Pensar, desde la isla y más allá.

Primer premio del Primer Concurso de Cuentos René del Risco Bermúdez

1.

La primera vez que mi padre murió fue en diciembre de 1993. Yo tenía entonces siete años. De esa primera muerte me acuerdo muy bien. Según la versión que circuló en el barrio ese fin de año, lo habían acribillado en una calle siempre oscura del Bronx. Mi abuela organizó el velorio; pero el cadáver nunca llegó. Desde entonces nos acostumbramos, mi abuela y yo, al fantasma de mi padre. Yo no tenía ningún recuerdo de él, porque se había marchado a Estados Unidos poco antes de mi nacimiento. Sin embargo, durante muchos años, mi abuela no dejó de evocarlo, una y otra vez, porque además de ser su hijo mayor, mi padre había sido siempre su hijo favorito. Después era yo el que, con ahínco y desafiando las amenazas de mis tías, la animaba a contarme alguna parte de la historia; pero en veinte años es mucho lo que se cuenta. Veinte años son muchas navidades, muchos veranos y muchos días de espera. Veinte años sin una llamada telefónica, sin una carta; como si el hombre se hubiese esfumado en medio de la bruma de un invierno en Nueva York. En muchas de esas navidades, a lo largo de esos veinte años, recibimos el año nuevo en la sala de un hospital. A la Vieja, la nostalgia, el deseo de ver a su hijo y la incertidumbre debido a las distintas versiones que daban cada año los que regresaban, le calaban muy hondo y le descuajeringaban las emociones y la presión arterial. Esta vez, parecía ser la última; no solo porque la Vieja ya era verdaderamente vieja, sino porque desafiando todas las versiones de su muerte, mi padre había aparecido en la casa, de repente, el último día del año y a la vieja le había dado un síncope. 

2.

En 1980 mi padre tenía un Mercedes-Benz, una casa propia con aire acondicionado y veinticinco años. No se había casado, no tenía hijos y era reconocido en la ciudad como uno de los mayores vendedores de piezas para vehículos de lujo. No tenía local, no tenía número de teléfono y no tenía empleados. Ni siquiera tenía una pequeña oficina y lo mejor era que nada de esto le hacía falta. Hacia sus negocios directamente. Arreglaba el precio con el vendedor y luego con el comprador y ponía a estos dos en contacto. En el trayecto le cobraba una comisión al vendedor y por supuesto, otra al comprador ya que el precio que podía conseguir no tenía absolutamente ninguna competencia en el mercado. A simple vista era como si mi padre no fuera más que un simple intermediario. Pero no era así. Mi padre era, digamos, un especialista. Sus contactos se concentraban en Mercedes-Benz, Alfa Romeo y BMW. Solo lo mejor. Y, tenía dos amigos que, de manera distinta, eran algo así como sus socios. 

Uno arriba y otro abajo.

Arriba estaba Roberto Palacios.

Palacios era más o menos de la misma edad de mi padre; pero había ido a la universidad, era funcionario público y el contacto de mi padre con los compradores importantes. Todos los días vestía traje y corbata; y los fines de semana zapatos a dos colores. Alguna vez salió en la sección de sociales del Listín Diario. Mi abuela conservaba los recortes con fotos de Palacios.

Abajo estaba Pedrito Ramírez. 

Pedrito era gordo, de cara cuadrada y ojos de perro apaleado, y era también una autoridad en mecánica automotriz y el contacto de mi padre con los vendedores. A Pedrito jamás se le vio salir del perímetro del barrio y, que yo sepa, lo más elegante que le vieron vestir alguna vez fue un pantalón de caqui y una camisa impecablemente blanca el día de su boda, el resto del tiempo llevaba siempre el mismo mono azul de trabajo. 

