Pensar, desde la isla y más allá.

Cuando pienso en la poesía como escritura, como naturaleza, como manifestación de civilizaciones de todos los tiempos reales o imaginadas por el hombre y, sobre todo, como reencuentro del estado espiritual del hombre en su relación con el cosmos y consigo mismo, suelo abordarla a partir de cualquier autor, tanto de la antigüedad como de épocas recientes. También la resalto como la expresión más pura y paradójica, por lo que transmite de la naturaleza humana, que podrían ser el alma, los sentimientos, el amor carnal, ideal, maternal o patriótico, tanto del orden divino y por qué no, también en el orden no divino. 

La poesía abarca todas las pasiones de la psique compleja del Hombre hasta el paisaje nunca visto por ojos humanos, sino por los del sueño. No bien admiro tal o cual autor, por su escritura, su obra, me inclino a pensar que es poesía al igual que ante cualquier cosa explicable e inexplicable o de la sociedad en que vivió y lo que significa a las posteriores. Entonces, lo llamado “poético” se adviene a la palabra como la posesión de “energías explicables e inexplicables” que se expresan por escrito, por el canto, en lo que se refiere al hombre, a la naturaleza, al cosmos. Cuando me conmueve su obra, explicándomelo o no, en principio, digo que es poesía o tiene que ver con ella. El poeta puede ser lo que sea y el que lee poesía lo perdona y busca emularlo en un principio. Si persiste en ese asombro se convierte en otra cosa. Con la poesía encontramos un camino que tenemos que abandonar y a la vez abonar por el propio, que es el que cuenta al final, por la razón de que cada quien debe dejar sus huellas en este largo camino que no términa y que se desanda en los sueños.  

La poesía tiene que ver con la palabra, como se diga, se ha vivido, se ha sentido. Todo en poesía tiene que ver con “conmover”. Toda poesía que está acompañada de esas sutilezas es lo que la hace de “ella” con todo lo que nos parece “¿bello?”, en una palabra, que puede traer complicaciones a cualquier poeta que dice leer poesía y “comprenderla”. Pero ¿qué es comprender un poema, o decir que esto o aquello es poesía? Si los que la escriben les gusta volverla un galimatías, un balbuceo y al final terminan definiéndola como una paradoja, un concepto de filosofía, en mudez, que sería lo ideal. No tener salida a nada de lo que se plantea sino por la palabra es filosofía, es poesía.

La poesía la escriben los hombres y las mujeres; la danzan los hombres y las mujeres desde los albores de la humanidad, aunque no hayan sobrevivido textos íntegros sino fragmentos. La poesía se escribe para resaltar lo que le llama a la atención de las cosas del que la escribe. El poeta canta, con las hermosas palabras, que son todas, de que dispones su idioma, a lo que tiene que ver con su ser y estar “ahí”, con su polvo, con su tierra, con cielo claro, nublado o estrellado; con todos los elementos y fenómenos de la naturaleza más sus pasiones, que juegan un papel fundamental. Todo se compara a ella y compara lo que le conmueve o desea imperiosamente para sí, entretejiéndolas hasta alcanzar (otro termino problemático) “belleza”. La poesía está íntimamente ligada al verbo, a la alquimia del verbo, que es cada palabra pronunciada, callada. El verbo es movimiento, ahí está la poesía. A quien se tiene como poeta, desde la antigüedad, aunque sea un guerrero, cual sea la raza, se le tiene como una persona sensible. Para la poesía la sensibilidad es lo que es la sangre al cuerpo, todo.

Por ser el poeta un ser dotado para ver y sentir todo, lo expone y pone a consideración de lo que llama el bien o el mal como algo natural. En poesía, en la lograda, no hay hombre bueno o malo; si poeta “bueno y malo”. Un poeta puede ser un criminal, violador, mal padre, sin patria, traidor, aventurero, sedentario, mujeriego, homosexual y no digamos “loco de atar” y mil cosas más y como quiera es sujeto de admiración y de culto. A la vez, alcohólico, drogadicto, vago, vividor, mujeriego, abusador, irresponsable, dilapidador; y no se le deja de rendir culto. ¿Pero, todas las demás artes, también lo tienen? Indudablemente, pero el primer balbuceo del hombre es poesía, que va desde la pintura rupestre. Quizás fuera pintada por mujeres, pues al regresar los hombres de cacería les contaban a ellas sus vicisitudes en la caza y como eran las que, quizás permanecían más en las cuevas, decoraban las paredes. Ahí nacieron para las edades posteriores el arte y por ende la poesía.  No es que la poesía sea mejor o peor que las otras manifestaciones artísticas, es que la poesía es el adjetivo calificativo, el suspiro del bizcocho, que es el que convence de la belleza en cuestión. El que tiene que convencer no bien la mirada busca donde detenerse, hasta sin ver, y por lo que es valorada la vianda en su totalidad.

