Pensar, desde la isla y más allá.

Francisco González Crussí, VI Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña

Un cuerpo es una deflagración.

Jean-Luc Nancy

Entre 1603 y 1758, período extraordinario de la pintura flamenca, la Asociación de Cirujanos de Ámsterdam comisionó a varios artistas obras con motivos anatómicos a fin de documentar las aportaciones del destacado médico Frederik Ruysch. Sus contribuciones, evidentes en la extensa muestra de cadáveres y órganos embalsamados que coleccionaba, entusiasmaron a Jan van Neck, importante pintor de la época, quien en La lección de anatomía le plasma mostrando los vasos sanguíneos del cordón umbilical de un recién nacido que inerte, yace junto a la placenta de su madre. La criatura de este lienzo parece estar en paz, atrapada en un sueño que poco tiene que ver con la tétrica escena; su abdomen está abierto y de este no escapa sangre mientras el médico le sostiene con delicados dedos en una postura a todas luces falsamente estilizada. Cinco personajes rodean al profesor, unos en pose de atención y respeto, otros más interesados en las apariencias; una séptima figura al extremo derecho del cuadro corresponde a un adolescente que porta un esqueleto infantil entre sus manos. Según expertos, se trata de Hendrick, hijo de Ruysch, futuro anatomista presto a seguir los pasos de su progenitor. 

Esta pintura, previamente comentada en un viejo ensayo de nuestra autoría, lleva implícita un punto de partida importante para la otrora ciencia médica que parece humanizar la disección y en cierta forma, idealizar el círculo vida-muerte: el cordón umbilical, la placenta y el joven que acepta la mortalidad observando con naturalidad el interior de la anatomía corporal. La historia detrás de las autopsias, sin embargo, es indudablemente más accidentada y compleja que el simbolismo del cuadro descrito. Lo sabe Francisco González Crussí, anatomopatólogo y prolijo escritor mexicano radicado en Chicago quien sobre ello ha afirmado que “la práctica consuetudinaria de la autopsia le ha acercado a la muerte y a la reflexión a través del cadáver convirtiéndole en el criptógrafo que descifra el despojo de lo que una vez fuimos”.  

El profesor emérito de la prestigiosa Northwestern University tiene en su haber múltiples ensayos escritos en un riquísimo español (y muchos en perfecto inglés) en los que combina magistralmente conocimiento científico, filosofía, prosa e Historia, algunos de los cuales, como La fábrica del cuerpo, hemos tenido la fortuna de reseñar. En este último, González Crussí analiza la evolución histórica, antropológica y cultural del cuerpo humano inspirado en un imperecedero tratado de anatomía, De humani corporis fabrica libri septem (1543) del belga Andrés Vesalio. Nuestro autor parte de la premisa de que hoy el cuerpo es “fábrica”, máquina contenedora de la esencia del hombre: células, órganos y esqueleto; fábrica a la cual la modernidad y la ciencia le han arrebatado el espíritu, ese otro componente que la humaniza.

En esta ocasión retornamos con júbilo a la más reciente obra del amigo González Crussí: “Del cuerpo imponderable. Ensayos sobre la visión médica y artística de la corporalidad”, ganadora del VI Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña (2019) que otorga la Academia Mexicana de La Lengua. En el Laudatio, el académico José Luis Díaz Gómez establece lo especial de esta versión en tanto que además de celebrar a un magnífico escritor, reconoce y avala al ensayo científico y al humanismo médico en nuestra lengua ejemplificado en la trayectoria literaria del mexicano. Sus ensayos, al igual que los de Gregorio Marañón o Martí Ibáñez, alerta Díaz Gómez, “además de rebasar los meridianos de la patología o la asistencia, revelan que la ciencia y arte de curar es un componente central de toda cultura humana”. 