Aparte de estos dos, estaba Franco Badía, un hombre ciertamente singular.  No era ni de arriba ni de abajo. Se movía siempre en el perímetro más cercano a mi padre; pero sin molestar, es decir, sin hacerse notar. Según la Vieja, Franco y mi padre podían pasar horas sin decirse absolutamente nada y simplemente se levantaban y sabían con exactitud meridiana qué había que hacer, siempre. Franco era su guardaespaldas, su mano derecha; pero era también el hombre justo para cuando las cosas se torcían y había que enderezarlas. Era un hombre que parecía educado, de modales conservadores y ademanes suaves; la Vieja decía que daba la impresión de no haber sudado nunca, aunque también decía que nunca lo vio sin un pañuelo blanquísimo en el bolsillo de la camisa. El negocio iba de perlas. Había una lista interminable de piezas que conseguir y una clientela esperando. El dinero llegaba a montones a las manos de mi padre, siempre en efectivo. Pedrito cobraba su parte, Palacios la suya; mi padre y Franco se entendían y todo el mundo contento. Mi padre, en el barrio, se convirtió en leyenda. 

Todos los lunes por la noche Franco lo acompañaba a la discoteca Jet Set. Era su favorita y allí se codeaba con la crema y nata de la ciudad. En la fiesta siempre tocaba Fernandito Villalona, El Zafiro, o algún otro merenguero de moda. Tenía siempre una mesa reservada y un camarero. El primero en llegar era Palacios: sonrisa de dientes perfectos, como si de niño no hubiera hecho otra cosa que ir al dentista, un traje sastre a la medida, un corbatín, zapatos de dos colores. Y colgada del brazo, una mujer hermosa y diferente todos los lunes a la que mi padre y Franco debían llamar señora. Todos los lunes. Mi padre y Franco no se lo creían y apostaban todas las semanas a que vendría ese día con la misma de la semana anterior. Pero eso jamás sucedió. Luego llegaba un montón de mujeres, de todos los tipos, formas, colores y sabores imaginables. Bailaban toda la noche. Tomaban uno o dos litros de whisky; mi padre o Palacios pagaba la cuenta, dejaba una generosa propina y se marchaban.

Los sábados eran diferentes. Mi padre pasaba la noche en un colmado con Pedrito y los muchachos que trabajaban con este; no había camareros ni mesas especiales, no había carros de lujo parqueados en la acera excepto el de mi padre y solo estaban las muchachas del barrio. Lo único que se repetía eran los merengues de Fernandito o Bonny Cepeda, pero desde la vellonera arrumbada en una esquina del colmado. Franco era el mismo también, sentado a una distancia prudente de mi padre, tomaba poco. En cuanto a Palacios, era como si no existiera, nunca pisaba los colmados.

Los domingos eran de la familia. Mi abuela cocinaba algo especial, un sancocho, una sopa de patas de vaca, mondongo, plátanos maduros al caldero; y mi padre aparecía temprano, vestido como cualquier otro. Pasaba el día con la familia, y luego se iba a su casa.

Hasta aquí llegaba la vieja cuando estaba sobria de melancolía, cuando hablar de la aparición de mi madre era demasiado doloroso o cuando simplemente se cansaba.

3.

Mi padre había llegado a Santo Domingo esa misma mañana; pero debido a las fiestas de fin de año, no fue hasta pasadas las seis de la tarde, cuando pudo salir para el barrio. Decir llegar es decir poco, la verdad es que mi padre acababa de llegar deportado: la peor forma de llegar a Santo Domingo. Debes estar loco para llegar deportado. Es preferible llegar con lepra antes que deportado. Deportado, en Santo Domingo solo significa una cosa: drogas. Y nadie quiere joder con drogas; a pesar de que todo el mundo espera que cuando regreses le traigas algo, un par de tenis o unos jeans; lo que sea que venga de Nueva York, nadie quiere líos relacionados con drogas. Cuando vienes deportado, ya nadie quiere nada de nada. 

