Pensar, desde la isla y más allá.

El cumpleaños número 65 de Jep Gambardella, un escritor afincado en Roma, se celebra en la ciudad eterna por todo lo alto. Azoteas con vistas espectaculares, performances y mariachis, cocaína y supermodelos. Jep, el rey de los mundanos recibe una larga ovación a cargo de sus compatriotas de la high life. Se acaba la coreografía del “mueve la colita” cuando llega la distorsión y el silencio, cámara lenta y primer plano del escritor. Cuando era niño, nos cuenta, siempre decía que lo que más le gustaba de la vida era el olor a casa de viejo. No la fessa (vagina), como respondían siempre sus amigos. Jep era distinto: estaba destinado a la sensibilidad, pero escogió el camino del ocio y del inmovilismo. Ahora, al autor de la novela L’apparato umano, lo ahoga la nostalgia y lo que pudo haber sido. ¿No nos ha pasado a todos lo mismo?

Podríamos escoger a otros protagonistas inolvidables del director italiano como Cheyenne (Sean Penn) en This must be the place, Titta de Girolamo (Toni Servillo) en Le conseguenze dell’amore, o los hermanos Pisapia (Servillo y Andrea Renzi) en L’uomo in più. Todos los personajes de Sorrentino parecen compartir un mismo propósito: la búsqueda de identidad y autenticidad en el mundo moderno. Pero Jep Gambardella, con una interpretación impecable de Servillo, parece ser el personaje que aúna a todos los personajes. El largometraje del año 2013, alabado y odiado a partes iguales, obtuvo el premio a la mejor película de lengua extranjera en la 86ª edición de los Oscars, así como el Globo de Oro y el premio BAFTA en las mismas categorías. 

SET DEL FILM «LA GRANDE BELLEZZA» DI PAOLO SORRENTINO. NELLA FOTO PAOLO SORRENTINO. FOTO DI GIANNI FIORITO

La grande belleza de Paolo Sorrentino se abre ante nosotros como un cine-manifiesto contra la nada, un cine posmoderno contra el vacío del posmodernismo. El ecosistema en el que actúan sus personajes está dominado por una forma fugaz de pensar y vivir, dirigida por sensaciones, deseos y estímulos transitorios. El mundo de los selfies, de los viajes a la estética del pasado en cápsulas de botox, de las performances y artistas “conceptuales” que no leen porque se alimentan de “vibraciones”, pero no saben definirlas. Sin embargo, más allá de ese mundo, el deseo del personaje de tener un punto sólido de referencia se mantiene presente. Esta aspiración, esta búsqueda de un pilar que lo defina y lo sostenga, critica los estilos de vida y el sistema de valores posmodernista que hay detrás de ellos, demostrando que esta exploración interna – una constante histórica en el mundo del arte y la literatura – se expresa también en el cine contemporáneo.

El joven director enfatiza también el concepto de tiempo y espacio en su selección de planos y movimientos de cámara. Vemos cómo la cámara se relaja, con movimientos largos y tranquilos, casi analíticos: esta elección permite que emerja el aspecto onírico del tiempo, y los suaves paisajes de la ciudad y sus peculiares transeúntes completan este proceso. Los diálogos, que están escritos como si pudiesen ser pequeñas y elegantes historias paralelas, ralentizan el tiempo y lo centran en el personaje. En cambio, las amplias tomas de seguimiento crean un vórtice caótico y confuso en el que los personajes parecen perdidos, atacados por miradas agudas que se cruzan en su camino. Sorrentino nos cuenta que le gusta mover la cámara a menudo porque le da la sensación de que, al hacerlo, está desvelando un misterio. Los amaneceres y atardeceres, la preferencia por estos momentos de inicio y de fin, también juegan un papel importante en la evocación de la nostalgia de la película. Según Sorrentino: “Esas horas son muy importantes para mí, pero no sé por qué. Diría que me atrae mucho la noción de la tranquilidad después de la tormenta, cuando las cosas se calman. Encuentro que es un momento extremadamente emocional en la vida de las personas. Así que me gusta representar las noches llenas de energía, seguidas de estos amaneceres en los que el personaje se encuentra a solas con su melancolía”. 

De La grande bellezza se ha escrito y discutido bastante, de sus similitudes u homenajes a La dolce vita de Fellini o La notte de Antonini, de su posible superficialidad o lentitud. La película es, sin duda, una experiencia que no nos deja indiferentes, y una obra de arte también desde el aspecto técnico, como una danza con el tiempo interrumpida por pequeñas ráfagas de asombro. Aquí, sin embargo, nos limitaremos a hablar de las enseñanzas que nos ofrecen Paolo Sorrentino y el guionista Umberto Contarello a través del inolvidable Jep Gambardella. 

