Pensar, desde la isla y más allá.

La cuestión antropológica es la nueva cuestión social de nuestros días. Si nos preguntamos por el futuro del ser humano debemos preguntarnos también sobre el destino último de la historia y de la humanidad. La antropología teológica parte de que el origen de la vida humana es fruto del amor de Dios, que de él procede y que a él tiende como fuente y plenitud de su existencia. El ser humano no puede menos que aspirar al Absoluto, buscarlo incansablemente, aunque a veces lo haga tozudamente atravesando el Rubicón de las ciencias convergentes. La respuesta a la muerte, al horizonte final, escatológico, de la humanidad no puede reducirse al saber científico-tecnológico, sino que necesitará de la filosofía y de la teología para alcanzar una visión trascendente e integradora de la vida y de la existencia humana.

El itinerario escatológico cristiano apunta hacia la ultimidad de la historia y el destino humanos. En el culmen de ese proceso, el último enemigo en desaparecer será la muerte.

Según el relato bíblico, la muerte entró en el mundo por el pecado de Adán, pero será borrada por el nuevo, definitivo y último Adán, Jesucristo. La muerte se contrapone a Cristo, que con su resurrección le quitó su poder, provisionalmente, y se lo quitará definitivamente al final de los tiempos. En Cristo se hace realidad la resurrección de los muertos, esto es, la desaparición de la muerte como ruptura y hostilidad que obstruye el dinamismo de la vida, como «reino del hielo» donde se experimenta la soledad más gélida y la más completa ausencia de amor, para poner de relieve el poder soberano de Dios sobre todas las cosas. Cristo resucitado triunfa sobre todos los poderes hostiles que atenazan al ser humano. La última victoria reservada para el final de su reinado es la eliminación del principal enemigo del hombre: la muerte, que experimenta con disgusto, a veces con temor, y no como culmen de la vida, porque no ha seguido el proyecto de amor del Creador.

El sonido de la última trompeta marca el momento definitivo de la parusía, o sea, segunda venida de Cristo y la resurrección. Será el día de la transformación, o lo que es igual, la transhumanización por la divinización escatológica de la humanidad. El toque de la trompeta será el anuncio de que es el fin de los tiempos. Será el momento de la última palabra dicha por Dios. El Verbo encarnado, que vivió entre nosotros y murió en la cruz, y reveló con su resurrección el sentido último del ser humano y de la historia. Este será el momento en que Jesucristo resucitado efectuará la transformación y divinización del género humano por la fuerza y poder de Dios.

La escatología cristiana (que Ruiz de la Peña llama con acierto pascua de la creación u otra dimensión) apunta hacia el futuro, en la espera confiada de una herencia en los cielos. No es una espera vana, vacía. Para algunos la parusía (segunda vuelta de Cristo) será objeto de burla porque tarda en llegar. Pero la palabra de Dios dirigida a los Padres y a los profetas alcanza su cumplimiento en la persona de Jesucristo, en quien comienza el tiempo último. La prueba de que ha llegado la plenitud del tiempo, y de que la abolición de la muerte y la transformación del ser humano es un hecho garantizado por Dios, es la cruz y resurrección de Jesucristo.

Cuando sea el momento de la «última hora» habrá un llamamiento escatológico a despertar del sueño de la muerte. Será el día en que se oirá la voz del Resucitado decir con voz potente: «Lázaro, sal fuera.» El «último día» tiene una connotación futura. Las palabras de Jesús sobre el «último día», tienen un sentido escatológico y anticipan el juicio final. Éste se efectúa ya en el presente según la postura que se tome ante Jesús que revela y conduce al Padre. El pan de vida caracteriza el instante, ya en el tiempo presente, de la resurrección de aquellos que creen en Jesús. Donde mejor queda reflejada la fuerza de la palabra sobre la muerte y resurrección escatológica cristiana es en el diálogo de Jesús y Marta. El Señor afianza su fe y le expresa abiertamente que él es la resurrección y la vida.

