Pensar, desde la isla y más allá.

En 1997, la República Dominicana celebró la primera Feria del libro de Santo Domingo, la cual inauguró el modelo de feria cultural masiva. Este acontecimiento sin precedentes en la sociedad dominicana hasta entonces tuvo una impresionante agenda de actividades con el libro y el pensamiento como centro, con invitados nacionales, de la diáspora e internacionales como Eduardo Galeano, Julia Álvarez, Luis Rafael Sánchez y Junot Díaz, entre otros. 

En 1998, tras el éxito de la primera, José Rafael Lantigua decidió ponerle pantalones largos y declaró la Feria del libro como internacional. De 14 escritores venidos de otros lares en el 97, pasamos a recibir 27 de varios países en el 1998, entre dominicanos de la diáspora, Cuba, México, Puerto Rico, Cuba, Venezuela y de España, país al que se le dedicó la “I Feria Internacional del libro de Santo Domingo”. En esa oportunidad brillaron en la escena cultural dominicana escritores en su momento de apogeo, tales como: la pareja que componen Almudena Grandes y Luis García Montero, Luis Sepúlveda, Jorge G. Castañeda y Leonardo Padura Fuentes.

En ese momento, teníamos el privilegio de pertenecer al equipo de organización de la feria y a la plantilla de periodistas del Periódico HOY, lo que hizo viable ejercer el oficio literario y periodístico. En esas primeras dos versiones de la feria entrevisté a Eduardo Galeano, Almudena Grandes, Mayra Montero, Leonardo Padura Fuentes y Luis Sepúlveda, para no extendernos a otras de años posteriores. Una parte de estas entrevistas están contenidas en el libro “Feria de Palabras”, # 63 de la colección de Ediciones Ferilibro (2005). 

Tras la muerte de Luis Sepúlveda, víctima de la pandemia COVID-19, queremos rendirle homenaje al compartir con los lectores de Plenamar la experiencia y la entrevista, en la que reveló detalles importantes de su vida, pensamiento y obra. Sepúlveda fue un gran maestro de la narrativa breve, un activista del libro latinoamericano y sobre todo, un gran amigo de sus amigos.

La entrevista

Las venas de Eduardo Galeano respiran más optimismo que las de Luis Sepúlveda. Conocí a un hombre herido por la utopía latinoamericana; mientras nos acostumbramos y nos pasamos de versados en la terminología de la globalización y la modernidad, él se entristece con el recuerdo de una lucha perdida.

Luis Sepúlveda es un escritor importante, un chileno que eligió España para vivir, que ha sido traducido a varios idiomas, que habla con orgullo de sus logros en el posicionamiento y reconocimiento del libro ⎯no de los autores⎯ latinoamericano en el mundo. Alguien que se mueve con facilidad, gracias a muchos sacrificios y empeños, lo mismo en el mundo literario francés que en italiano, que participa activamente en las ferias del libro de Italia, Francia y Alemania, que ya ha logrado abrir casas del libro latinoamericano en esos países.

Nuestro amigo chileno tiene su propia fiesta del libro en Gijón, la ciudad española en la que decidió vivir y desde donde trabaja la mayoría del tiempo en sus grandes pasiones: la literatura y el cine. De lo que contamos, casi todo es una memoria de nuestras conversaciones, porque Luis Sepúlveda vino a la segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo con su éxito editorial El viejo que leía novelas de amor.

La vida nos puso en tiempo y lugar para conocernos. La primera vez que nos vimos estaba molesto y ofendido porque no lo habían ido a recoger a la hora acordada en el hotel donde se hospedaba para trasladarlo al recinto ferial y porque consideraba que el trato que recibía ⎯hasta ese momento⎯ no se asemejaba ni al que él se merecía ni mucho menos al que le habían brindado en otras ferias más importantes que la nuestra. Pero, tal y como reza la frase de Yaqui Núñez, «este es un país muy especial», y me convertí, por iniciativa propia y antes de que el propio escritor lo advirtiera, en su edecana voluntaria. En su estadía en el país, me encargué de transportarlo en mi carro Opel Corsa blanco ⎯sin aire acondicionado⎯ por las calles de Santo Domingo, del hotel a la feria, de la feria a Casa de Teatro… y así, donde fuera necesario.

