase social privilegiada y la joven Abigaíl aprovechó todo lo que esta condición podía ofrecerle. 

Para Abigaíl fue fundamental su salida del país. Dos hechos dolorosos matizan esta salida: el divorcio de sus padres en 1904 y la muerte de su progenitor en 1906. Inusual un divorcio en la época, el fallecimiento del señor Mejía permite a la madre tomar ciertas decisiones con más libertad. El retorno a España se hace inminente. Abigaíl llegó a Barcelona con 13 años, la edad propicia para absorber y apropiarse de la riqueza cultural y académica que España tenía para ofrecer. Formada en un colegio de teresianas, la Europa de esa época se caraterizaba por una postura antiescolástica, racionalista e ilustrada. Pero la base religiosa fue esencial y puede ser percibida a lo largo de sus escritos. 

Abigaíl Mejía, 1914

En España se formó como maestra, escribió, ejerció de periodista, se hizo fotógrafa y publica varias obras, entre ellas Por entre frivolidades, Sueña Pilarín, Brotes de la raza, y la Historia de la Literatura Castellana, que verá la luz en 1929 cuando ya Abigaíl se encuentra en Santo Domingo. Pienso que incluso en España que una mujer publicara cuatro libros en la década del 20 del siglo XX constituye una proeza. Y en 1925, con 30 años, retornó al terruño. ¿Por qué? ¿Por qué no seguir en España? ¿Qué la trae de vuelta? Son preguntas para las que por lo visto no hay respuestas claras. Llegó a Dominicana con unos conocimientos y unas experiencias que superaban en mucho a las mujeres de su entorno. 

Abigaíl llegó en un momento en el que algunas mujeres hacían esfuerzos que resultaron precoces para el medio nacional. En 1925 Petronila Angélica Gómez fundó el Comité Central Feminista Dominicano, filial de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, primera organización feminista del país, con agenda explícitamente hispanófila. Por su corta duración este parece haber sido un esfuerzo precoz para el que las mujeres dominicanas no estaban preparadas. (3)

Apenas dos años después de estar de vuelta en República Dominicana, Abigaíl fundó el círculo literario Club Nosotras. En 1931 estableció la Acción Feminista Dominicana (AFD) con un claro objetivo de lucha feminista. La organización agrupaba esencialmente a una élite de mujeres urbanas y educadas. En su declaración de principios quedó establecido que la AFD tenía como finalidad «propender al mejoramiento intelectual, social, moral y jurídico de la mujer, así como sostener campañas de defensa social en contra del alcoholismo, la prostitución, las drogas heroicas, etc.». (4) La AFD creó una consigna «Libertad, justicia y amor», fundó un periódico, creó una bandera y un himno que fueron llevados a diferentes puntos del país donde se crearon juntas provinciales. (5) No obstante, esa disputa no tuvo más remedio que acoplarse a la realidad objetiva del movimiento dominicano y sus limitaciones. La AFD trató de conciliar ciertos valores tradicionales y las ideas liberales que impulsaba el movimiento feminista mundial con el que las dominicanas tenían un importante acercamiento. Junto con la defensa de la educación, los derechos, la inserción de la mujer en el espacio público, etc. convivía la determinación de «formar madres verdaderamente conscientes de su misión» hacerlas aptas para sostener el equilibrio moral y material de su obra porque «quien dice equilibrio del hogar, dice equilibrio de la Patria». (6)