SET DEL FILM «LA GRANDE BELLEZZA» DI PAOLO SORRENTINO. NELLA FOTO ROBERTO HERLTZKA E GIUSI MERLI. FOTO DI GIANNI FIORITO

En primer lugar, en una de las escenas más emblemáticas de la película, Stefania (Galatea Ranzi) hacer alarde de su vocación cívica y afirma que un escritor socialmente comprometido tiene ventaja en comparación con un novelista que se encarga solo transmitir y evocar sentimientos. Dar la vida por una causa es, al parecer, el honor más grande que puede alcanzar un artista. La convicción de Stefania nos puede causar envidia o repulsión, cuenta Jep. En lo personal, más bien la segunda opción. El artista no tiene por qué ser profeta ni su obra un panfleto, el valor de la creación no reside en su utilidad política ni en su capacidad de “cambiar el mundo”. En el siglo XXI parece evidente este argumento, pero, ante las recientes amenazas con politizarlo y aleccionarlo todo, es necesario recordar el diálogo de Jep Gambardella. 

Como señalaron en su momento los franceses de l’art pour l’art Victor Cousin y Theóphile Gautier, la única finalidad del arte es la belleza. En Literatura, el mero hecho de escribir y ser leído es ya un fin digno en sí mismo. En un mundo regido por el utilitarismo, deberíamos aligerar la carga de las pocas cosas que nos deleitan y nos calman. Si en el pasado hubiésemos insistido en la moralidad o la pedagogía de la creación artística, no tendríamos a autores como Baudelaire, Poe, o el propio Flaubert, a quien menciona en varias ocasiones nuestro Jep Gambardella. Más adelante veremos cómo Stefania estaba llena de contradicciones. Las personas que presumen de tantas certezas y talentos, por lo general esconden debilidades mucho más fuertes. Esto lo sabía Sorrentino, y al final de la escena expone una verdad que sí es única y universal: “Stefania, madre y mujer, tienes 53 años, una vida destrozada, como todos nosotros. En lugar de aleccionarnos y mirarnos por encima del hombro, deberías mirarnos con afecto. Estamos todos al borde de la desesperación, no nos queda otra que mirarnos a la cara, hacernos compañía, bromear un poco… ¿O no?”.  

El director napolitano nos enseña además que la búsqueda de la autenticidad y la belleza van de la mano de su concepto de lo espiritual. Sorrentino juega con lo sacro desde la primera escena de la cinta: el coro de mujeres que interpreta la pieza demoledora I lie del compositor norteamericano David Lang, como ángeles melancólicos vestidos de negro, desde el centro de una majestuosa fuente romana. La música adquiere un papel fundamental en este aspecto, y tiene una importancia argumental como en todos los largometrajes de Sorrentino. Lo vimos en This must be the place, con Talking Heads e Iggy Pop. También en el empleo del IDM (Intelligent Dance Music) con Boards of Canada y Mogwai para su versión magistral de thriller psicológico en Le conseguenze dell’amore.

En ‘La gran belleza’, el leitmotiv es una composición llamada The Beatitudes, interpretada por el Kronos Quartet y creada por Vladimir Martynov, el célebre compositor ruso. Martynov dedica gran parte de su vida al estudio de la historia musical religiosa, y realiza esta meditación sobre las ocho bienaventuranzas recogidas en el evangelio de Mateo y de Lucas, que escoge no casualmente Sorrentino. Estas elecciones musicales para momentos de extrema belleza e introspección se ven interrumpidas por hits de la electrónica comercial como Far l’amore o We no speak americano, ambas utilizadas en escenas de fiesta, excesos y mondanità. Así, con la música como instrumento de análisis, y bajo la brillante dirección de fotografía de Luca Bigazzi, damos un largo paseo con sus luces y sombras, el día y la noche, sobre las ruinas y los tesoros de la capital italiana.

En su práctica diaria de flâneur, Jep recorre los alrededores de conventos y observa con alegría los rituales religiosos de las monjas y sus pequeños estudiantes, que llevan hábitos blancos sobre los que se refleja la luz del día. La búsqueda de la religiosidad se intensifica cuando Jep conoce al Cardenal Bellucci, a quien le espera el solio pontificio, pero es incapaz de responder a dudas sobre la fe y la profundidad de la espiritualidad. Al cardenal, representante de todo ese espectáculo social que Jep rechaza y critica, le preocupa más su receta de conejo a la ligur que los existencialismos de nuestro protagonista. Esta valoración negativa de la experiencia religiosa parece revertirse cuando Jep conoce a Sor María, una figura que evoca a la Madre Teresa, cuyo compromiso con la fe y el bien la lleva a desprenderse de toda riqueza material y superflua. La Santa conoce a las aves, duerme sobre el suelo, sube la Scala Sancta de rodillas y solo come raíces. ¿Por qué? Porque las raíces son importantes. Nuestros orígenes, nuestros recuerdos, nuestra identidad y nuestras experiencias. Para Sorrentino, la autenticidad está en las raíces. 

SET DEL FILM «LA GRANDE BELLEZZA» DI PAOLO SORRENTINO. FOTO DI GIANNI FIORITO

En una entrevista con The Atlantic, el director napolitano expresa que Jep atraviesa una evidente crisis derivada del vacío del mundo que le rodea, y cuando las cosas parecen carecer de sentido, un destino natural para los seres humanos es tratar de encontrar respuestas en la espiritualidad. Por esta razón Jep conoce al cardenal y luego a sor María, quien está a punto de convertirse en santa, creando un importante contraste entre los dos. El cardenal carece de la profundidad necesaria, pero la Santa “le dice algo muy simple, que en su sencillez resulta ser exactamente lo que necesita para encontrar la esencia de su verdad”. 