El escritor y quien suscribe llegamos a ciertos niveles de empatía ya que su placer por la ironía y la esgrima verbal captaron de inmediato mi afinidad con tales cualidades. Así que fue mucho lo que nos divertimos una noche en una cena ofrecida por una destacada figura de la intelectualidad dominicana, con la crema y nata del mundo literario de invitada y en el que nadie ⎯o muy pocos⎯ sabía quién era exactamente Luis Sepúlveda, ni cuál era su importancia internacional ni el valor de su trabajo como expositor de la cultura latinoamericana.

En su estadía en el país conversamos mucho, compartimos cervezas Presidente, ron Brugal, vinos, quesos, uvas y hasta sancocho dominicano. Hablamos de su familia y sus amigos, de sus divorcios y su pareja de ese momento, de sus hijos y hasta de su perro. Del maletín negro que siempre le acompaña, porque según nos confesó, se siente desamparado sin él. Sacó las fotos de sus dos hijos pequeños y de su amigo y fiel perro, cuya raza confieso que no recuerdo. Me contó una hermosa historia real acerca de su vida y de su casa. 

Resulta que en ella tiene un inmenso comedor de cedro con treinta sillas labradas con el nombre de sus amigos. Que es un permiso abierto a los suyos para que sepan que siempre hay lugar para ellos en esa casa «que también es de ellos. A cualquier hora y día hay un puesto en la mesa con servicios y copas personalizadas».

Fue tanto lo que compartimos, que parecía que no quedaba más que hablar… pero camino al aeropuerto, ante la inminencia de la partida y los temores del nunca más, saqué la grabadora: me gustaría hacerte una entrevista. Y…

⎯ ¡Claro!  ⎯exclamó.

Luis Sepúlveda: nacer chicharra y morir cantando

Marivell Contreras: ¿Es la primera vez que usted viene a la República Dominicana?

Luis Sepúlveda: No, había estado en la República Dominicana hace 18 años.

M. C.: ¿Cómo nos recordabas?

L. S.: Gente alegre, gente que no se diferencia tanto de los demás, gente del Caribe y que tampoco se diferencia demasiado de la otra gente del continente americano. El recuerdo que tenía de Santo Domingo era acogedor, una ciudad muy cálida, no solo por la temperatura sino por la forma que tiene la gente de ser. Y la encontré cambiada en el aspecto físico. En el aspecto humano creo que la encontré más joven y vital.

M. C.: Y ya que te vas, ¿qué te llevas de nosotros?

L. S.: Bueno, me llevo mucho. Primero, me llevo el conocer un poco más, no solamente Santo Domingo, sino de la República Dominicana. Me llevo la sensación de conocer un poquito más de todo eso que yo amo tanto y es ser latinoamericano. Se me reafirman muchas cosas, por ejemplo, todo el concepto que nos une en cuanto a los problemas que tenemos, en cuanto a las esperanzas que hay, a la búsqueda ⎯a veces desesperada⎯ de soluciones a los problemas que nos aquejan. Y me llevo cosas valiosísimas de colegas escritores dominicanos con los cuales me fue muy bien, con los cuales compartí horas formidables; hoy, por ejemplo, tuvimos un coloquio que no figuraba en el programa de la Feria. Fue un hermoso intercambio de experiencia, de trucos del oficio, de cómo solucionamos los problemas de la escritura y por qué nos lanzamos a la aventura de escribir y de qué esperamos de este fenómeno tan amplio que se llama literatura latinoamericana. Entonces, me llevo también una responsabilidad y es la de dar a conocer dentro de la medida de mis posibilidades a los colegas en Europa.