La fundación de la AFD coincidió con el ascenso de la dictadura de Trujillo. Ciertamente, quizás en los primeros años no estaba del todo claro el derrotero sangriento del régimen, pero tempranamente se desarrolló una danza entre el régimen y las feministas. No había otra forma de subsistir en el asfixiante medio dominicano. Trujillo encarnó el Estado y la clase dominante, destruyó o infiltró todos los espacios de la sociedad civil. Como muy bien ha caracterizado Andrés L. Mateo: «Fuera del trujillismo, no había práctica intelectual posible, y ni siquiera supervivencia material». (7) Trujillo se había expresado pública y efusivamente a favor de la AFD y sus demandas: «Yo simpatizo con ese movimiento de justicia social en favor de la mujer».(8) Las mujeres del movimiento habían tenido que defenderse con vehemencia, «tal vez vulneradas por las críticas recibidas, tomaron como una panacea el espaldarazo que le diera el Presidente Trujillo».(9) Como era natural, la presidenta de la AFD tuvo que reciprocar su gesto al nombrarlo como el «presidente feminista». (10) Fueron necesarias una serie de demostraciones concretas de acercamiento al régimen, por ejemplo, en 1933 la AFD se pronunció en favor de la reelección de Trujillo. Cinco años más tarde, en 1938, se creó el Comité Nacional Femenino pro voto electoral trujillista y se organizó la «Apoteosis de la mujer dominicana al Honorable presidente Trujillo». El acercamiento rindió sus frutos, las mujeres lograron en una década una serie de conquistas, siendo la más preciada la del derecho al voto, alcanzado en 1942. 

En 1939, dos años antes de su fallecimiento, Abigaíl Mejía compiló y publicó la obra Ideario Feminista. La misma había salido a la luz por entregas entre enero y julio del año 1932, publicadas semanalmente en el periódico Listín Diario. La Acción Feminista Dominicana apenas tenía un año y se encontraba en un proceso ascendente que, en cierta medida, demandaba la publicación de obras formativas sobre el feminismo, su significado y sus aspiraciones. 

El Ideario arranca con una declaración confrontativa, con sorna reclama a los hombres su actitud hacia las mujeres como ella, las de talento. En gran medida esta obra refleja con claridad la lucha de las feministas por defender su punto de vista y al mismo tiempo el ataque constante al que se enfrentan. Abigaíl habla de los recalcitrantes, aquellos que solo quieren reconocer a la mujer en su rol maternal. Su reflexión estará en permanente conflicto entre los elementos de la visión tradicional del rol femenino y los nuevos enfoques y demandas feministas. 

Lucitania Martínez con mucha razón ha señalado que Abigaíl era «poseedora de un pensamiento complejo y contradictorio, que a veces la lleva a acomodarse y otras a independizarse de su clase y de la ideología dominante». (11) Su figura no puede, o mejor dicho, no debe ser entendida unidimensionalmente. Era rebelde y liberada en una sociedad tradicional y coercitiva para las mujeres. Llevó una lucha contradictoria con su realidad, su formación religiosa, su matrimonio, su rol de madre y su contexto social conservador, por un lado. Por otro lado, sus ideas liberales y feministas y su papel como escritora, activista, directora de una institución pública, polemista. Todos estos roles reservados para muy escasas mujeres en los años 30.

El Ideario pide y concede, se yergue y luego parece que se postra; se mueve constantemente en ese vaivén. Pide que las mujeres sean «razonablemente iguales ante la ley», pero concede que «La única superioridad del varón es su fuerza: la mujer tiene la suya, la maternidad». Abigaíl se mueve estratégicamente, librando las batallas que entiende debe librar, y retrocediendo cuando lo entiende pertinente, en aras de esperar mejores condiciones. En algunos momentos, fruto de las tensiones cotidianas se percibe en ella la incomodidad, que ha respondido en un rapto de indignación. Reclama todos los derechos «menos el de ir a la guerra» porque la mujer «no debe quitar la vida. Ella la da…» apelando a la maternidad. No quiere concesión, «una pide lo suyo…nada más», pero da por sentado que la mujer es «el sexo más débil pero no menos inteligente».

Reconoce el carácter moderado del feminismo que promueve y la imposibilidad de impulsar eso que llaman «feminismo integral», aquel imbuido en la impronta bolchevique. Así, con toda su moderación, el feminismo que impulsa amenaza la «poesía del hogar» y el Ideario está en permanente combate. El enfoque de Abigaíl, parte de un reconocimiento de la inferioridad física de la mujer en relación con el hombre. En esta percepción no está sola, otras pensadoras feministas de su tiempo lo asumen. Camila Henríquez Ureña lo planteó sin ambages: «La mujer está sometida porque es físicamente más débil». (12) En Abigaíl esta diferencia se circunscribe exclusivamente al componente biológico, «el hombre engendra y la mujer concibe». El espacio de la fuerza física le está vetado pero el resto es un mundo de posibilidades al que exige que las mujeres tengan derecho. 