Yo estaba con Liliana en el bar Parada. Estábamos pasando por uno de esos malos momentos en los que ella dice que soy un hijo de la gran puta cuernero y no quiere verme nunca más en su vida y yo estoy como un perro rogando que me perdone. Entonces llamó mi tía Nelly y yo lo dejé sonar, porque Liliana había aceptado tomarse al menos una cerveza conmigo, solo porque era fin de año y yo no quería desperdiciar ni un momento con ella. Tía Nelly volvió a llamar, una y otra vez, hasta que Liliana se incomodó y me dijo que tomara el maldito teléfono, seguro que era alguna de esas sucias con las que yo andaba singando sin siquiera tener el valor de guardar el número con su nombre real. Que qué diría mi santa tía Nelly si supiera que uso su nombre para ocultar a ese cuero. Pero yo sabía que bajo ese nombre solo tenía el número de mi tía y le pasé el teléfono; que lo tomara ella misma y lo comprobara, que si era algún cuero no volvería a molestarla. 

Por un momento pensé que tomaría el teléfono y lo estamparía contra una pared o lo destrozaría en medio de la calle. Ya lo había hecho antes y me había prometido hacerlo otra vez. Pero no fue así. Liliana tomó el teléfono y en cuanto le hablaron toda su cara cambió; y yo me alegré secretamente pensando en que mi tía Nelly debía estar pidiéndole cacao por mí, dándome una mano mi santa para que Liliana volviera conmigo. Prometiéndole que yo dejaría la calle y los cueros y me enderezaría de una vez por todas. 

Pero lo que tía Nelly le decía a Liliana era otra cosa. Habían llevado a la Vieja al hospital, esta vez parecía estar bastante mal; mi padre había aparecido por la casa y la Vieja no lo había soportado. Y entonces tomé el teléfono cuando Liliana me contó aquello y salimos para el hospital.

4.

En 1984 apareció el primer problema. Y el último. 

Alguien había adquirido un motor completo de Mercedes 300 y no quería pagar comisión. Mi padre, que solía resolver cualquier situación que se presentase, no utilizando a Franco hasta el último momento, se encargó personalmente. Fueron a la casa del comprador. La casa quedaba en uno de los mejores barrios de la ciudad. Esperaron afuera un buen rato. El Mercedes estaba en la marquesina. El sol brillaba. El verde relucía en el césped de la acera y la entrada de la casa. Era un martes por la tarde y a mi padre le dolía un poco la cabeza. Para cuando decidieron entrar, justo cuando iban a salir del auto, alguien abrió la puerta principal de la casa, salió, montó en el Mercedes, le puso marcha atrás y el carro salió disparado de la marquesina. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Pero hubo algo que a mi padre no se le pasó de largo y ese día, mientras el carro aceleraba para salir a la calle principal de la urbanización, comenzó a joderse la vida. 

Mi madre era una mujer rubia, bajita, de ojos medianos y vivaces que se había subido en el auto como en un acto de ira, de escape, como si estuviera en una película y aquella fuera la escena de la huida triunfal. Pero, si algo le quedó claro a mi padre, inmediatamente, fue que esa mujer no iría a ninguna parte y que no estaba huyendo de él, sino de otra cosa.

De lo que huía Nancy Molina, mi madre, era de su esposo. Y efectivamente, no iba a ninguna parte.  Mi padre y Franco la siguieron por la ciudad durante casi una hora. Llevaba la ventanilla abajo e iba fumando un cigarrillo tras otro hasta que se le acabó la cajetilla o la gasolina o se cansó y se metió en una estación. Luego en un bar. 

Mi padre y Franco entraron, se sentaron lo suficientemente cerca como para no perderla de vista sin que ella los viera. Al segundo trago mi padre se acercó a su mesa y en un acto de estupidez le pidió que le dejara acompañarla. En ese momento pensó que había sido una acción valerosa: aquella mujer le había impresionado y él debía actuar. La irremediable tontería de aquel acto lo persiguió toda su vida.

Mi madre era puertorriqueña.

Tenía un año en el país, y había sido hasta ese momento el peor de su vida.