M. C.: Sé que estás trabajando con autores latinoamericanos, con el libro latinoamericano en Europa. Me gustaría que me digas realmente cuál es el lugar que ocupamos.

L. S.: Bueno, yo soy el director de algo que se llama Salón del Libro Iberoamericano, que se hace en España, exactamente en Guijón, Asturias. Es un salón del libro que nace con la idea de ofrecer a los lectores, a los editores, y en general a todos los interesados en la literatura provenientes del resto de todos los países europeos, además de España, una visión del conjunto de nuestra literatura latinoamericana y también del desarrollo de nuestro mundo editorial. Es la primera vez que se hace en la historia de Europa un evento de esta naturaleza, y bueno, he puesto todo mi empeño y todo mi corazón en que esto resulte realmente y perdure. Luego, de alguna manera, he aprovechado el éxito de mis libros y el prestigio que he tenido como escritor en promover a los colegas latinoamericanos para adquirir una colección en Italia, por ejemplo, que se llama Las Fronteras Extraviadas. 

Dirijo de una manera no oficial también la colección Letras Latinoamericanas de la Edad Media para una editorial en París que también edita mis libros; también ahí empieza a perfilarse un trabajo muy grande, muy bello, de difusión de autores latinoamericanos. Es un trabajo que no realizo solo. Otros autores, entre los que cabe mencionar al mexicano Paco Ignacio Taibo II, el argentino Miguel Bonazo, entre otros, realizan lo mismo que yo, también son grandes difusores de la literatura de otros autores de nuestro continente. El trabajo ha sido entre tres y hemos conseguido que las obras de muchísimos autores latinoamericanos sean conocidas en Europa. 

Es un trabajo que va creciendo, y hoy por hoy, podemos decir con mucho orgullo que en el panorama de las letras escritas en idioma español, somos nosotros los latinoamericanos quienes estamos haciendo la gran literatura y en el panorama de las letras mundiales nuestra literatura cobra una importancia enorme. Me atrevería a decir que hay dos idiomas en los que se está escribiendo la gran literatura: el inglés y el español.

M. C.: Tú que has tenido mucha experiencia como espectador y organizador de ferias, ¿qué opinas de lo que fue o lo que es la Primera Feria Internacional del Libro de Santo Domingo?

L. S.: Bueno, es una experiencia formidable, primero desde el punto de vista de la organización, porque está bien hecha, muy bien organizada. O sea, el equipo de colaboradores que tiene José Rafael Lantigua es formidable. Su mismo trabajo de organizador es encomiable. Naturalmente, en la primera edición de una feria internacional siempre se cometen errores, pero no son graves, son fáciles de subsanar. Yo me voy con la mejor de las intenciones y deseos de que continúe así, con esa característica de feria internacional, y ojalá que el próximo año puedan duplicar el número de los autores que inviten. Tal vez valdría la pena ser un poco selectivos y no invitar a individuos tan desagradables como Carlos Castañeda, sino gente que tenga un gran respeto por los lectores y por el público.

M. C.: Cuando escribiste El viejo que escribía novelas de amor, ¿pensaste que iba a tener el éxito que ha tenido?

L. S.: No, la verdad es que cuando terminé la novela y la leí, sabía que era una buena novela, de eso no tenía la menor duda; pero me sorprendió que el éxito se desbordara así tan rápidamente. No solamente me sorprendió a mí, mis propios editores a veces son los más sorprendidos.

