Pensar, desde la isla y más allá.

Despertaba el día y a su albor primero, Con sus mil ruidos despertaba el pueblo. Ante aquel contraste de vida y misterios, de luz y tinieblas, medité un momento: ¡Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos! (…)

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, podredumbre y cieno? ¡No sé; pero hay algo que explicar no puedo, que al par nos infunde repugnancia y duelo, al dejar tan tristes, ¡tan solos los muertos! 

  (Adolfo Bécquer. Que solos se quedan Los Muertos. Rimas, LXXXIII)

La vida es un riesgo, pero no temerario; como tampoco imperturbable equilibrio, lo cual es imposible. Ahora bien, lo que sí, es imprescindible, es el arrojo con prudencia, con gallardía y amor, para hacer o dedicarse hacer la vida lo más vivible posible.

Vivir y ayudar a vivir son razones de vida, no de muerte, pero también son meditaciones en torno a la muerte y al dolor, que nos hacen reflexionar en relación a la felicidad, a esa fuerza de seguir siendo, viviendo, comprendiendo que lo transido puede convertirse en transitorio. Al final del existir, siempre se termina transido, pero no porque se trate de una condena, sino porque es parte de la condición humana.

Hay que comprender que vivimos ciegos ante la muerte. Esta se desnuda cuando irrumpe en nuestro espacio real, no el virtual. Es en la realidad donde los amigos o familiares mueren. Somos partícipes de ese dolor, ante la persona que se esfuma para siempre, quedando en los recuerdos. No reflexionamos lo suficiente sobre la muerte, porque no hemos reflexionado sobre la vida, que implica soledad, introspección y autoconocimiento de uno mismo.

El dolor se manifiesta en cuerpo – mente, como una sensación no agradable para el ser humano; lo agradable es que nos sintamos alegres y nos sintamos bien; pero esto es todo lo contrario, ya que forma parte de lo transido en cuanto al abatimiento y dolor. 

El dolor va por la línea de Almengol, quien lo define como “una sensación aflictiva desagradable para todos los humanos (…), el dolor se refiere al malestar corporal y al mental: aflicción, miedo, tristeza, amargura, angustia excesiva, pesadumbre, hastío, cualquier tipo de turbación o perturbación mental serían formas de dolor” (2010, p.40).

La pandemia del Covid-19 va dejando rostros de dolor; cientos de miles de personas han muerto y millones se han contagiado, mientras que otros millones de seres humanos han perdido sus empleos en el mundo y el cibermundo. Millones de seres humanos están viviendo intensamente transidos e hipertransidos por agotar su existencia entre pandemia, miseria y muerte.

El Covid-19 va dejando tras su paso escombros económicos y humanos, un rostro universal de dolor intenso, tan intenso que solo puede ser explicado con los que están en ese instante con el paciente, tal como describe a través de un video, el  doctor José Joaquín Puello, al decirle a la periodista Edith Febles: “Tú ves esos pacientes, Edith, a los ojos, y tú ves la tristeza, la angustia (…), no hay peor tristeza para un ser humano que saber que está al borde de la muerte, y más aún, Edith, morir solo, sin tus familiares. Y la cara que tú ves es la cara de una persona (médico o enfermera), que está enmascarada, que tiene unos lentes gigantescos, plásticos, en la cara; tú casi no le ves los ojos, no sabes quién es, está cubierto de arriba abajo con una bata que le cubre el cuerpo”.

El doctor Puello, con rostro transido y ensombrecido, lleno de impotencia, dice que los pacientes que mueren de coronavirus dejan el rostro del dolor, porque no pudieron despedirse de sus familiares: “Yo he visto gente al borde de la muerte, enfermeras abrazarse a los pacientes, y el dolor no solamente de la enfermera, el dolor del médico. Mis palabras son muy cortas para uno vivir la angustia que se vive en las salas de cuidados intensivos” (17 de julio 2020).

La pandemia se está llevando para sí el rostro del dolor del que murió por su contagio, aleja los amigos y familiares en esa intensidad de dolor que siente el que va camino a la esfumación o a la incineración; de ahí, que muchos prefieren morir ocultando ese diagnóstico del Covid-19. Pero, el mismo contexto en que nos movemos (más en el ciberespacio que en el espacio físico), no permite que uno participe en todo el proceso de duelo, que empieza con los últimos alientos del enfermo.