 

Había conocido a su esposo en San Juan, se había enamorado, se había casado y había venido a vivir con él a Santo Domingo. Pero en poco tiempo Nancy se dio cuenta de que vivir era un verbo sobre cuya definición su esposo y ella tenían profundas diferencias. La Vieja guardó muchas fotos de mi madre; por eso puedo decir que era sin duda una mujer hermosa, que transmitía, al menos en sus fotos, cierta sensación de inconformidad, como si no estuviera de acuerdo con el estado de su vida o como si estuviera a punto de comenzar de cero, no sé. Cuando veía las fotografías de mi madre en aquella época podía pensar cualquier cosa, menos que era una mujer para tener hijos, una casa y ser felices para siempre. Más bien parecía una mujer para hacer otras cosas, una mujer para hacer que lo que tenía que pasar en la vida, pasara inmediatamente. Una mujer para acelerar la vida, no para detenerla. Y esto fue lo que el esposo de Nancy nunca entendió y fue lo que mi padre entendió al instante, y fue también lo que los jodió a ambos.

A partir de ese día se hicieron amantes. Por supuesto, mi abuela no mencionó jamás las circunstancias en que mi padre conoció a mi madre hasta muchos años después.

Un día, mi madre comenzó a excusarse muy a menudo y mi padre pensó que todo había acabado, y como no estaba dispuesto a dejar ir a aquella mujer así por así, envió a Franco a averiguar cuál era el problema. Franco se lo comunicó a mi padre. A este le subió, como dicen, la sangre a la cabeza. Entonces fueron a la casa de Nancy, esperaron a que su esposo saliera y entraron.

Aquello era un desastre.

Cuando mi madre vio a mi padre entrar se echó en sus brazos llorando a mares.

Tenía la cara destrozada, la nariz rota y la ropa sucia. Tenía un diente flojo.

Mi padre se sentó en un sofá forrado de plástico, y mientras fumaba y depositaba las cenizas en la trompa de un elefante de cerámica, pensaba en todo aquello. Cuando miró a Franco la decisión estaba tomada. Mi madre se subió al auto de mi padre y jamás en su vida volvió a aquella casa. No se llevó nada, excepto la ropa que traía puesta.

No supo nada más de su esposo por largo tiempo.

El que sí supo fue mi padre.

A los tres días recibió una llamada de Palacios. El esposo de Nancy se llamaba Luis Miguel Piantini y era cónsul en Puerto Rico. Era un cliente importante para Palacios, alguien con quien pensaba extender el negocio a la Isla del Encanto, desde donde Palacios pensaba importar montones de piezas. Todo esto había sido planeado por Palacios, aunque mi padre no sabía nada hasta ese momento. Esa misma mañana Piantini había llamado a Palacios. Su petición era simple, quería su Mercedes y a su mujer de vuelta. Y los quería en ese preciso instante.

 

5. 

Cuando llegamos al hospital no pudimos ver a la Vieja. La tenían entubada y aunque se encontraba estable era mejor que la dejáramos descansar. En la sala de espera estaban tía Nelly y tía Manino sentadas juntas y en medio de ellas un hombre de cabeza rapada y gris cuyas manos colgaban de su regazo como si no supiese qué hacer con ellas. Era mi padre. Yo me senté con Liliana en el ala opuesta. Frente al hospital había un colmadón repleto de gente con un merengue a todo volumen. Era el último día del año y la gente celebraba como si el mundo se fuera a acabar. Yo evitaba pensar siquiera en que mi padre se encontraba en la misma sala, a unos pasos de mí. Nos separaban una época entera, veinte años de vida y ahora solo veinte pasos. 

6.

