Pensar, desde la isla y más allá.

Con el advenimiento de la fotografía aprendimos a pensar fotográficamente. Entre las muchas ideas que Susan Sontag propone y discute en su potente ensayo On Photography destaca la manera en que hemos hecho de la cámara un mecanismo “que vuelve real lo que uno experimenta”. Escribe Sontag que, si la fotografía es una manera de certificar la experiencia, también es una manera de rechazarla, “al limitar la experiencia a la búsqueda de lo fotogénico, al convertir la experiencia en una imagen, un souvenir”.

En la actualidad, la “búsqueda de lo fotogénico” es, más que una consigna, una compulsión legitimada por un ecosistema de abundancia e hiperconectividad que ha dado origen a lo que Joan Fontcuberta llama la postfotografía. Las cámaras han mutado en objetos portátiles y multiusos que nos permiten acceder al mundo (como una abstracción de datos) y a la vez permiten al mundo (y más claramente, a corporaciones y gobiernos que conocen los metadatos y cada movimiento que hacemos) acceder a nosotros. 

Como la mayoría de nosotros, Moira Pujols toma sus fotos con el teléfono. Experiencia que refleja cierta movilidad (la caminata, el commute, los viajes de trabajo), sus imágenes surgen, no obstante, impulsadas por una voluntad estética, inquisitiva.

Más que fetichizar o idealizar la realidad, como ocurre con gran parte de la fotografía en este democrático pandemonio de imágenes que vivimos (el ojo colonizado por los lenguajes de la publicidad y el diseño), la mirada de Moira parece encontrar un orden musical en el juego rítmico de las líneas, en la tensión geométrica (la retícula interminable de los rascacielos o la armonía curva de una escalera); acusa la intuición del artista plástico al percibir y aislar el juego de texturas y patrones en las superficies.

El conjunto de su obra da la impresión de una continua negociación de las distancias: de los espacios abiertos, con perspectivas y cielos amplios, a la apretada volumetría de cualquier downtown urbano, y de allí a las composiciones abstractas que permiten la proximidad y el azar (esos paréntesis de discontinuidad, espacios fantasmagóricos que se dibujan en el reflejo de los cristales).

Moholy-Nagy decía que la fotografía supone una “transformación psicológica de la vista”. En estas fotos hay algo pausado para sabotear la voracidad del scroll down. Un ritmo.

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Julio Rangel, escritor mexicano residente en Chicago. Es miembro del consejo editorial de la revista Contratiempo.

Moira Pujols (Santo Domingo) es traductora, intérprete judicial y de conferencias, y gestora cultural. Como directora de la organización literaria contratiempo, diseña estrategias y programas que celebran la diversidad y riqueza étnica, lingüística y cultural de Chicago. Sus fotografías se han publicado en las revistas After Hours y contratiempo. Instagram/moirap 

Foto de portada: El Flamenco de Calder

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