M. C.: Y lo que la gente dice y los comentarios que hacen, ¿tú crees que va a seguir ayudándola?

L. S.: Bueno, yo creo que la gente encuentra muchas cosas en esa novela, encuentra una reflexión sobre muchos temas que hay que pensar; hay una gran reflexión en ella sobre la vejez, sobre la ancianidad, y hay una gran reflexión sobre el respeto a uno mismo. La novela es una metáfora del exilio y hay también una gran reflexión sobre eso. Es algo que todos sentimos y que a veces no sabemos expresar: nuestra necesidad de tener una vida armónica con la naturaleza, con el mundo que nos rodea; en fin, creo que siendo un libro muy breve, es una escritura muy intensa, y eso la gente lo ha advertido. El libro me sirvió para tener muchísimos puntos de complicidad con mis lectores, que es lo que yo quería siempre tener. Cuando sé que en todas partes la gente lo lee, lo comenta, me siento muy satisfecho, muy emocionado porque ese cariño me lo tienen también a mí, que soy el autor del libro.

M. C.: Cómo figura, el viejo… ¿de dónde nace ese personaje, tiene que ver con algún familiar cercano?

L. S.: Directa o indirectamente, siempre me han fascinado los ancianos, desde muy niño he sido un gran observador de los ancianos. Creo que, no sé, supongo que algunas personas nacen con una intuición o crecen con una intención que ahora sé es una certeza: la vida es la preparación para cierta etapa y esa etapa es la ancianidad; es la etapa en que nos quedamos solos con los recuerdos. La vida es una serie de construcción de recuerdos que tienen que ser muy bellos, que tienen que ser muy placenteros para que, cuando uno llegue a la ancianidad, esta sea no la última estación de la vida, sino también la más bella. 

En los viejos pueblos de América y de todo el mundo tenían un gran respeto por los ancianos; les llamaban los sabios, ellos condensaban muchas cosas. Eso se ha perdido y con este personaje, con ese viejo ejemplar, quise retomar de nuevo ese rol del anciano poseedor de muchas experiencias, pero que no es petulante porque jamás deja de hacerse preguntas. Jamás deja de poner su experiencia para responder a preguntas que son muy difíciles. Un hombre así nace de la observación de muchos viejos; uno en especial, cuando estaba en el Amazona. En una ocasión conocí a un viejo así, era un viejo solitario y tenía muchos libros de amor en la choza donde vivía. Eso me llamó la atención. Creo que ahí escribí la primera frase: “Es un viejo que escribía poemas de amor”, sin pensar que me iba a servir de título para una novela. En fin, el personaje es uno y muchos viejos.

M. C.: Yo sé que eres un poco sobreviviente de lo que fueron tus pasiones políticas, que fueron también las pasiones políticas de la humanidad. ¿Cómo ves lo que pasa en el mundo en la actualidad y cómo ves tu propia posición?

L. S.: Yo siempre he mirado las cosas con una gran preocupación. Yo sé que mi generación, la generación que se la jugó por una propuesta ética que consistía en reformar la sociedad para hacerla mejor, pagó un precio. Yo tuve la fortuna de ser un sobreviviente de aquellos momentos. Me hundí a pensar mucho en eso y a exigir respeto para los compañeros que cayeron. Sé que soy, en ese sentido, un sobreviviente de una generación derrotada, pero nuestra derrota es muy adversa porque nosotros nos atrevimos a dar la batalla. Para mucha gente, somos un ejemplo de consecuencia, de aquellos que pueden llegar hasta lo último por lo que creen.

Y el mundo lo veo… bueno, las contradicciones siguen siendo las mismas: el derrumbe del comunismo en los países del Este de Europa, el triunfo del capitalismo en el mundo. El triunfo pasajero no ha significado que las condiciones de vida para la mayoría de los pobres del mundo hayan mejorado… por el contrario, han empeorado. Yo soy un hombre probo, pero al mismo tiempo soy un optimista, yo sé que las futuras generaciones o la generación de chicos de hoy que tienen de 18 a 20 empiezan a entender que el ejemplo de hombres y mujeres de mi generación no fue en vano y empiezan también a hacerse preguntas que son muy legítimas; se preguntan por qué nosotros fallamos, y lo hacen para tomar medidas y no volver a cometer los mismos errores que nosotros cometimos. No le dimos, tal vez, la debida importancia al enemigo con el cual nos enfrentábamos… errores de inmadurez, errores que se manifiestan de muchas maneras, pero yo sé que algo está ardiendo, algo se está cocinando. Hay un inconformismo muy grande y ese inconformismo a la larga se va a sintetizar en una propuesta y en una propuesta ética. El próximo milenio va a estar caracterizado por esa nueva propuesta ética, esa propuesta va a ser muy fraterna, muy solidaria, muy antiautoritaria, y eso me hace mirar el futuro con optimismo.