Me gusta imaginar que llegó a Nueva York una mañana de octubre o de diciembre, con las orejas moradas por la helada; por vez primera sus pies pisaron aquella ciudad cuyas calles estaban cubiertas de nieve. Me gusta imaginar que miró los árboles, el cielo plomizo, espectral, tantos nuevos rostros, de todas las formas habidas en la Tierra, aburridos o conmovidos ante la magnitud del brutal invierno neoyorkino; y, sobre todo, me gusta pensar que miró la inmensa cantidad de autos de lujo que se desplazaban por aquellas calles y tal vez pensó que allí podría comenzar su negocio de nuevo. Pero de todo esto nunca nos enteramos. Lo que sabíamos es que sin duda lo acompañaba la seguridad de que allí cualquier hijo de la gran puta se convertía en alguien y, aunque él fuera el más cabrón de los nacidos en esta isla de mierda, estaba allí más cerca de tener un nombre que aquellos que llegaban mojados o con pasaportes falsos o machetes, para hacer lo primero que les fuera ofrecido, así limpiar baños como cargar cajas. Sin embargo, más allá de la posibilidad de organizar un negocio similar al que tenía en la isla o cualquier otra actividad igual de rentable en la que no tuviera jefes ni horario, a mi padre lo alentaba la posibilidad de reunirse allí con la mujer que le había cambiado la vida para siempre, darse el lujo de soñar, con la certeza de que sí había un lugar a donde ir para que los sueños se cumpliesen, él acababa de llegar.     

Pero todos sabemos que no cumplió ningún sueño. 

Mi padre nunca se casó con mi madre. Mi madre me tuvo en una sala de hospital y en cuanto le dieron el alta me dejó al cuidado de mi abuela y se largó a San Juan para siempre. Llamaba dos o tres veces al año y me enviaba ropa, zapatos y algún dinero de vez en cuando. Mi madre decía que Santo Domingo solo le había traído problemas, que para ella la isla estaba clausurada y que si algún día yo quería podía ir a visitarla a Puerto Rico. Mi abuela jamás la mencionaba y se dedicó a criarme como si Nancy Molina nunca hubiera existido, nunca se hubiera cruzado en el camino de su hijo. 

De mi padre solo sabíamos por los que regresan cada diciembre. Fueron ellos los que, en el barrio, contaron muchas partes de la historia, los que unos años hablaban de la riqueza boyante que había conseguido, en otros decían que la última vez que lo vieron recogía no sé qué tipo de desperdicios metálicos para venderlos por unos dólares para comprar droga. Los que esparcieron, nadie sabe si por envidia o rencor, la versión de que había sido detenido y que cumplía condena en una cárcel a la que nunca se presentaron parientes, los que dijeron que había muerto de cáncer en un hospital de Boston, los que finalmente decían que tenían años que no lo veían, los que al final, con su silencio, dieron a entender que ya ni siquiera lo recordaban y no había nada que contar. 

7.

Esa noche, mientras deambulaba por los pasillos del hospital, por primera vez pensé que la historia había terminado. Pensé en la Vieja y las tantas veces en que recordó a su hijo como si el tiempo no hubiese pasado. El colmadón del frente no daba tregua, la música se colaba por todas las ventanas y parecía que de alguna manera nosotros, los que esperamos en la sala del hospital, también estuviéramos en medio del colmado. Había quien incluso tiraba pasitos y esperaba las doce de la noche contando los minutos para celebrar el nuevo año. Entonces por primera vez pensé en mi padre. Allí sentado en la sala del hospital, viejo y jodido. Pensé en los sueños perdidos y cuando levanté la cabeza vi que Liliana no se había despegado de mí en todo momento. Que estaba más bonita que nunca porque cuando estábamos separados al menos no lloraba todo el tiempo y se ponía bonita. Entonces la tomé de la mano y salí a la calle con ella. Cruzamos al colmado y pedí dos cervezas y brindé con ella porque acababa de empezar un nuevo año. 

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Emil Matos (Santo Domingo, RD, 1985) realizó estudios de Teatro en la Escuela Nacional de Arte Dramático de Bellas Artes y de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus relatos han sido premiados en los concursos de cuentos Radio Santa María y “Juan Bosch”, de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (Funglode).

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