Pensar, desde la isla y más allá.

Martín Heidegger (1889-1976) y Rudolf Carrnap (1891-1970) son dos excelentes expositores de una especie de diálogo de sordos e inconcluso del pensamiento occidental. Su trascendencia precede con mucho la certera formulación en la boca de Hamlet, con su recurrente “ser o no ser”.

Heidegger, desde sus 39 años, despuntó debido a su emblemática obra: Sein und Zeit (Ser y Tiempo, 1927), en la que exponía arcanos significados metafísicos sobre el “ser” y, por vía de consecuencia, sobre la naturaleza y las condiciones necesarias para ser humano. 

Carnap, de su lado, comenzó jactándose de ser capaz de interpretar dicha obra, a pesar de su emblemática oscuridad, y finalizó ridiculizándola, al igual que a su autor y a todos sus émulos en tanto que escribidores de frases huecas y desprovisas de sentido lógico. 

Ahora bien, ¿cuál fue la piedra de toque que animaba sus respectivos intercambios? 

Pensar lo que no es y verificar lo que es

Para Heidegger, la filosofía inicia su afán promovida, más que por la simple curiosidad aristotélica, por una asombrosa angustia pues, al fin y al cabo, vivimos al borde de la muerte, de la nada. 

En sus antípodas, aquella misma disciplina del pensamiento humano comienza según Carnap con la búsqueda de la verdad, valiéndose de argumentos lógicos y minuciosos que solo procuran claridad científica respecto a cómo es realmente el mundo.

Diversos puntos de partidas, claro está, conduce a resultados encontrados. Si la ciencia, dada su rigurosidad metodódica y lógica, se ocupa únicamente de las cosas que existen y pueden ser verificadas e incluso corroboradas gracias a la intersubjetividad, entonces, ese mismo conocimiento está consecuentemente privado de todo lo demás, es decir, de la nada que implica lo no comprobable científicamente. 

Pero entonces, -y este es el punto crítico para Heidegger-, ¿qué pasa con dicha «nada» dado que en estricta lógica decir que no-es algo sería ser-nada, y, por tanto, terminaría siendo una contradicción en sus mismos términos? 

«Si la ciencia tiene razón”, escribe Heidegger teniendo la concepción de Carnap en la mirilla, “la ciencia no quiere saber nada de nada». Eso no dejaría de ser un craso error de concepción.

¿Por qué? Sencillo; en la concepción heideggeriana la lógica, y menos la de las ciencias exactas, no son «el más alto tribunal de apelaciones». Los seres-humanos no somos exclusivamente intelectuales. Existimos bordeando, desafiando y hablando de nada, como si más allá de la lógica intuyéramos que ella (nada) entraña y nos oculta algo.    

Es por eso que -a través del claroscuro propio a estados de ánimo como el aburrimiento, la alegría, la tristeza, la ira, el amor, el odio y otros tantos- el mundo «nos revela» que vivimos -a falta de conjunción- entre la disyuntiva de todo lo que oculta lo inefable de la nada, de un lado, y, del otro lado, la precisión y exactitud de lo que podemos cernir, decir y medir. 

Del lado de lo inefable, como dice Heidegger, quienes practicamos la filosofía hemos de prestar atención a los estados de ánimo y las actividades de los humanos, en lugar de intentar construir teorías abstractas y complicadas, -(acótese, en contradicción a lo que él hizo en obras como Ser y tiempo)- porque la vida se subsiste a través de sentimientos que no son intelectuales. Por medio de dichos estados de ánimo el ser ahí de todo lo que existe se nos acerca y devela en medio de un estado de ansiedad que «induce el escape de los seres como un todo». 

Así, pues, a través de esa ansiedad se abre una búsqueda no siempre precisa y exacta a propósito de lo que significa estar vivo. Y es con tal inquieud que regresamos tarde o temprano a la interrogante fundamental. A la chispa original de por qué hay algo -y si procediera qué o quién es- más bien que nada. 

Carnap no estuvo de acuerdo con ese razonamiento y se apertrechó en el segundo lado de la disyuntiva antes dicha: el de lo preciso y significativamente circunscrito. Fue por eso que enarboló, compañado de múltiples autores del denominado Círculo de Viena, la puesta en evidencia de tantas oraciones filosóficas gramaticalmente correctas, semánticamente insignificate a la luz del principio de verificación. 

El principio o prueba de significado gestada por Carnap y los miembros del Círculo de Viena consta de dos enfoques: lógico o formal y el empírico o connotativo. En el primer caso, «la sintaxis de un idioma especifica qué combinaciones de palabras son admisibles y cuáles inadmisibles» independientemente de qué significan. Ejemplo de corrección gramatical, aunque insignificancia semántica, el gato es una ecuación.  

En el segundo caso, la verificación empírica requiere que las oraciones puedan demostrarse como verdaderas o falsas. Por ejemplo, la oración «los recién nacidos tienen 300 huesos y los adultos tenemos 206 huesos» es una afirmación significativa en la medida en que puede ser comprobada la cantidad de huesos en ambos sujetos humanos. En adición, incluso si la frase fuera falsa, no por ello es insignificante. 

De modo que, al menos de acuerdo con Carnap, el principio de verificación demuestra que la metafísica, al igual que la ética, consiste en seudo declaraciones, es decir, expresiones gramaticalmente correctas que no significan algo en absoluto. Y, por vía de consecuencia, la búsqueda de la verdad en el círculo cerrado de la lógica se reduce a contar con una certeza objetiva porque el ser humano ni tiene ni siente la necesidad de superar o sobrevolar el cerco del lenguaje. 