M. C.: ¿Te quedó alguna herida abierta?

L. S.: Hay heridas que no cicatrizan jamás: la ausencia de gente que uno quiso, que uno amó, el hecho de no saber dónde están algunos de ellos, es una herida que no puede, que no debes cerrar jamás. Hay que saber perder y yo soy un tipo que sabe perder, no se resigna, pero sabe perder. Yo sé que voy a morir con esas heridas abiertas, pero tengo el valor suficiente para enfrentar la vida, incluso con esas heridas abiertas.

M. C.: ¿De dónde te nace la necesidad de ser compromisario con la gente de tu tiempo y solidario con aquellos a quienes piensas que les puedes ser útil?

L. S.: Vengo de una familia muy sensata, muy sabia y a mí desde muy pequeño me inculcaron un gran sentido de la justicia y de la igualdad. Tuve abuelos y padres que no dejaron jamás de preocuparse porque en mí vivieran los valores esenciales que siempre han movido al ser humano: la solidaridad, la fraternidad, el sentido de justicia y una decisión de llegar hasta la última consecuencia cuando ves algo que no es correcto. Luego, tengo la fortuna de vivir una época maravillosa. Yo empecé a pensar y a pensarme en la época en que mi generación comenzó a pensar y a pensarse a sí misma, y que fue entre 1967 y 1969, una época de gran desarrollo intelectual, de una enorme difusión, una época de sueños muy hermosos, pero que no eran sueños alocados e irracionales; eran sueños largamente pensados, largamente reflexionados, largamente analizados, y que se transformaron en una propuesta ética muy rigurosa.

M. C.: ¿De qué cosas, de qué actitudes personales tuyas te sientes más orgulloso?

L. S.: En general, me siento orgulloso de algunas cosas, me siento orgulloso de lo que hice, me siento orgulloso de haber sido un participante muy activo en esa gran época de fenómenos políticos latinoamericanos. Me siento orgulloso de haber participado en la guerrilla boliviana y en el experimento político de mi país, con Salvador Allende a la cabeza. Tengo el orgullo de haberlo conocido personalmente, haber tratado con él, haber estado muy cerca de él; estoy muy orgulloso de la modesta contribución que hice también participando en la lucha por la liberación de Nicaragua, para derrocar a Anastasio Somoza. Fui voluntario en una brigada internacional que se llamó Brigada Simón Bolívar; me siento muy orgulloso de mi participación, luego, en el movimiento ecologista. 

Como militante de Green Peace, sigo siendo de hecho un participante muy activo. Me siento orgulloso de ser bastante buen amigo, soy un tipo que hace de la amistad un culto. Bueno, me siento orgulloso de cosas que se me antojan muy normales. Hoy me gustaría que todo el mundo pudiera decir lo mismo que yo. Y finalmente me siento orgulloso de algo que sé que es raro conseguirlo. Cuando yo me levanto todas las mañanas y me miro en el espejo para lavarme los dientes, estoy muy conforme conmigo mismo y me saludo y me digo: “Buenos días, compañero; tú sigues siendo un hombre decente”, y eso es motivo de orgullo: ser un hombre decente, no tener a nadie que pueda decir algo en contra de ti.

