Pensar, desde la isla y más allá.

Vitico llegó a nuestras vidas en los años duros. Los más duros y terribles de “los doce años”. 

Las bestias lanzaban sus zarpazos homicidas. Caían navajas de los árboles, y en montañas y calles, techos y zaguanes, en los escondites más secretos y hasta en el mar corría la sangre. Oleadas de sangre. 

Pero éramos jóvenes. Teníamos veinte años, y con la canción y el arma cargada de futuro de la poesía espantábamos a la muerte.

Por lo demás, no estábamos solos. Éramos una tribu. Acaso comenzamos a serlo en el parquecito de Humanidades de la UASD, donde solíamos reunirnos aun los que no estudiábamos en la Universidad. Fue allí, de la mano de Sonia, donde conocí a Vitico, ya conocido como artista, de militancia política revolucionaria. Ambos, estudiantes de sicología, venían de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, de la que tuvieron que salir por disidentes. 

Pero no fue sino en el apartamento de Milagros Ortiz y de Joaquín Basanta, en la avenida Independencia, donde, acogidos por la más generosa amistad, nos sentamos alrededor del fuego y la belleza en la búsqueda, desde el compromiso por un mundo mejor, de una “nueva forma” para la expresión artística y musical.

Días y noches felices e interminables. De música, toda la música, desde los Beatles y Violeta Parra, Piazolla, Silvio y Pablo, Chico Buarque, Zitarrosa, Quilapayún… Lecturas colectivas, a veces comentadas por Joaquín, de Neruda, Vallejo, Machado, Miguel Hernández… 

Recuerdos de Nueva Forma. Vitico, en jeans y camisa blanca, guitarra en manos en la sala de Milagros; su pelo de bucles negros, sus ojos vivaces tras los espejuelos. A su lado Sonia, su cómplice. Única, inconmensurable. Cerca Claudio, Cuchi, Tommy, Luis Tomás, Miguel, Ismael, Orlando Herrera. Versos, imágenes, acordes, páginas y sueños compartidos. 

Cierro los ojos y vuelven a regocijarme la risa pródiga de Vitico, sus salidas inteligentes, el humor negro, la genialidad. Escucho su voz y música tan suyas. Desde los conciertos que realizamos, todos en 1974: “Canciones para una isla nueva”, “Junio es primavera” y “Neruda, raíz y geografía”, las características que mejor lo han definido.  

El año de Nueva Forma, 1974, fue también el año de Casa de Teatro y 7 Días con el Pueblo, parteaguas de nuestra juventud acentuado por el asesinato de Orlando Martínez, tres meses después.

Desde esos días, a la vez que se bifurcaban los caminos de la tribu, la presencia, la actividad política y el arte de Vitico tomaron otra dimensión. Y ahora que él ya no está, que se fue con Sonia como llegó al parquecito de Humanidades, para quedarse entre nosotros, y para siempre, en el dolor sin fondo que pregunta sin encontrar respuestas me doy cuenta cuánto, en las vueltas y vueltas de la vida se mantuvo fiel a su utopía y a su fe en la cultura y la justicia necesarias. Ninguno como él disciplinado, incluso obsesivo como lector, ninguno tan perfeccionista como creador, músico empecinado en encontrar aquella forma para la expresión. Amigo.

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Soledad Álvarez (1950), poeta y ensayista dominicana autora de Autobiografía en el agua (2015).

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