El Revelador, Jesucristo, comunica una promesa de salvación segura y digna de confianza. El principio y el fin de la creación, la consumación de la vida y de la muerte están contenidas en el Revelador. El poder sin límites de Dios ha pasado al Revelador que existía desde toda la eternidad, desde antes de la creación del mundo y del tiempo. Jesucristo es el Revelador, el primogénito de entre los muertos. Él tiene las llaves de la muerte y abre la puerta de la vida eterna, a la resurrección. Esta autoridad y poder les fueron dados a Jesucristo en la cruz y en la resurrección. El Revelador anuncia su pronta aparición para el juicio, tras el cual la redención dará lugar a una nueva creación, donde no habrá llanto, ni luto ni muerte.

En contraste con la teología bíblica cristiana sobre la muerte y la resurrección, el trans-posthumanismo, movimiento contemporáneo filosófico, cultural y futurista, se cimenta en la tesis de que la muerte es un fenómeno meramente biológico, material, y, por ende, algo evitable. Naturalmente, hay otros postulados de dicho movimiento que se escapan de la intención de este artículo. Para esta ideología —que intenta rebajar las grandes preguntas metafísicas— existe la posibilidad de retrasar la muerte mejorando, reparando y curando las células del cuerpo que producen las enfermedades y causan la muerte.

La muerte, que se presenta como un tabú, es vaciada de toda referencia trascendente y por tanto, de toda relación con Dios. La idea base transhumana es que la muerte es un fenómeno natural que el hombre puede retrasar, controlar e incluso evitar tecnológicamente. De ahí el interés creciente en las ciencias de la prolongación de la vida. En la ideología trans-posthumana existe, además, la creencia en la resurrección de los cuerpos sin el concurso divino. Empresas como Cryonics Institute, Alcor y American Cryonics Society, entre otras, someten los cadáveres a un proceso de criopreservación y los mantienen criogenizados hasta que un día, con las tecnologías adecuadas, puedan ser reanimados o devueltos a la vida. Los trans-posthumanistas se inspiran en modelos provenientes de la naturaleza (v.g. rana de madera de Alaska) y de los avances de la biomedicina. Un ejemplo insólito de resurrección humana fue protagonizado recientemente por la joven Audrey Mash, la cual, tras sufrir una hipotermia que le provocó la muerte durante más de seis horas, fue reanimada por médicos especialistas de Barcelona.

El problema trans-posthumano no radica en el deseo de vivir, de tener una vida saludable y de ser inmortales, que es constitutivo del ser humano, sino en el afán prometeico de querer domesticar la muerte estrictamente por la mano del hombre mediante las ciencias convergentes (Nanotecnología, Biotecnología, Inteligencia Artificial y Ciencias Cognitivas); y, lo que es aún más problemático, filosófica y teológicamente hablando, de despojarla de toda esperanza trascendente y de cualquier referencia metafísica. Nos quedamos así en una suerte de destino plano, sin horizonte último al que aspirar, con la esperanza puesta en los laboratorios tecno-científicos como únicos salvadores prometeicos del futuro de la humanidad.

Mientras el cristianismo afirma la esperanza de vida eterna y resurrección futura en la persona de Jesús resucitado, el trans-posthumanismo, por el contrario, ve venir la muerte como una amenaza que hay que eliminar o evitar a toda costa, y si no se puede lograr ni una cosa ni otra, al menos retrasar su llegada tanto como se pueda. Y, si irremediablemente la muerte se viene encima, con tal de que no se adueñe de nuestro cuerpo ni de nuestros pensamientos donde se albergan las grandes preguntas del ser, entonces, en clara rebelión, se recurre a la muerte técnica —la eutanasia, el suicidio o la crionización, etc.— para que no haya tiempo de pensar ni hacer preguntas metafísicas ni sobre el sentido de la vida.

La ideología trans-posthumana no quiere pensar en la muerte ni en el sufrimiento. Centra su atención en atajar sus pasos cerrándole todos los frentes, tal como pretende Aubrey de Grey y sus seguidores. Este horror vacui deja entrever que si la muerte es un peligro lo es también el ser una criatura humana, porque ser hombre es ser una criatura con una vida prestada y que luego se le retira por aquel que es el dador del aliento de vida, el Creador. Negar o rechazar la muerte es el reflejo implícito de una negación flagrante de la vida.

