Pensar, desde la isla y más allá.

Caramba Vitico, José Mercader me robó las palabras; contó tu vida como dibujando en un lienzo sus mejores recuerdos. Miguelín y el gordo Oviedo me remataron. Lo agradezco porque dudo que pudiera haberlo hecho mejor; pero me dejaron sin la posibilidad de escribir, rumiando el dolor, implosionando el llanto a falta de brazos amigos que me puedan sujetar esta desolación. 

Aquí estoy solo, con el corazón a media asta y un agujero negro en el pecho que succiona toda la alegría acumulada en estos largos años en los que aprendimos que la vida no es un modelo para armar como pensábamos en los 70, sino un cuaderno para colorear en cada amanecer y puesta del sol, aunque sea con los lápices ajenos con los que Norberto James pintaba toda la poesía de los días, a pesar de la rabia y el odio.

Los “muchachos” de la peña te despidieron en el jardín botánico. Me enteré en la cuenta de Francisco en Instagram. Es que en este autoexilio he perdido contacto con el asfalto, algunos libros y canciones que dejé en el camino al campo. Pero nunca pensé perderte, así tan de repente, tan sencillamente como respirar, según nos contaba René a través del susurro melodioso de la Silvestre, que, por cierto, me la imagino recibiéndote para cantar a dúo Versainograma a Santo Domingo, mientras el Chemo y Luis se bufean a los angelitos del coro celestial por asexuados y por existir con un todo incluido sin necesidad de emburujarse con los problemas cotidianos en un mundo desigual y corrompido. Tan distintos a ti, incansable portador de proyectos culturales que por lo menos atenuarían este déficit de identidad que nos limita.

Te cuento que el día de tu partida a Carmen la rodeó un colibrí. La avecilla levitó frente a sus ojos por unos segundos que parecieron años. Ella asegura que viniste a despedirte porque en ese mágico instante te habías mudado a otro plano. Cuando me comunicó lo sucedido te pensé persiguiendo la flor de la inmortalidad en la corriente de un río sagrado que nació de nuestras lágrimas. Ya lo dijo don Manuel: “La del río, ¡qué blanda! Pero qué dura es ésta: La que cae de los párpados es un agua que piensa».

Sin exagera, Vitico. Algunos amigos de pétrea coraza se desplomaron. No te imaginas lo duro que fue sentir a Wicho retorciéndose del dolor, reclamándole al vacío su condición de hermano tuyo; a Tony Henríquez, ahogándose en su propio llanto, balbuceando palabras que no entendí del todo porque estaban revestidas de sufrimiento. La proverbial resistencia de Roberto Santana sucumbió y no pudo mantenerse en pie en el acto del Botánico. El gordo Oviedo, como una hora antes del desenlace fatal, soñó que fue a la Plaza de la Salud a pedirte que le dejara tu cama para sustituirte en el viaje a lo ignoto, y Tommy García perdió la elocuencia, y se le oye, en modo tartamudo, pastoreando las palabras para elegir las adecuadas cuando habla de ti. Ni qué decirte del llorón de Chanel, Mckinney, Manuel, y todas las mujeres de la peña y el almuerzo de los martes. Supongo que tomarán un tiempo en transformar esas muecas de dolor en las sonrisas cómplices de siempre. 

Pero ellos se tienen los unos y los otros; jodidos estamos Carmen y yo en esta lejanía, tratando de domar esta tristeza que nos patea las vísceras; esperando la repuesta al WhatsApp que te envié para saber de ti y de Zobeyda cuando los ingresaron al hospital; negados a ver los especiales de radio y televisión, donde honran tu memoria, evitando comenzar de cero este suplicio de saberte imposible de abrazar, mandarte al carajo o darte cuerda. 

En fin, amigo, hermano, el tiempo de la negación culminará, la vida continuará y volveremos a reírnos de tus ocurrencias, pero ahora permítenos llorarte, déjanos ejercer el derecho a la sinrazón, mentarle su maldita madre a la muerte, esa mascarada que por cierta no deja de ser inoportuna.

Y para cuando el sosiego vuelva anidar en nuestros corazones, me quedaré con el recuerdo de cuánto amabas la bandera de los CORECATO. Sé que era uno de tus bienes más preciados porque la verdinegra simboliza lo mucho que quisimos y todo lo que pudimos hacer en aquellos tiempos redentoristas donde morir por la patria era dulce y decoroso. Sé que trascendimos ese sueño heroico del pequeñoburgués, pero también, que jamás tomamos tan en serio un compromiso… de ahí tu apego a la bandera de una organización política que nos hizo mejores seres humanos.

Hasta luego, Vitico…caramba.

Los Algarrobos, Villa Altagracia

21-7-2020

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Omar Fortuna es presidente del Centro de Planificación y Acción Ecuménica. También se desempeña como consultor del Ministerio de Cultura.

Fotografía de portada: Christian Spencer

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