Pensar, desde la isla y más allá.

Cuando lo conocí, ya Víctor José Victor Rojas acumulaba méritos para que se declarase tres días de lutos nacional, o al menos municipal. Bastaba con su participación, con apenas 26 años, como parte del grupo Nueva Forma, junto a Sonia Silvestre, Claudio Cohén, en el legendario evento “Siete días con el pueblo”. Ese aguerrido festival celebrado del 25 de noviembre al 1 de diciembre de 1974, convocado por la Central General de Trabajadores (CGT) del país, contó con la presencia de figuras internacionales de la talla de Mercedes Sosa, Bernardo Palombo, Danny Rivera, Antonio Cabán Vale, Lucecita Benítez, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Víctor Manuel y Ana Belén. No se trató sólo de música sino de acción para la movilización social y política en pro de una democracia en manos aún de los oscuros herederos de la tiranía trujillista, representada entonces por un Joaquín Balaguer de mano dura. Oriundo de la popular y combativa barriada de Los Pepines –la misma de Johnny Pacheco–, Víctor Victor, o mejor Vitico, pronto mostró una sensibilidad social alentada por los estribillos de las canciones contras las dictaduras, especialmente de la Trova Cubana, que lo llevó a recorrer toda la geografía nacional contagiando doquiera esperanzas.

Por primera vez lo vi al acercarme a Casa de Arte en los últimos meses de 1984 cuando con Julio Baré y Ochy Curiel preparaba el concierto Primicias a partir de canciones de mi autoría. Vitico, además de cantar, tocaba la batería junto a Jochy Sánchez, El Caballo, Filín y el grupo “Framboyán”, en lunes (y miércoles ocasionales) de descargas jazzísticas que convocaban al exorcismo, en una suerte de evasión zapatera para tantos bohemios de soledad exasperada. Lo que más me llamó a la atención fue aquella atmósfera penumbrosa, un tanto melancólica, en donde aquel singular grupo de jóvenes atrevía melopeas de rebeldía, experimentaba e inauguraba ritmos mezclando instrumentos electrónicos con las voces y sonidos de la tierra siempre húmeda del Cibao. 

En calidad de socio fundador de Casa de Arte, Vitico, junto a Jochy Sánchez y Pengbian Sang que ya hacía pininos con su grupo Sondeo, fue responsable de acercar los talentos que emergían en el escenario nacional. 

Me resulta particularmente memorable, la figura de Juan Luis Guerra recién llegado de Berkeley, con sólo su guitarra y una todavía anónima visa para soñar su vuelo planetario, bebiendo de las atrevidas fusiones de bachatas mezcladas, en el patio español de la vieja casona, con melodías asincopadas, atonales y atrevidos arpegios brasileños y de las islas afroantillanas, sobre elaboradas soluciones clásicas y las acrobacias del blues o del espíritu ancestral de un jazz tristemente bullanguero. Igualmente, años más tarde, imborrable fue la presencia inmensa de Gonzalo Rubalcaba, haciendo surgir casuales fraseos rememorantes de la armonía de cuerdas naturales y maderas desde los “chips” y teclado de un moderno sintetizador; improvisando vertiginosas armonías disparadas al alma. En esta misma búsqueda, claro, con su propia sazón, me llegan los ecos de las interpretaciones realizadas por un Jorge Taveras de fina y conservadora estampa, así como el vuelo más arriesgado de Manuel Tejada.

Fueron ocasiones de privilegio aquellas en que Vitico invitaba a Sonia Silvestre a poblar nuestras noches santiagueras con su “Ojalá” desgarrante y atrevido, con su sonrisa traviesa y don humano arrobando, como bálsamo, las heridas de una cotidianidad estéril poblada de una violencia tiránica, de una democracia con muletas. Asimismo, recuerdo a Maridalia Hernández con su siempre afinada voz, con su excepcional tesitura, en especial con sus mágicos bajos tonos susurrantes como mariposas tanteando letras siempre poéticas. Pienso en José Antonio Rodríguez -quien después nos negara tres veces como ministro- en sus diálogos cantados y en su sensibilidad herida por mujer y primavera, en Claudio Cohén con sus metáforas pobladas de palomas que nunca volaron. 

