Pensar, desde la isla y más allá.

28 de diciembre, 2017

Si es con brocha, el movimiento ha de ser largo. La presión, ni mucha ni poca… atemperada. Al final, todo dependerá de la cadencia, de no hacer causa con lo brusco, de lograr que el instrumento se emborrache con el tacto y la superficie reconozca ese embeleso.

29 de diciembre, 2017

El movimiento con el rolo ha de ser también amplio, aunque únicamente vertical… arriba-abajo, abajo-arriba… a una velocidad determinada por el temperamento del instante (hora, humedad, ruido ambiente, etc.). Las variaciones de ritmo en este caso son infinitas, pero la presión del rolo sobre la superficie deberá mantenerse intensa, incluso al precio de hacer que la vara curve y amenace con quebrar. Porque aquí todo depende de los olores picosos, del húmedo sonido que certifica la intensidad de la pintura penetrando la superficie.

30 de diciembre, 2017

Los techos son complicados, se creen superiores y siempre intentan mantenerse distantes. Es conveniente aplicarles cierta dosis de indiferencia, usar uno de esos rolos gordos, de vara larga, poco rígida y presión mediocre. Si en respuesta el techo da en ponerse carrasposo por aquella vocación suya de sentirse especial, se aconseja buscar un compresor que aporte potencia extrema y lo humille. Aún más, en caso de que al pintor le hayan regalado algunos puntos suspensivos, debe hacer desganadas pausas, parecer a punto de la renuncia, pues solo de esa forma logrará algún resultado. Ya sé que son demasiadas ceremonias, pero qué le vamos a hacer, los techos son así.

31 de diciembre, 2017

No hay método seguro para pintar una puerta. Demasiados recovecos, vueltas y revueltas, cambios imprevisibles. Eso sí, lo haga con brocha, rolo o pincel, sea sutil. Sea delicado y creativo. Déjese llevar por los impulsos que le llegan desde la superficie y avance cumpliendo cada súbito reto que se presente. Porque esa será toda la labor: una sucesión de reacciones inesperadas, un correr tras lo no imaginado. Pero no se preocupe, donde nada es seguro, nada está igualmente prohibido y, lo mejor, el resultado en este caso ni siquiera importa. Importa el recorrido, la ternura con que sus herramientas acaricien la superficie, pues las puertas se desilusionan con facilidad. Y se lo aseguro, nada puede ser peor que una puerta ausente.

2 de enero, 2018

Es una verdad que, por obvia, no necesitaría ser dicha: Nada como el pincel para probar que la envergadura de la herramienta no influye en la calidad del trabajo. Lo suyo son los filos sutiles, los pequeños contactos, la precisión en el movimiento sobre la superficie. El pincel llega el último, y donde otros apelaron a fuerza y posesión, él deja un toque de sensibilidad, agrega una melancólica virutilla y fascina con su magia. Luego, orgulloso, se va entre halagos y ruegos, sabedor de que la obra está hecha y será para siempre.  

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José M. Fernández Pequeño.  Escritor y Editor Independiente. Priva en cubano. 

Imagen de portada: Jimmy Valdez Osaku

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