En las palabras de agradecimiento a la Academia, por su parte, González Crussí evoca las cualidades del maestro Pedro Henríquez Ureña, en particular sus pensamientos sobre el debate de la(s) lengua(s) del inmigrante, accidente que el premiado autor atestigua haber vivido en carne propia en las tierras que le adoptaron tanto en la batalla cultural, como en los avatares de la inquietud creadora inherentes al bilingüismo. Explica además su propia visión del cuerpo humano, curiosamente conformada a partir de Paul Valéry. Curiosa en tanto que un profesional cuya labor consista en desmenuzar lo que queda de nosotros tras la muerte, pueda entender ese cuerpo a través de lo que sobre él concibió un filósofo y poeta: su particular constitución de trilogía de múltiples cuerpos

En los confines de aquella multiplicidad, el primero es ese cuerpo en que vivimos y que conocemos mal; el que nos confiere identidad es el segundo, porque es el que los demás ven; el tercero, cuerpo biológico hecho de órganos y tejidos, interesa a los especialistas. Es el que solía pasar inadvertido para la mayoría de nosotros hasta el momento de su descomposición y que hoy ha sido apropiado por el bisturí y la silicona. 

La imponderabilidad de la corporalidad a que hace referencia el ensayo que nos ocupa se refleja en la amplitud de temas que llenan sus ciento cincuenta y ocho páginas: De los modos de ver el cuerpo; De cabelleras frondosas y el elogio de la calvicie; El cráneo; La labor del patólogo, o hasta no ver no creer; La realidad excrementicia; Resucitando a los fallecidos; La pasión amorosa, etc. etc. En cada uno de estos enjundiosos textos aparece la voz de un cultísimo hombre de ciencias quien, con sabiduría, notable sensibilidad artística y elegante humor donde así corresponde, nos regala una colección de meditaciones, curiosidades y anécdotas que, tanto para el lector conocedor como para el no experto constituirán sin duda alguna, una certera fuente de disfrute intelectual.

González Crussí dedica especial atención en este libro a lo que él llama “el extraño arte de los anatomistas” (fundamentalmente los europeos) quienes durante los siglos XV, XVI y XVII fueron lo más cercano al conocimiento médico sobre las enfermedades, y también de las consideraciones místicas, sociológicas y antropológicas que sobre la muerte y el cuerpo prevalecían en aquellos tiempos. Abunda en detalles relevantes al ejercicio de dicha “especialidad”, en particular los relacionados con las autopsias: Cómo eran anunciadas por el toque de los campanarios; “celebradas en público” ante la vista de todos en locales convertidos en verdaderos “teatros anatómicos”; cómo en la mayoría de los casos las autopsias acontecían, nada más y nada menos, que en el ábside de las iglesias; y cómo los desdichados cuerpos a disecar eran los desafortunados “ajusticiados”, vulgares criminales, o desafectos del poder. 

Un capítulo merece particular atención: “La fluctuante forma del cuerpo humano”, en el que el autor narra la travesía de nuestra corporalidad desde su origen celular esferoidal de óvulo fecundado, hasta el nacimiento de la criatura que, nueve meses después, habrá de pesar dos billones de veces más que aquella “cosa” que la originó. Consciente de que a partir de aquí se iniciará el maravilloso viaje (para algunos) o el tormentoso calvario (para otros) en eso que hemos de llamar vida, silente y sabihondo testigo del destino de tanto cuerpo estudiado por sus manos, González Crussí nos recuerda en sus párrafos finales el desenlace de tanta célula y de tanta carne: 

“Ha de llegar el día en que el cuerpo adopte su forma más elemental. Es el esqueleto, la forma corporal reducida a su mínima expresión. Armazón pura, sin añadiduras, sin blandas superfluidades, ribetes o añagazas. Pero tampoco aquí terminarán las transmutaciones. Esta nueva forma se desvanecerá, y el cuerpo, en su última metamorfosis, habrá de desagregarse en moléculas dispersas, como Zeus en lluvia de luz de oro, ingresando así en el eterno ciclo de las transmutaciones naturales”.   

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Jochy Herrera es cardiólogo y escritor, autor de Estrictamente corpóreo (Ediciones del Banco Central de la República Dominicana, 2018).

Imagen de portada: La lección de anatomía, 1683. Jan Van Neck.

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