Es como bien apunta Edgar Morin, en su texto “El hombre y la muerte”: 

El dolor provocado por una muerte no existe más que cuando la individualidad del muerto estaba presente y reconocida: cuanto más próximos, íntimo, familiar, amado o respetado, es decir único, era el muerto, más violento es el dolor; si embargo, poca o ninguna perturbación se produce con ocasión de la muerte del ser anónimo, que no era irremplazable” (1994 pp.30-31).

El rostro del dolor de los que mueren del Covid-19 es el desamparo, la usencia de calor humano familiar; no hay una mirada de aliento, de ver el paciente y que el amigo o familiar lo acompañe en su sufrimiento. El virus se lo lleva como viento helado y una cosa rocosa de las más frías que existen en el universo. 

Ximena Tordini hace una reflexión muy interesante sobre la pandemia, desde un enfoque ético de la valoración de la vida y la muerte, de cómo la irrupción del virus hace pensar en “El tiempo de la necroética” (2020), sobre la degradación del muerto, del cadáver, que se convierte en desecho, cómo se va dando un ritual de desolación que tiene como punto de partida la privación del enfermo de todas las personas, excepto el médico o la enfermera. Nada de “estar acompañada en el momento de morir; suprimen los rituales funerarios, todos: los religiosos, los laicos, los consolidados por la sociedad en instituciones y negocios, los que cada grupo afectivo construye para sí mismo” (p.35).

Hoy vivimos envueltos en una percepción falseada o ilusión óptica de un pasado que nada tiene que ver con el presente que tiene rostro de dolor. Esto se ha estado dando, porque “durante siglos se ha vivido la historia bajo el influjo de la gloria, bajo el influjo de una ilusión muy poderosa que, apuesta por la perennidad del tiempo, en tanto que es una herencia de los antepasados y que recaerá sobre los descendientes” (Tordini, p.38).

De ahí que el rostro del dolor como resultado de esta pandemia nos hará revisar todo y comprender que la normalidad por venir no será un retorno de lo mismo, sino de algo diferente, en la que los valores como la solidaridad, la buena amistad, la libertad y la tolerancia permanecerán, pero otros perecerán como el de la certeza absoluta.

Se piensa que el volver a la normalidad está a la vuelta de la esquina, en una temporalidad de aquí y ahora, “sin aceptar que la vida que vuelve no es ni será la vida que dejamos”, como bien puntualiza Castells, y que “la nueva normalidad no es la vieja normalidad. Porque no se trata de un paréntesis, sino de un punto y aparte. Un insoportable paréntesis”. (18/07/2020).

Esa nueva normalidad que aborda Castells nos reenvía al pensamiento filosófico de los estoicos, en especial de Lucio Séneca, en cuanto acto de morir y vivir, de preparación del morir como parte del acompañamiento de lo que hemos ido llevando en estilo y forma de vivir. Para este filósofo el desprecio a la muerte era una rotunda preocupación por vivir la vida y pensar en la muerte, encontrarse con ella, ya que cada instante que pasaba en la vida pertenecía a lo inerte. 

De acuerdo a este filósofo estoico, lo que perturba la salud del alma viene del dolor corporal, de la             pérdida de los placeres y el miedo a la muerte; eso es lo que se vive con el Covid-19, ese abatimiento perturbador de la salud espiritual, en que la incertidumbre, lo inesperado nos pueden llegar, aunque no lo imaginemos.

Es por eso que, ante el rostro del dolor, entro en el vivir el instante, en ese haciendo que es el escribiendo y el pensando en cada letra que va y viene en cada cliquear del teclado, que llena de palabras híbridas el espacio y el ciberespacio en el que me encuentro sumergido y pensando en la aflicción y en la muerte como forma de seguir viviendo, buscando redimensionarme en esta vida, aunque sea por una millonésima de segundo.

Referencias bibliográficas

Armengol, Rogeli (2016). Felicidad y Dolor. Una mirada ética. España: Paidós  

Castells, Manuel (2020). Un insoportable paréntesis.

Baudrillard, Jean (1997). La ilusión del fin. Barcelona: Anagrama.

Morin, Edgar (1994). El hombre y La muerte. Barcelona: Kairós 

Puello, José Joaquín (2020).

Séneca (2013). Consolaciones, Diálogo, Apocolocintosis, Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Gredos

Tordini, Ximena (2020). “El tiempo de la necroética”, en La vida en suspenso. Argentina: Siglo XXI.

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Andrés Merejo es doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco y profesor e investigador de la universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).Dirige el Observatorio de las Humanidades Digitales y preside el Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC).

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