Pensar, desde la isla y más allá.

Valores Anticanónicos de la literatura escrita por mujeres

Las malaspalabras son grandes relegadas por obligación en la escritura de mujeres dominicanas. Amordazadas por temores nacidos de los prejuicios, rehusamos concederles un huequito  en nuestros textos y las enclaustramos en esa caja que cuidamos cerrar bien, no sea que hallen una brecha y nos pongan en la vergüenza que implican los señalamientos, la exclusión y las propuestas morbosas que acarrearía atrevernos a usarlas.

Sin dudas, colocar comillas hacía justicia a términos tan marginados, vejados por los que atrincherados en las aprensiones impuestas por el elitismo, conscientes o no, pujan por sacarlos de circulación. Mejor evadir esos signos y centrarnos en el desnudo de las expresiones, en el miedo que empapa y debilita la resistencia. 

Pesa analizar cómo nos definirán lectores y críticos al avistarlos en nuestros trabajos. La cuestión tiene una raíz muy profunda. Es cultural y eso vuelve el asunto más complejo. La lucha para erradicar el criterio es por tanto más crucial.

De las pocas que osan emplearlas, son las narradoras las que más que dan chance a la pobrecita conjunción de letras que carga con el mote azaroso impuesto por los que pretenden dictar las pautas y que al oírlas o leerlas nos sonrojan y en igual apuro nos ponen al escribirlas cuando tenemos tantas retrancas inculcadas de antiguo.

Conviene recordar que es lenguaje propio del vulgo ¡vulgar! no todas las mujeres las usamos ni en cualquier espacio. Nooo, esa enseñanza la asimilamos bien. Incluso, el vocabulario servirá para medir nuestro nivel social e intelectual.

Bien hemos comprado la idea de que la narrativa aguanta mejor ciertas locuciones, porque su fin es contar, relatar un acontecimiento ficticio o real, salpicado de gracia que lo hace arte. 

Entonces ahí, sostenidas por esa justificación, sí insertamos uno que otro dicho (ya aclaré que evito las comillas) de uso cotidiano, claro, habitual pero sectorizado. Así, soltarlo requiere escenarios determinados y hasta clases sociales específicas, porque error craso sería liberarlo en momentos inoportunos o hacerlo  personas de círculos a lo que están restringidos. Mucho peor si coinciden ambas condiciones. 

Con lo de relatar es menos difícil, dije antes y aun así, nos enlía. Cuántas veces hemos visto en un cuento, novela o cualquier texto de escritoras dominicanas palabras como ñema (refiere al vánalo o cabeza del pene) ripio, guevo (pene), mamaguevo, singar (tener sexo), toto (vulva) semilla, pepita, creta/cresta (en relación al clítoris). 

Ingenuo es pensar que su publicación solo es empleada para acompañar el simbolismo envuelto en una descarga de erotismo, o una puerta para acceder al mundo pornográfico mediante material escrito. Esos subgéneros pueden contenerlas o no, de la misma forma en la que caben en cualquier texto. No obstante, su aparición es más aceptada en material de contenido sexual.

Aunque para algunas son parte hasta esencial de su léxico, combinarlas con géneros literarios es trago duro, es mostrar ordinariez, falta de elegancia y querer llamar la atención para lucir atrevidas. (Es innegable e indiscutible que hay casos de esos y tonto sería negarlo).

Botones

Lena Fernández y Xenia Rangassami son de las que reivindican su válido uso en trabajos de fluidez y con ritmo que engancha y nos invita a aceptar.

En el caso de la primera, su poema Deseo (Safo, las más recientes poetas dominicanas, Editora Ángeles de Fierro 2004) está cargado de una fuerza, de una intensidad que respaldada por voces precisas en versos exactos lo hacen manar pausado y esa es su gran ventaja, porque permite que antes de asimilarlo el impacto golpee en plena siquis.