Se encuentra en una posición difícil, ha conseguido impulsar uno de sus proyectos más queridos, la creación de un Museo Nacional. Su propuesta «Plan acerca de la fundación de un Museo Nacional en Santo Domingo» consiguió calar en el gobierno, que no solo le permitió fundarlo, sino también dirigirlo. En consecuencia es una funcionaria del Estado, y no cualquier Estado, el Estado trujillista. Pero además impulsa una organización que quiere arrancar al régimen patriarcal una serie de conquistas que solo él puede conceder. Por lo que su discurso por momentos se mueve en la ambivalencia, pide a las mujeres que asuman un «espíritu firme, de osadía», pero al mismo tiempo les pide que «no dejemos de ser siempre la hiedra cariñosa que envuelve al roble potente». La mujer la hiedra cariñosa, el hombre el roble potente. Y cabría preguntarse si Trujillo no sería ese roble potente. 

Abigaíl defiende el derecho al voto, ataca la idea de que las mujeres no están preparadas. Reclama que las mujeres «no toman parte en elegir sus mandatarios o legisladores, aunque son maestras y licenciadas en Letras o en Derecho; pero sí pueden hacerlo los pobrecitos incultos, los pobrecitos analfabetos».

El texto nos comprueba la amplia cultura general que la acompaña, con una significativa presencia de autores franceses: Victor Hugo, Alphonse Lamartine, Allan Kardec y André Chénier. Clásicos literarios como Hamlet, Fausto y El Quijote. La filosofía clásica con Eurípides y Epicteto, o la continua presencia de la mitología griega. Dialoga con los teóricos de su tiempo, por ejemplo el español Gregorio Marañón o el alemán Nietzsche. Destaca su conocimiento del movimiento feminista mundial y los avances en cuanto a los derechos de las mujeres. Francia aparece constantemente como epicentro de la teorización, «cerebro del mundo». Tangencialmente, muy de soslayo hace referencia a la impronta bolchevique que es muy reciente, con sus grandes concesiones iniciales a las mujeres. Hace referencia a algunas mujeres escritoras o pensadoras feministas, especialmente las españolas, probablemente las que conoce mejor: Concha Espina y Emilia Pardo Bazán.

Abigaíl Mejía

Su formación religiosa se percibe a lo largo de sus escritos, sus referencias a pasajes bíblicos son constantes. Abigaíl hurga en las páginas de la Biblia y rescata un cristianismo dialogante con el feminismo: «Una cosa es amar a las mujeres y otra amar y considerar a una mujer. Entre Don Juan, que las burlaba, y el Hijo de María, que las dignificó, media un abismo». Ella no es ingenua y comprende la forma en la que la institución cristiana ha propiciado la marginación y el sometimiento de la mujer. Así que, al mismo tiempo que usa los referentes cristianos, denuncia lo que en nombre de la fe se le roba a las mujeres. «Nos colocan en un altar a veces, y nos echan mucho incienso, mucho humo, como para marearnos». Denuncia la sacralización de las mujeres que no permite que se muevan en el ámbito mundano.

El Ideario está escrito con gran ingenio, con fuerza, a veces indignación pero también con astucia. Denota su amplia cultura general, su pensamiento se mueve entre lo sagrado y lo mundano, hace citas bíblicas pero también de la cultura clásica. Una gran ausencia puede percibirse en el Ideario, la escasa mención de autores y autoras o personajes dominicanos. Como mucho un pasaje sobre las precursoras María Trinidad Sánchez y Salomé Ureña. Una solitaria cita del maestro Eugenio María de Hostos: «Todo lo dicho en contra del sufragio femenino está dicho en contra de la razón y de la equidad». Parecería que sus referentes no son isleños.