Junto a la imagen de Vitico, como pionero de la música alternativa, el jazz y el blues en Santiago, recupero las entrañables estampas de sobrada e histriónica pasión de nuestra musa azul, Patricia Pereyra, inmensa hasta el sufrimiento, con su persistente peregrinaje detrás de la utopía de ser y hacer siempre lo deseado, de no sacrificar su ética de artista por circunstanciales venturas; con su desgarrado y visceral acento, creciendo y transformándose a poco en simples y guturales gorjeos de agudos casi imperceptibles, y de pronto estallando en estruendosas y radicales erupciones que enarbolan, desafiantes, el derecho a morir de ternura. 

Por Víctor Victor conocimos a Luis Días y su grupo Convite, nos entusiasmamos con su afán investigativo, con su persistencia en el rescate y reinterpretación de nuestros ritmos autóctonos; asimismo, a Xiomara Fortuna, mulata montecristeña de constante fluir al viejo continente, con su voz de cañaverales y cambrones, con su ritmo de atabales fusionados empecinadamente a la modernidad, también a Guarionex Aquino, con su singular figura mezcla de quijote y cacique, interpretando el ancestral canto del África; de alguna forma, encarnando esa extraña mezcla de la dominicanidad.

A partir del segundo lustro de los años ochenta, formando parte del importante movimiento de renovación cultural que aún hoy sacude la ciudad de Santiago y que  quizás define la más compacta y multidisciplinaria generación artística de su historia, surgieron como herederos de este sonido de catarsis resultantes de las descargas de Víctor Victor y Framboyán, los músicos que hoy regularmente nos convocan al éxtasis:  Rafelito Mirabal, con su buen gusto y mágicas manos enhebrando blancas y negras, corcheas y fusas en alucinantes propuestas; Fellé Vega con su extraordinaria capacidad para hacer de cada objeto o circunstancias un sonoro maná contra  el olvido y la indiferencia; Cuquín Curiel, Fernando y Arnaldo Acosta, percusionistas naturales, intensos como el ritmo que provocan; Quike del Rosario que con paciencia oriental  sabiamente ha cultivado el buen gusto para apoyar a los demás instrumentistas, hasta tomar oportunamente con serenas y efectistas improvisaciones primeros planos; Edwin Lora, Yoryi Hernández, Eustiquio Céspedes, Rafael Guadalamar, Víctor Tolentino, Papi y Julio José Curiel, Sandy Gabriel, Enriquillo Tejada, José Luis Armengó, Samuel González y Rafael Almánzar con su fogosidad folklórica.  

Por décadas, con pinta de rebeldes misioneros de la sensibilidad sembrada por Víctor Victor, desde Santo Domingo han asaltado las paredes del vetusto patio español de Casa de Arte, no como conquistadores sino en extraordinaria camaradería, un excepcional grupo de músicos: David Armengó, Gay Frometa, Juan Francisco Ordóñez, Héctor Santana, Rafa Payán, Tabutek, Duluc, Irka y Tadeu. De la Costa Atlántica emergió para quedarse en el gusto de todos, Carlitos Estrada, con su inmenso talento e instinto para hacer de sus saxofones, tenores o barítonos, la más natural expresión del corazón. Igualmente, Bulle Luna con su gran sencillez y habilidades de excepción, llegó para quedarse cargado de bucolía serrana, con Jánico en sus cuerdas, enseñándonos en cada arpegio y acorde a sentir la globalidad de la cultura sin perder las raíces, a asimilar la riqueza foránea en la palabra nosotros, pues su música intuitiva convoca siempre, inexorablemente, hacia tierra (o alma) adentro. Los últimos en el linaje de las descargas de Vitico en Casa de Arte son los Lunes de Jazz, a cargo de Cuquín Curiel y Fátima Franco, que por más de diez años vienen realizando de manera entusiasta en el Gran Teatro Cibao.

Escuchar a estos artistas veteranos y noveles resulta privilegio. Todos han optado por expresiones no convencionales, nada comerciales. Son soñadores que sacrifican la materialidad para construir su música. Seguro pocos serán millonarios puesto que lo dan todo para hacernos crecer hasta sus sensibilidades. Dios los ha criado y desde mediados de la década de los ochenta a la fecha, en Arte Vivo, ellos religiosamente se juntan; dejan los trabajos de subsistencia para desinteresadamente celebrar la vida, llenándola de sonidos de libertad y esperanza, en “santa anarquía” como dijo Vitico. 

Frente a tu triste partida, querido amigo, sólo nos queda darte gracias por lo tocado y bailado; en fin, por tu sonoro legado. Hasta siempre. 

¡Qué año tan terrible, y no cesa…!

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Fernando Cabrera es poeta, ensayista, artista visual, y compositor.

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