Pensar, desde la isla y más allá.

Uno nunca está preparado para vivir la muerte de los amigos pues siempre creemos que quienes morirán son los otros. ¿Acaso alguna vez piensa uno que va a perder un brazo, una pierna, o el corazón? No importa si el amigo está enfermo, simplemente no, no se está preparado.

Yo conocí a Víctor José Victor Rojas, Vitico, hace alrededor de 47 años cuando me lo presentó Juan Tomás García (Tommy); no fuimos amigos de infancia, pero no hizo falta. Nuestro primer encuentro fue a propósito de una idea que había conversado Tommy conmigo acerca de formar un grupo musical. Ese grupo, junto a otros amigos incunables, sería Nueva Forma.

Vitico ya en esa época era el Víctor Victor de «La casita», sin mencionar su paso por la orquesta de Wilfrido Vargas, en cambio mi experiencia se limitaba a participar -hacía ya tiempo- en el conjunto de rock de «nueva ola» (como se les llamaba entonces) «Los CC». A pesar de esa aparente disparidad, hicimos química personal y musical al amparo de la mística de «Nueva Forma», llegando a escribir canciones juntos como fue el caso de «¡Chile Vive!». Todos los recitales del grupo los ensayamos en la casa de Joaquín Basanta y Milagros Ortiz, quienes nos brindaban su hospitalidad abonada con comida del restaurant «La Parrilla» y regada con vino español, todo con prodigalidad.

A propósito del vino, recuerdo que una vez durante el almuerzo, Joaquín abrió una botella e hicimos un brindis. Vitico, tras probarlo, le dijo: «este vino sabe a vinagre…» Joaquín le devolvió una ráfaga, como buen Montonero: «¡Mira, ignorante! En tu vida has probado algo así, es un Marqués de Murrieta…» y ambos se morían de la risa.    

Otra anécdota que me viene a la mente ocurrió durante la preparación de uno de los recitales de Nueva Forma, específicamente «Canciones para una isla nueva». En esa ocasión, Vitico fue el responsable de la propaganda visual, apoyándose en que en un tiempo él «picoteaba» pintando carteles de algunos de los cines de Santiago. Como ni el grupo ni ninguno de sus integrantes teníamos un centavo en qué caernos muertos, de manera bastante delincuencial, salíamos por la noche en la camioneta Hino que yo le pedía prestada a mi papá y subrepticiamente nos apropiábamos de los carteles de pie con los que teatros como el Santomé, o el Lido promocionaban sus películas en distintas partes de la ciudad. Esos carteles luego Vitico los transformaba en el afiche del recital en cuestión. Nosotros bromeábamos dándole «cuerda», diciéndole que para que pudieran identificarse los personajes que pintaba, él tenía que ponerle al pie del cartel el nombre de la figura que aparecía, y nos reíamos todos. 

Éramos jóvenes. A nuestra manera, nos enfrentábamos a un régimen que veía la juventud como una amenaza, pero no nos importaba. Hacíamos denuncias en nuestras canciones sobre las injusticias que se cometían en nuestro país y en el mundo. Vitico siempre estuvo a la vanguardia de esa cruzada.

Uno de nuestros rituales más recientes era el de juntarnos a fin de año en mi casa en un patio irrepetible que teníamos, a comer pastelitos hechos por mí y a tomar cava, a solicitud de Zobeyda, que decía no beber otra cosa.  

El rasgo más destacable de Víctor Victor, contrario a muchos otros artistas, amén del desdén por el estrellato, fue su falta de celo profesional, su generosidad, y de ahí su vocación de ayudar y empujar a los nuevos valores artísticos. Pavel, Janio, Mariel y Luitomá (mi hijo) son testigos de ello.

Además, Vitico no solo era músico, su respeto por sí mismo y sus ideas lo llevó desde muy joven a una arriesgada militancia revolucionaria en tiempos de intolerancia, apresamientos políticos, desapariciones y muertos que amanecían en la calle solo para alimentar el terror, los Corecatos no me dejan mentir. Debajo de ese Vitico bonachón, de apariencia despreocupada por todo, yacía un hombre fiel a sus principios, creyente en un futuro mejor para su patria y dispuesto a darlo todo por ella.

Yo aún no he llorado su partida, quizás lo haga cuando me termine de convencer de que sí, que realmente se ha ido para siempre. Pero tal vez ni aun así lo llore, primero, porque creo que cada vez que uno llora un ser querido es como si se muriera de nuevo, y segundo, porque me parece estar oyéndolo cantar a ritmo de son, junto a Los Compadres: «No quiero llanto, no quiero llanto, no quiero llanto, cuando yo me muera no quiero llanto…».

_____

Luis Tomás Oviedo es médico, docente y cofundador del grupo musical Nueva Forma junto a Sonia Silvestre, Víctor Víctor y Claudio Cohén.

Imagen de portada: Sonia Silvestre y Víctor Victor.

Leer offline:
Descargar PDF
Imprimir