Elisa de Santis (Annaluisa Capasa) es una de las pocas conexiones que tenemos con el pasado y la memoria de Jep Gambardella, con lo que lo ata a sus raíces. Elisa es su amor de juventud, amor tal vez eterno, al que evoca en un rincón de su habitación como visiones del mar de verano que compartieron hace más de 40 años. El personaje, ya consciente de sus insuficiencias y del mundo que le rodea, inicia su transformación hacia adentro cuando descubre la muerte de su antigua compañera de atardeceres. Alfredo, el marido de Elisa, cuenta a nuestro protagonista que estuvo 35 años casado con ella, pero Elisa solo amó a un hombre: a Jep. El 8 de septiembre de 1970, Elisa rompió con Jep sin explicarle por qué, pero en el diario que dejó atrás Jep aparecía como el centro de toda su existencia y Alfredo no fue más que “un buen compañero”.

Las últimas enseñanzas vienen a cargo de los personajes que serán esenciales para la revelación de Jep: Romano y Ramona (los nombres tampoco habrán sido escogidos al azar). Romano (Carlo Verdone), su amigo y confidente, se despide de Gambardella y le cuenta sus planes de marcharse de Roma, después de 40 años. La ciudad lo ha decepcionado y se vuelve al pueblo con su familia. Vuelve a sus raíces, pero no sin antes preguntarnos, en el escenario: “¿qué tienes contra la nostalgia? Es la única distracción que le queda a quien ha perdido la fe en el futuro”. Ramona (Sabrina Ferilli), una mujer sencilla y perteneciente a otro mundo, que no conoce la misma Roma burguesa, se acerca a Jep y le recuerda las bondades de la intimidad y la belleza simple de darse cariño. Nuestro protagonista vive de nuevo la complicidad auténtica que no llega a través de las noches de baile, pero Ramona está enferma y no vuelve a aparecer. Nos imaginamos el desenlace, y solo vemos que al padre de Ramona le dicen “siento lo de tu hija, te acompaño en el sentimiento”, y regresamos a un Jep solo pero más cerca del significado. La ausencia de esos vínculos reales y la introspección que ofrece la muerte nos acercan al desenlace.  

SET DEL FILM «LA GRANDE BELLEZZA» DI PAOLO SORRENTINO. NELLA FOTO TONI SERVILLO. FOTO DI GIANNI FIORITO

La última escena nos quiere sugerir el fin de todos los secretos. Jep regresa a la isla donde recuerda el amor de Elisa. Sorrentino salta en el tiempo: vemos al joven Jep, al Jep del presente, al mar, a la Santa de rodillas. Sorrentino nos ha ido dando pinceladas durante toda la cinta. Instantes de belleza en una exposición de fotos que demuestra el paso del tiempo, el recuerdo de la primera vez, dos universitarios que se besan durante 10 días en el salón de Romano, una noche de asombro por los palacios más bonitos de Roma, redescubrir la intimidad. La grande bellezza es tal vez pequeña y está en todas partes si somos capaces de reconocerla. Pero lo más importante, lo que inmortaliza toda la poesía de Sorrentino y permite que Jep vuelva a sus orígenes, es el amor. Jep conecta con su identidad y su fragilidad, su pasado, a través del recuerdo de Elisa, y concluye su viaje:

“Siempre se termina así, con la muerte. Pero primero, ha habido una vida, escondida bajo el bla, bla, bla, bla, bla. Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido: el silencio y el sentimiento; la emoción y el miedo; los demacrados e inconstantes destellos de belleza; la decadencia, la desgracia, y el hombre miserable; todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. En otros lugares, hay otras cosas. A mí no me importan los otros lugares. Así pues, que empiece la novela. En el fondo, es solo un truco. Sí, es solo un truco”. 

Paolo Sorrentino nos deja un desenlace abierto que no explica si Jep finalmente escribirá su segunda novela tras haberse encontrado con la sensibilidad y la belleza que buscaba, o si se trata del inicio de un despertar perfecto. Un nuevo comienzo. Como el ilusionista que hace desaparecer a la jirafa, sabemos que es solo un truco, pero Sorrentino no revela el proceso para que no se pierda la magia. Sí aprendemos que yendo a la raíz de las cosas podemos encontrar casi todas las respuestas. Además, a diferencia de Jep y gracias a Sorrentino, tal vez no tengamos que llegar a los 65 para darnos cuenta de que no podemos perder más tiempo haciendo cosas que no queremos hacer. 

Que esto nos lleve, ojalá, a empezar nuestro viaje con cierta ventaja.

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Giselle Villeta nace en Santo Domingo a principios de los noventa. Emigró a España a los dieciocho años, y en la Universidad de Navarra se hizo historiadora y periodista. Actualmente cursa un máster de Cultura Contemporánea en el Instituto de Investigación Ortega y Gasset, en Madrid. En sus ratos libres consume literatura, música, cine y arte, y en ocasiones logra escribir sobre ello.

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