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Un retrato de Silvina Ocampo de Mariana Enríquez  

La leyenda cuenta que en la capilla donde velaron a la escritora argentina Silvina Ocampo acudieron de manera misteriosa varios gatos y que incluso hubo uno que se ubicó debajo del ataúd como si fuese su guardián. Aunque parece sacado de unos de los cuentos fantásticos de Silvina, esto realmente sucedió y fue recogido en su tiempo por la prensa porteña. La figura de Silvina siempre ha sido relegada a un segundo plano y hasta podríamos decir opacada por aquellas tres que la rodearon en vida. Me refiero a su amigo Jorge Luis Borges, a su marido Adolfo Bioy Casares y a su hermana Victoria Ocampo. Muchos de los que han tratado de definir a Silvina lo han hecho bajo la sombra de estos tres y quizás por eso su presencia ha sido tan resbaladiza y enigmática.

En La hermana menor: un retrato de Silvina Ocampo, Mariana Enríquez sale en busca de esa Silvina. Para esto se sirve de una diversa fuente bibliográfica, así como de entrevistas que les realiza a amigos íntimos, a especialistas de su obra y a su albacea Ernesto Montequin. También visita los lugares en que Silvina habitó y hace lo posible por ambientar una vida que en muchos aspectos estuvo abocada al silencio, a la privacidad y a la discreción.

Para Enríquez, la niñez de Silvina en suntuosas estancias, rodeada de la servidumbre y de sus cinco hermanas, fue primordial en su obra. En sus cuentos y en sus poemas ella recurriría a su infancia en busca de inspiración. Dado que la familia Ocampo era una de las más ricas de la Argentina, Silvina pudo darse el lujo de estudiar dibujo en Francia y ser alumna de Giorgio de Chirico y de Fernand Léger. Sin embargo, cuando años después retorna a la Argentina y se une con Adolfo Bioy Casares, al que le llevaba doce años, se olvida del dibujo y se dedica a escribir. En este punto, de acuerdo a rumores que recoge Enríquez, se plantea que Silvina había sido amante de Marta Casares, la madre de Bioy, y que este último se había casado con ella para evitar un escándalo. Por supuesto, no hay forma de confirmar dicho rumor, pero en la página 32 se explica su procedencia: «En Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, ensayo pionero del filósofo y sociólogo argentino Juan José Sebreli, se refiere el caso de una “familia de clase alta” que obligó a su hijo joven a casarse con una mujer para salvar a su propia madre del escándalo social del lesbianismo. Consultado sobre la cuestión, Sebreli confirma el rumor: “Marta Casares, madre de Bioy, estaba enamorada de Silvina y, para tenerla a mano con una excusa verosímil (más que para tapar el escándalo), lo hizo casar a Adolfito con Silvina. Una suerte de coartada. Así decía la versión que recogí y que pertenece a la tradición oral, la contaba entre otros Arturito Álvarez”».

Otro aspecto sexual que se saca a relucir es la relación que la pareja tuvo con una sobrina de Silvina, una especie de ménage à trois, que parece que perduró por muchos años, puesto que esta acabó viviendo en el edificio de la calle Santa Fe, donde los Bioy ocupaban cinco pisos. Nuevamente se trata de conjeturas. Aunque se llega a proponer que quizás esta relación casi incestuosa fue lo que llevó a que Victoria Ocampo censurara la relación de su hermana con Bioy Casares. En la página 57 Enríquez escribe: «La profunda antipatía entre Bioy y Victoria Ocampo, sostienen muchos, en lo que es casi un mito de la literatura argentina, tiene un origen personal, apasionado, erótico. En 1949, Silvina y Bioy se llevaron de viaje a Europa y a los Estados Unidos a Silvia Angélica, “Genca”, sobrina de las hermanas Ocampo. Genca era amante de Bioy y, dicen el rumor y el mito, también de Silvina».

Lo mismo ocurre con una supuesta relación entre Silvina Ocampo y la poeta Alejandra Pizarnik. Aquí se dividen los bandos entrevistados: unos la dan por hecho y otros suponen que se trataba de un amor obsesivo de la Pizarnik. En la página 141, en una entrevista realizada a un amigo de Silvina, Hugo Becaccece, este comenta lo siguiente: «Alejandra estaba enamorada de Silvina, pero a Silvina no le pasaba lo mismo, creo. Silvina tuvo cosas con hombres y mujeres, pero el centro de su vida era Bioy. Los otros eran invitados que entraban y salían». Sea como sea, lo que sí es cierto, es que la última llamada que hizo Alejandra Pizarnik antes de suicidarse fue a Silvina, quien no pudo atenderla ya que estaba alistándose para un viaje.

Muchos podrían plantear que estos aspectos anecdóticos y personales no suman nada a los cuentos, a las novelas y a los poemas de Silvina. Sin embargo, conocer la vida, las obsesiones, el entorno social, los aspectos políticos y hasta sexuales que la rodearon sirven para hacerse una idea más completa de sus intenciones literarias y, por consiguiente, para emprender una lectura más rica y profunda de su obra.

En una reseña que Victoria Ocampo, publicó en la revista Sur, esta se refiere a Silvina como «una persona disfrazada de sí misma». Dudo que la intención de Enríquez con este libro consista en quitarle el disfraz a Silvina. Al contra- rio, me parece que al leerlo uno queda igual de desconcertado y deslumbrado con respecto a la figura de la escritora argentina y que lo realmente importante es que a uno le entran ganas de bajar sus libros de los estantes y releerlos. De eso se trata la buena literatura: de libros que nos llevan a otros libros.

La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo 
Mariana Enríquez 
Ediciones Universidad Diego Portales 
Colección Vidas Ajenas 
Santiago de Chile, 2014 
211 páginas

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Frank Báez es poeta, narrador y cronista. En 2017 fue incluido en la lista Bogotá39-2017 como uno de los mejores escritores latinoamericanos de ficción menores de 40 años.

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