En resumen, ¿cuáles son los límites del conocimiento humano, incluyendo su expresión verbal?

Para Heidegger, dado que asume como tarea de la filosofía el desafío de describir qué es la existencia, qué es el ser mismo, lograr resultados conlleva extender nuestro entendimiento más allá de las restricciones estrechas del lenguaje y la lógica, y que aceptemos que sondear las profundidades de la existencia requiere más que lenguaje y lógica. La tarea es adentrarnos, no en el “misterio” de la teología cristiana, sino en los caminos de las montañas, como denomina a una de sus obras más emblemáticas a mi entender (Holzwege, 1950). Se trata de desfondar la lógica occidental en un cuestionamiento más original. 

Tarea esa, a todas luces, vedada al método objetivista, más que positivista, que adopta el pensamiento Carnap. 

La inagotable cuestión de lo inefable del ser

Como se puede sospechar, para Heidegger la filosofía tiene por tarea exponer y asumir el desafio existencial y, así, cuidar del ser trasponiendo nuestro pensamiento m´s allá de las resticciones estrechas del lenguaje y la lógica. De lo contrario seremos incpaces de otear las profundidaes de todo lo que es y somos. 

En otras palabras, el desafío no es adentrarnos en el “misterio” de la teología crisiana, sino en los senderos de las montañas, como avanza en una de sus obras más emblemáticas (Holzwege, 1950). Su objetivo es desfondar la lógica occidental, desde su mero inicio formal en Arisóteles, en un cuestionamiento aún más original y fundacional, quizás, entrevisto por los presocráticos.  

De lo contrario, imposible satisfacer el deseo de saciar la curiosidad y descubrir las maravillas que constituyen lo bello y propio de la existencia. 

En contraposición a esa perspectiva, tomado de la mano con la filosofía a la que quiere promover a un terreno metodológico firme e intersubjetivo, el conocimiento filosófico de Carnap consiste en la práctica de hablar comprobando lo que se significa. Solo así se aleja de cualquier rodeo -por sublime y alentador que pretenda ser- mientras economiza al sujeto humano el paso indispensable de confirmar empíricamente lo significado. 

El fin de ambos autores está escrito. 

Carnap reubicado en California, Estados Unidos, y el revolucionario Círculo de Viena, naufragaron en sus propósitos por la misma razón que en el mundo político Robespierre fracasó. Sus respectivas suposiciones -la verdad verificadada en cada sentencia, en aquellos pensadores, y el desafortunado por no decir infausto “fiat iustitia et pereat mundum” en el político y visionario revolucionario francés- los condujeron al traste por sendas paralelas de impotencia. 

Ese descelance pudo ser previsto. El principio de verificabilidad no puede ser compobado por sí mismo, al menos no de acuerdo con los propios estándares que presupone dicho principio. No obstante lo cual, hay que reconocer que al morir Carnap se le reconoció y sigue reconociendo su impronta para instalar la filosofía en un terreno metodológico más firme. 

De su lado, a decir de los suyos, la trayectoria de Heidegger “fue menos feliz” que la de Carnap. Después de unirse al Partido Nazi en 1933 y tratar de adaptar su obra a lo que él entendía que era el proyecto del nacionalsocialismo, esto resultó ser un «salto mortal filosófico hacia la primitividad» (Safranski). 

Tomando distancia de ese ensayo acomodaticio de Heidegger que con razón lo compromete y contamina por siempre, su contribución a la conversación milenaria sobre los fundamentos del mundo, la naturaleza del ser y la esencia de la humanidad todavía puede desencadenar momentos de angustioso reconocimiento filosófico.

Por tanto, ¿qué concluir luego de separar la paja del trigo y a éste de la cizaña?

Más allá de ambos autores

A mi entender proceden dos afirmaciones fundamentales y aleccionadoras. 

Primera, estamos ante dos figuras cimeras que murieron convencidas de estar haciendo filosofía; incluso, cuando la cuestión de qué es la filosofía y los métodos por los que avanzarían sus hallazgos permanecieran ubicados en el centro del desacuerdo de ambas.

Segunda y última conclusión, el intercambio de ambos autores nos retrotrae a la cuestión inconclusa de la filosofía, al más original y sempitero de sus debates. Me refiero a los límites de la palabra y de ésta articulada como lenguaje y medio útil para anticipar el lado más inescrutable del ser cada vez que por ingenuidad, curiosidad o angustia preguntamos por qué existe algo en vez de nada.

En ese contexto, Heidegger tuvo razón al reconocer en medio de su desdicha que siempre tratamos de ir más allá de lo inescrutable. Quién podría decir si luego de salir del método mayéutico de Sócrates, quedó atascado en la concepción hegeliana según la cual “conocer las limitaciones ya es estar más allá de ellas”. 

En cualquier instancia, cada vez que es reiniciado el debate post heideggeriano por vía de la hermenéutica de Gadamer, de Ricoeur o de tantos otros de sus lectores y de pensadores analíticos y del lenguaje, queda al descubierto el inagotable asunto del ser para quienes como yo afirmamos con la palabra y quiérase que también con los hechos que en la existencia de todo ser hay algo más de sentido que nada.

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Fernando Ferrán es antropólogo social y filósofo, investigador y profesor del Centro de Estudios Económicos y Sociales Padre José Luis Alemán de la Pontifica Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). 

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