Sin nombrarlos, la lectura del Ideario muestra el campo de batalla en que se desenvuelven las feministas. Hace referencia continua a los hombres que debaten en contra del derecho de las mujeres, los intelectuales y políticos que cuestionan la falta de autonomía de las mujeres, su dependencia natural y necesaria del hombre. Todo esto hace innecesario que las mujeres votaran. Básicamente Abigaíl se esfuerza en rebatir el aparato teórico en el cual se sustenta la marginación de las mujeres, rebate el argumento que considera inferior a la mujer en sus capacidades cognitivas, defiende el derecho de las mujeres a educarse, argumenta el derecho de las mujeres a un matrimonio por amor, sin imposición familiar pero también el derecho al divorcio, pide a gritos el derecho a elegir y también, más tímidamente, el derecho a ser elegida, enarbola un discurso pacifista, rechaza la guerra y las armas. Defiende la patria y los elementos identitarios que en ella corren peligro, reivindica la herencia hispánica, rechaza la prostitución y el alcoholismo. 

El Ideario termina como inicia, pide para la mujer dominicana todos los derechos pero también todas las responsabilidades. Irónicamente Abigaíl no vivió para ver el fruto más importante de sus esfuerzos, el derecho al voto de las mujeres, puesto en práctica un año después de su temprano fallecimiento en 1941, cuando apenas contaba con 46 años. Quiere igualdad sin dejar de reconocer las diferencias y busca un punto de equilibrio y entendimiento con el mundo masculino hostil contra el que ella y las mujeres de la AFD están luchando. Nos encontramos con una obra que constituye un documento elocuente de un momento histórico clave para la sociedad dominicana en su difícil camino para ser más democrática, inclusiva y justa. Aunque Abigaíl habla de su lucha en términos de un martirio, su discurso no es el de una víctima, refleja coraje y empoderamiento. Habla de su «apostolado sin corona», porque efectivamente ella fue la vocera de una misión por la que todavía no es reconocida en toda su dimensión, ella encarnó el apostolado de la redención de la mujer dominicana.

Santo Domingo
13 de enero de 2020

Notas:

  1. Paulino Ramos, Alejandro. Vida y obra de Ercilia Pepín. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2007, p. 88.
  2. Candelario, Ginetta, comp. Miradas desencadenantes. Santo Domingo: Intec, 2005, pp. 44-9.
  3. Candelario, Ginetta, Miradas Desencadenantes, pp. 47-48.
  4. Lara Fernández, Carmen. Historia del Feminismo en la República Dominicana. Ciudad Trujillo: Imprenta Arte y Cine, 1946, p. 10.
  5. Espinosa, Yuderkys, et al., «Movimiento feminista y de mujeres: contextualización histórica y elementos claves para su comprensión». Santo Domingo: VIII Encuentro Feminista, 1998, p. 14.
  6. Ibidem, p. 11.
  7. Mateo, Andrés L. Mito y cultura en la Era de Trujillo. Santo Domingo: La Trinitaria, 1993, p. 52.
  8. Lara Fernández, op. cit., p. 22.
  9. Hernández, Ángela e Inoa, Orlando. La mujer en la historia dominicana. Santo Domingo: Secretaría de Estado de la Mujer, 2009, p. 39.
  10. Lara Fernández, op. cit., p. 30. 
  11. Martínez, Lucitania. «Abigaíl Mejía y los inicios del movimiento feminista dominicano» en Política, identidad y pensamiento social en la República Dominicana (siglos XIX y XX), Madrid: Doce calles, 1999. 
  12. Henríquez Ureña, Camila. Feminismo y otros temas sobre la mujer en la sociedad. Santo Domingo: Editora Taller, 1985, p. 11.

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Quisqueya Lora H. es historiadora e investigadora. Coautora de Atlas histórico de la República Dominicana (junto con Ignacio Aybar Acosta, Santillana, 2000).

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