Pensar, desde la isla y más allá.

Encontré a mi amiga tan absorta y desolada, que me recordó el grabado “La Melancolía”, de Durero. Estaba en su taller, rodeada de sus instrumentos de trabajo, con la mirada fija y ausente, como la mujer alada de Durero. Intentando sacarla de allí un rato, le propuse ir a tomar una copa a un bar nuevo del barrio de Boedo. Descubrí ese bar en un folleto turístico. Boedo, el íntimo Boedo, ahora está de moda y se ofrece a los turistas. Las profundas calles arboladas, los patios siempre húmedos, los cafés, el tango, están de moda. Hasta se ven micros llenos de turistas, que van a comer bifes y escuchar tangos en los viejos restaurantes, remodelados para que sigan pareciendo viejos. Qué entenderán los turistas. Nada. Boedo no es de todos.  

El bar, o pub, como lo llamaba el folleto, funcionaba en una casa vieja. No había ningún cartel y la puerta estaba cerrada. Si no hubiéramos llevado el número de la casa anotado en un papel, no nos habríamos atrevido a tocar el timbre, porque estaba todo en penumbras y silencioso. Nos abrió la puerta un joven vestido de negro. Preguntamos si estaba abierto. “Sí, claro”, dijo el joven, y se hizo a un lado para que pasáramos, pero no, diría yo, con la intención verdadera de dejarnos pasar. Entramos. El vestíbulo tenía unos vitrales que, si hubiera habido un poco más de luz, habrían sido magníficos, estoy segura. En la habitación de la izquierda, muy grande, había una barra larga, y detrás de la barra dos jóvenes que nos miraron con cierto recelo. En el lado en que la enorme habitación tenía un ventanal a la calle, cubierto por cortinas de terciopelo verde, había varias mesas, y allí estaban reunidas, en un solo grupo, unas cuantas personas, charlando y bebiendo. No hicieron el intento de dejarnos pasar hacia la única mesita libre que quedaba en un rincón,  y tuvimos que volver al vestíbulo, donde había unos sillones. Le pregunté al que nos había abierto si podíamos sentarnos allí, y me dijo que por supuesto, que donde quisiéramos. Parecía asombrado, o asustado, o quizá avergonzado. Los sillones eran incómodos. Tenían una joroba en medio del asiento, como para expulsar al que se sentara. Pedimos un Campari y un Ballantines, y el chico nos dejó sendas botellas, llenas, sobre la mesa, y además un sifón azul y un baldecito con hielo. En la habitación de al lado hablaban mucho. No sé de qué hablaban; nadie levantaba la voz. 

Tomamos varias copas, sirviéndonos de nuestras botellas, sin comer nada, porque no nos ofrecieron nada. Ya pasadas las doce de la noche, llegó un hombre con mucho pelo y zapatos de charol. Llevaba en la mano una guitarra. Más tarde apareció una mujer joven pero no tan joven, alta,  con un vestido de noche muy ajustado al cuerpo, y al rato llegaron dos mujeres más, una de ellas cubierta de perlas, la otra pequeñita y desflecada, casi invisible. Enseguida entraron un joven con un violín y otro con un estuche grande de contrabajo. Ni nos miraron. Los músicos y la mujer despampanante desaparecieron en la sala, o más adentro, quizá, porque la casa seguía, tenía que tener por lo menos dos patios y varias habitaciones, una detrás de otra.

De la sala grande llegaba el ruido de copas, de voces, y de tanto en tanto veíamos pasar a los jóvenes de negro, llevando bandejas con copas. Los ruidos eran discretos, casi clandestinos. Yo diría que cada vez había más silencio. No estoy segura. Nosotras no hablábamos. Estábamos atentas. A qué, no sé.

Así pasaron una hora, dos horas. Cuando mi botella de whisky estaba más que mediada, cruzó el vestíbulo, con paso veloz, la mujer del vestido de fiesta. Lloraba. El vestido era de color rojo profundo y parecía más ajustado que antes, quizá por el movimiento convulsivo de los hombros. La mujer cerró la puerta cancel con violencia y desapareció en el zaguán. Los vitrales se estremecieron y pude adivinar mejor las figuras pintadas.  

Por fin apareció el chico que nos había abierto la puerta y le quisimos pagar para irnos. Dijo que no era nada, por favor. Así dijo, que no era nada, por favor, y nos fuimos. Afuera había olor a agua, y me pareció que estábamos rodeadas de agua, como en el grabado de Durero. No era olor a agua, sino a melancolía. El planeta Saturno rige las calles de Boedo. 

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Graciela Reyes, lingüista, poeta y narradora argentina. Profesora emérita de la Universidad de Illinois en Chicago. Autora de Palabras en contexto. Pragmática y otras teorías del significado (Madrid, Arco Libros, 2018).

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