Que me rompan el culo

cada vez que les apetezca

Pide esta mujer sureña, con la soltura de una región sellada por su aridez, por la fuerza de esa tierra caliente y lúdica, por la franqueza de su gente al hablar, mas escribirlo es otra cosa y la poeta traza su canto, con atrevimiento, con valor, quizás con esa irreverencia que imprime la juventud y que nunca debe abandonarnos.

Ya es difícil encontrar poemas que contengan términos prohibidos a las mujeres, por los que nos prescriben la ruta y más sorpresivo hallarlos con el desafío que lanzan en estos versos de Lena. Están ahí para ir más allá, mucho más que solo nombrarlos. Están para actuar.

Con su relato Paranoia (El testigo del cura, minificciones 2010, Editora Búho) Xenia retrata esas voces tan dominicanas, tan cargadas de la chispa florida del lenguaje diario sin pensar en más que formular ideas con palabras que son eso, ni lindas ni malas ni buenas ni feas, palabras.

¡Pero hijodetumalditamadre, maldito maricondeldiablo; deja esa maldita vaina, coño!

Con esta sarta de dominicanidades tan comunes, el protagonista de Paranoia demanda a un chico dejar la bulla (el ruido).

Es cierto que las que aparecen en este cuento son de las usadas para insultar, mas igual maltratamos con otras que no están clasificadas malas, al contrario, son elegantes, tanto que salen del alcance de la comprensión de los simples mortales poco instruidos  y lo mismo causan dolor.

El castellano, tan amplio, tan diversificado también contiene un dominicanismo cargado de imágenes que permiten explotarlas de modo justificado. Xenia lo hace.

Ese freno

Esta restricción arropa a los textos que nos pertenecen solo a nosotras, los que tenemos el derecho a publicar sin que nos censuren. Ahora imaginen con los periodísticos. En ese género ni a hombres ni a mujeres les está permitido escribir cosas tan ligeras como mierda, coño, cagar, ni siquiera nalgas, tetas, vaina o joder, más soportables. Así que irse de boca es peligroso.

Es tanto el celo que nos impregnan en las salas de redacción que ni osamos pensar en estas aliadas, porque sabemos que será escritura desechada. Aunque no está mal de cuando en vez dejarlas caer, a ver qué tan buen ojo tienen los censores. Claro que contiene el riesgo de que al día siguiente nos den un sermón o la carta de cancelación de contrato.

El pavor nos arropa igual o más fuerte con la poesía, pese a que es más nuestra aún. Nos han enseñado tanto a cuidarla, a regarla con frases lindas que la hagan florecer hermosa, que visualizamos determinadas expresiones como tóxicas y jamás  como abono para robustecerla. 

Quizás por ese encajonamiento que nos lleva a asumir que es belleza inmaculada  por ciertas voces, nos empujamos a escribir con adjetivos que adornan demasiado, para lucir distinguidas y para ganar aceptación y adhesión.

Esa percepción viaja de lejos. Nos la colocan en los sesos en la escuela primaria y antes en el hogar. Quién olvida que el poema es ese arte que expresa una intención mediante términos distintos a los tradicionales, que son los domingueros, los bonitos, los que dan fuerza, valor, importancia. Hay, por tanto, construcciones antipoéticas que nadie quiere ¡zafa!

La poesía nos traduce, nos dibuja demasiado. Es una radiografía que nos vulnera y fortalece. Decir lo que pensamos es, pero el modo en el que lo planteamos nos hace, nos desnuda y  esa concepción cierta nos lleva a cuidar la manera en la que cantamos,  porque el recurso lingüístico es esencial para que respeten nuestro hacer.

Es lo que distingue al lenguaje diario de conversaciones más elevadas. Le da el aire artístico. Por arte de magia, el solo uso de voces elegantes es garantía per se de un buen resultado. Mentira.

