Pensar, desde la isla y más allá.

Entro al viejo caserón colonial esquinero de la calle El Conde con Arzobispo Meriño. Cruzo el ancho y largo vestíbulo que semejaba más una pista de patinar que el introito a la entrada de una casa. Oscuro, lúgubre eran el aire y el color aquí dentro. Afuera quedaba el bullicio de las fuertes pisadas de los caballos que halaban los coches, los quitrines y algún que otro jinete conversando con el otro de al lado. Las voces de los transeúntes se escondían detrás de aquel traqueteo de las cosas.

El calor agotador de la canícula había dado lugar al frescor del atardecer. Uno a uno, sigilosamente, voy subiendo los peldaños de la escalera de granito curtido y desgastado. La verdad es que no perdona ese voraz carnicero llamado tiempo, verdugo que todo envilece, aun el rostro y el cuerpo hasta convertirlos en estropeados pedazos de satín arrugado. Las tinieblas me persiguen en mi escalada hacia el primer piso de la casa. 

Abro la puerta sin tirar de la cuerda de la campana que anuncia la llegada. Por la rendija, entreabierta, asomo la cabeza y helos ahí; dos preciosos chiquitines sentados en el piso de madera lustrada, atentos y absortos, oyendo alguno de los cuentos fantásticos del abuelo. El abuelo sentado cómodamente en su sillón de cuero mullido marrón oscuro bordeado de botones metálicos, mostraba un rostro satisfecho. En el fondo del salón, la mirada verde de la madre de mi madre me lanza destellos invisibles. A su izquierda, el retrato agrandado de la madre de mi madre que parece vigilar la manualidad de la hija joven. Ese retrato tiene un detalle que siempre ha llamado mi atención: otro retrato de algún antepasado detrás de la imagen de la abuela. Dos retratos en uno. Pero hoy, el retrato de atrás mostraba una mancha embarrada de rojo púrpura en lugar de la imagen habitual.  

Cada día al regreso del trabajo, me quito el sombrero, lo coloco en uno de los ganchos del sombrerero de madera tallada. Me paso la mano por la cabeza para domar mi rizado cabello despeinado; enfoco la mirada hacia el grupo jovial en el salón, me dirijo hacia ellos y saludo. Ninguno de los tres se da por aludido. Ni caso, no han notado mi presencia. Entonces sigo de largo hacia la habitación de la otra abuela que está contigua a la sala. La veo sentada en su mecedora de caoba con asiento y espaldar de pajilla, tejiendo, y sobre las piernas, un pañuelito arrugado, los ojos hinchados y enrojecidos, la nariz también irritada. Con toda seguridad tenía su mente muy lejos; quizás, recreaba algún momento de su juventud siempre jubilosa en la finca de sus padres que compartía con sus ocho hermanos. Debía haber sido un paraíso de risas e ingenuas peleas, aquel hogar con tantos hijos. Me paro frente a ella, le doy un beso en la piel suave y arrugada de su mejilla derecha. Nada. Ninguna señal de haber sentido mi beso amoroso; ni el menor atisbo de haber notado mi presencia. 

En ese mismo tenor, prosigo el recorrido por la parte que restaba del viejo caserón. Llego a la cocina. En los fogones empotrados, las brasas vivas del carbón lanzaban chispas esporádicas. La cocinera, también ajena a mi presencia, impertérrita me pasó por el lado; la joven criada de la limpieza hizo lo propio. 

El rígido silencio saturaba la penumbra de la prima noche.    

Me dirijo hacia las escaleras traseras del servicio doméstico que conducen al lugar de la lavada. Ésta ocupa un amplio espacio techado de uno de los cuatro costados del patio tapiado. A la intemperie, permanecía imperturbable al paso de los años el aljibe en ruinas de cuya presencia huíamos de niños, mi hermana y yo, aterrados por la negra oquedad de su boca que parecía deseosa de tragarnos. Ocupada en sus quehaceres, la lavandera tampoco aparenta percibir mi presencia. Desencantado de tanta indiferencia de quienes antes me mostraban íntimo afecto, decido subir de nuevo al área social de la casa; me dirijo a mi habitación y, al llegar, me doy cuenta de que mi cama estaba sin preparar para mi descanso nocturno. Abro el viejo armario de pino tratado y no veo una sola pieza de mi ropa, ni de la ropa de Emilia, mi mujer. 

Salgo y me asomo por el amplio balcón enrejado que parecía querer derrumbarse en cualquier momento. Abajo, en la calle El Conde, frente a la gran puerta de madera, veo una victoria, el cochero sentado en el pescante, dormitando. La tarde empezaba a despedirse del cielo anaranjado. Desde una ventana abierta del viejo caserón, se oye una voz que grita acongojada: “¡Date prisa Esteban… llegaremos tarde al cementerio!”.

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Lisette Purcell es licenciada en Humanidades, mención lenguas modernas. Profesora, traductora y escritora.

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