¿Un poeta debe ser buena gente en el sentido llano con sus semejantes? No lo sé. El que está destinado a despertar sensibilidades, para cualquier fin, pensaría que está excepto de cualquier calificativo normal o no. Pero a un poeta también se le fusila por traidor, aunque no lo sea. A un poeta se le juzga por crímenes comunes, se le juzga por irresponsabilidad paterna, por no mantener a sus hijos o abandonarlos, por ser un maldito en sus relaciones humanas y un oportunista, y no nada más no con los poetas o arte en general; por ser un monstruo, aunque aparente lo contrario; pero también a cualquier hombre, sin ser poeta, se le juzga por todas las anteriores y todas las que faltan. El que se educa en la poesía no necesita un aparato de vigilancia interna, pues la poesía se lo proporciona ante la vida. La posteridad termina por perdonar al poeta todos sus yerros por el valor de transformación espiritual que consigue con sus lectores en el tiempo. Estar influenciado por la poesía y la vida de un poeta y perdonarle todos sus yerros, convertidos en méritos siglos después o la mitad, o mil años, le hace pertenecer al reino de la poesía. Que el poeta haya convertido su vida en una pocilga, para el devenir no importa. En poesía se tiende a admirar y hacer culto a los más oscuros personajes que no hay calificativo que valga, que lo pueda definir o situar, excepto el del perdón. Entonces, admiramos y perdonamos y nos dejamos influenciar por seres execrables hasta por el propio vientre de su madre que los resguardó para lanzarlos a la vida exterior. 

¿Los poetas, y también la poesía, se pueden separar unos de la otra? Cada uno elija por sí mismo. ¿Hay que tildar “hombres fuera de su tiempo”, a aquellos poetas con una sensibilidad única e irrepetible para acelerar el camino propio y ser autodestructivos como ciudadanos normales, y cualquier cosa que hayan hecho o influenciar a otros como si nada hubiesen hecho? Podría ser. A la vez que la poesía nos eleva a la comprensión de lo “más hermoso” que es la naturaleza humana y espiritual en sus manifestaciones más loables, también nos arroja al estercolero más inmundo e inimaginable. Quizás el más influenciable por la poesía no sea el lector sino el poeta mismo, el que pretende ser poeta, escribe poesía, sueña con los logros alcanzados por los grandes poetas de todos los tiempos, pero que no necesariamente lo consiga.

Un narrador, dramaturgo, pintor pude ser todas las atribuciones antes mencionadas como adornos del oficio del hombre. Sin poesía no valen nada y son tan poetas como el que rima versos y no extrae de ellos la esencia mística y mítica del tema a desarrollar, espiritualmente hablando. El arte, cualquier manifestación artística, nos da lo que tiene el autor y su tiempo; su orden y trastorno; sus visiones y pesadillas. Ser lo que nunca ha sido para su tiempo, para luego convertirse en culto a su obra y su vida, obnubilando la propia, que fácilmente es la vida que nunca llegará. El poeta oculta sus aberraciones a su consciente para trasladarlas al inconsciente de un lector “ingenuo” o poeta segundón de posturas de los grandes. 

Un poeta trascendente influye “vidas” como una transfusión, lo nunca visto y sentido a otro ser, solo con la palabra oral o escrita.  

La poesía nos da el instrumento para despertar al precipicio y principio del caos en que surgieron la tierra y el espíritu. Defendernos del poeta, no de la poesía. Y en un momento dado, también de ambos.  El poeta excepcional nos deja su “veneno” a porciones universales, trastornando épocas enteras, a veces en vida, otras tras el largo tiempo de su “muerte”. En poesía la muerte solo existe para el que no logra la obra, que consiste, en dos verbos: Buscar, Encontrar.   

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Amable Mejía es poeta y narrador. Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Autor de El amor y la baratija, El otro cielo y Primavera sin premura, novela.

La imagen de portada: El Triunfo de la Muerte, Pieter Brueghel el Viejo (1563). Museo del Prado.

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