Entonces, esto arroja que si al escribir escondemos nuestro vocabulario de todos los días, salpicado de obscenidades ¿Comillas?  No es tan cierto que los poemas nos retratan y en conclusión, no somos más que unas engañadoras.

Vamos más allá de sacarlas de la literatura. Para eludir riesgos en nuestro convivir aislamos las palabras descompuestas. Está enclavado en la formación que nos recuerda hasta en nuestra más avanzada adultez que hay vocablos que ni en el patio de la casa debemos pronunciar las mujeres si es que nos respetamos y queremos que nos respeten. 

De ese mismo modo vamos disfrazadas para atraer una aprobación que nos engorda el ego y la estima. Plegadas al sistema, acobardadas.

Esto no indica que al rehuir actuemos con propósitos malsanos, guiadas por el afán  de admisión. De tal modo está  inculcado, metido en nuestra  materia gris, que aunque a lo interno desaprobemos las críticas,  las promovemos con silencio y hasta con  voz  y nos  ruboriza y horroriza hallar palabrotas en  textos ajenos.

Ese aspecto concluye en que nada tiene de malo usar una que otra palabrita vulgar. Imposible hacerlo porque la autocensura, esa veda terrible nos coarta y terminamos sometidas a esta otra esclavitud, la de lacrar nuestros labios, nuestros dedos y nuestra mente.

Perdemos así la oportunidad de abrir el universo vasto que ofrece el lenguaje y le arrebatamos a nuestra escritura ese sazoncito que bien podrían imprimirle palabras tan poco aprovechadas, tan vejadas pero que esperan pacientes en su rinconcito que algún día las notemos y les saquemos el gran beneficio que nos brinda su uso, entonces les agradeceríamos y nos recriminaríamos por no hacerlo antes.

Está claro que no explotarlas por temor o por creer que de verdad son malas, son casos constitutivos ambos de una coartación de la libertad. En uno por decisión impuesta sobre una crianza que nos condiciona de forma tal que el resultado está visible. En el otro por el miedo a contrariar, a crear malestar entre público y evaluadores, a veces tan difícil de distinguir unos de otros, o terminar en la segregación y hundidas en el anonimato.

Si viéramos la importancia de desvestir nuestro arte de tanto ropaje innecesario, dejaríamos fluir las letras, correr por ahí y quién sabe…

¿Trazar pautas? Nunca

Estamos de acuerdo en que cada escritora tiene derecho a escribir de lo que le dé la gana y sería necio abrir una  discusión sobre algo tan obvio, cuando lo que en realidad vale es saber si de verdad decidimos, o en cambio, si eso que transmitimos y el modo de hacerlo  nos lo dicta la presión social, ese bozal que nos lleva a limitar nuestro radio de acción en tal magnitud, que abarca forma y fondo.

Este es un llamado enfocado en respeto a la libertad de poder, y lo más relevante, de tener ganas de ser, y de proclamar. Lo prioritario es sincerarnos con nosotras mismas y estar seguras de que eso que decimos es así como queremos que suene desde la autenticidad.

¿Estamos obligadas a usarlas? ¿Si no queremos escribir cómo nos dicten los que rechazan las malas palabras, por qué tendríamos que escribir como quieren los que sí las usan?

¡Cuidado! Sería caer en lo mismo, en dejarnos guiar ciegas y por ciegos.

El culto al morbo, vender, decir lo que la gente quiere escuchar, es de la misma naturaleza del que  nos lleva a cohibirnos para lucir agradables a un sector o a desbocarnos para penetrar en otro. Reprochables ambos.

En el caso del mal uso de estas expresiones, es un sinsentido, no sirve colocarlas solo porque llaman la atención, sin ninguna consideración de la estética. Si no sabemos emplearlas, mejor dejémoslas tranquilas. Ya bastante maltratadas han sido. 

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Petra Saviñón, Azua de Compostela, poeta y periodista. Autora de Entre Brumas (2006), Duelos (2014) y Retazos (2019)

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