En contraposición a la escatología cristiana, en el trans-posthumanismo existe una suerte de escatología tecnológica que preconiza el advenimiento de una Singularidad, esto es, de una superinteligencia -análoga al árbol de las almas del filme Avatar, adonde vienen todas las almas como a un surtidor divino- que hará las veces de placa madre de un ordenador gigantesco, a la manera de un dios artificial, omnipotente, conocedor del bien y del mal, capaz de predecir los acontecimientos. Esta tentativa prometeica kurzweiliana es posthumana y se anuncia como el advenimiento de un centro neurálgico, o sea, un supercerebro artificial, con una inteligencia singular envolvente, ubicua y cuasi divina.

La escatología tecno-científica, sobre esto ha reflexionado Jacques Ellul con acierto, insistimos, está basada en la creencia de la irrupción de la Singularidad, que ocupará todo el saber, toda ciencia, toda información y todo conocimiento del bien y del mal. Los humanos podrán, según la teoría de algunos futuristas como Anders Sandberg, habitar en el espacio, en una nube, transferidas sus conciencias, al menos eso piensan los futuristas, como datos algorítmicos transustanciados a una macro consciencia universal en la que vivirán para siempre en nichos cibernéticos replicables e inmortales. Podrán resucitar y alcanzar la inmortalidad en hologramas con la salvedad de que carecerán de consciencia de la gloria, sin vida jubilosa junto a Dios. El dios y salvador de la humanidad se llamará «singularidad», un «dios desconocido» e impersonal, sin rostro e incapaz de amar, creado por el hombre y a la medida de éste, y al que no se le podrá llamar Padre ni Señor, porque es artificial, un dios descarnado, pulsional y numérico, compuesto de ceros y unos.

Para los cristianos, la Resurrección de Jesucristo, en suma, es la respuesta definitiva y plena a la muerte. Es una esperanza firme para el ser humano, pues se trata de la participación en la vida divina del Resucitado. La solidez de esta afirmación se fundamenta en el hecho de que la esperanza cristiana no está puesta en una ideología —como la trans-posthumanista— o en instrumentos técnicos o en la capacidad científica de hacerse cargo de la vida y del destino humanos, sino en una persona, en Jesucristo muerto y resucitado. 

Sobre esa base teológica es que se puede hablar de un trans-posthumanismo cristiano. En este tenor, José Ignacio Murillo subraya que en el pensamiento cristiano el ser humano está llamado a ser más que humano, ya que la persona tiene un propósito trascendente: llegar a ser dios, un ser divino. Según este pensador, la naturaleza humana es un punto de partida que expresa a la persona y desde la cual puede tender, recibir y aceptar la dimensión sobrenatural. Siguiendo unas orientaciones y unas actitudes éticas adecuadas, la persona humana se capacita para participar en la naturaleza divina.

En el mismo orden de cosas, Cecilio Raúl Berzosa, comentando a Jean-Marc Moschetta, remarca que el Ecce homo, manifiesta lo contrario del mito prometeico: el hombre «no roba lo que pertenece a los dioses», si no que «se eleva al rango divino». Partiendo de esto, Berzosa propone una visión de un Christus tecnologicus en virtud de su función recapituladora y salvadora de todo el universo creado y, en consecuencia, formula una nueva categoría de ser humano «tecno sapiens crístico» —acaso sea esta la visión mística que tuvo Teilhard de Chardin—, en alusión a la cristificación del ser humano inserto en la era tecnológica.

Finalmente, el ser humano muere como todo ser viviente, pero está llamado a la vida, —Non omnis moriar—, a la divinización y trans-posthumanización que se efectuará por la divinización escatológica en la resurrección futura de los muertos. Cristo resucitado es, pues, la esperanza de la humanidad y el camino para participar plenamente de la vida de Dios que, en los orígenes, creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.

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Fausto A. Leonardo Henríquez es sacerdote y poeta. Doctor en Teología. Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua.

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