M. C.: De tu carrera literaria, ¿cuántas son exactamente tus obras?

L. S.: He publicado nueve libros de cuentos, cinco novelas, he montado seis o siete obras de teatro, soy autor de varios guiones de cine, de muchísimos guiones de televisión, de una cantidad de obras periodísticas, que también he asumido siempre como literatura.

M. C.: Tengo entendido que formas parte del equipo de trabajo de El País.

L. S.: Sí, formo parte de la redacción cultural del diario El País, también escribo para un periódico italiano que se llama El Correo de la Sera, y eventualmente hago programas para una estación de radio española, un programa que tiene que ver con libros.

M. C.: La televisión es hoy tema de constante discusión, ¿crees tú que realmente afecta la televisión el comportamiento de los seres humanos?

L. S.: No la tele como tal, el problema son los programas que se emiten. Por ejemplo, cuando había una gran polémica sobre la televisión en Europa y sobre el aumento de las estupideces con el exceso de canales, un grupo de personas más inteligentes dijeron: ¿y si le perdemos el miedo al fantasma de la televisión y hacemos un canal diferente? Y así nació un canal que es una coproducción franco-alemana y que se llama Arte; ahora está llegando a la mayoría de los países de Europa y por satélite a algunos de los países de América, como Argentina y Chile. Es un canal con programación de calidad y que gana cada día más audiencia. Entonces, eso demostró también que era posible hacer una buena televisión.

Un día había otro gran debate en Brasil y el escritor brasileño Jorge Amado dijo que había que perderle el miedo a la televisión. Amado escribió entonces varios guiones para las famosas telenovelas y las dignificó; o sea, en comparación con las telenovelas, que son puras basuras, aquellas escritas por Amado tenían una diferencia muy grande y la gente se fue hacia esa mejor opción. Gabriel García Márquez también ha hecho muchas cosas grandes en ese sentido y yo creo que la televisión es un medio formidable al que hay que copar, hay que ganarlo y hay que meterse también en ese medio. 

M. C.: Me imagino que el cine ha tenido que ver en tu formación, en tu vida, ¿en qué medida?

L. S.: Yo crecí viendo cine, yo crecí en un barrio de Chile que estaba rodeado de cines, cerca de mi casa había ocho o diez cines. Pasaba los sábados y domingo en el cine, veía películas todo el fin de semana. Mi imaginación está muy determinada por la imagen cinematográfica; de hecho, soy incapaz de escribir si no veo lo que estoy escribiendo como en una pantalla y ha sido para mí una gran tentación meterme en el mundo del cine. Pero sé que son dos lecturas muy diferentes, son dos disciplinas de trabajo muy diferentes. Se va a hacer una película con varios libros míos y yo he participado en las adaptaciones sobre las cuales se hacen los guiones.

M. C.: ¿En cuáles libros específicamente?

L. S.: El viejo que leía poemas de amor se empieza a filmar ahora en Venezuela, es una producción franco-americana. Nombre de torero ya la están rodando en los Estados Unidos, en una producción de la Warner. Ahora la productora de Carlos Sabina, en España, me compró los derechos de Patagonia express y también hago la adaptación del libro.

M. C.: ¿O sea, que encuentras que hay un punto directo entre la literatura y el cine?

L. S.: Yo creo que sí hay una coincidencia muy grande, pues a veces la gente olvida que detrás de una buena película siempre hay una buena historia, y esa buena historia es escrita por un señor que es el guionista y es un escritor. Por muy genial que sea el director, si no tiene una buena historia formulada con palabras, no tiene absolutamente nada sobre qué trabajar. Claro, a veces se crean problemas porque no se puede trasladar directamente una historia al cine pues son dos cosas muy diferentes. Como tampoco se puede trasladar una película al papel impreso directamente, las dos formas tienen que sufrir cierto proceso de adaptación. A la hora de adaptar una novela para el cine, hay que modificar enteramente el tiempo narrativo. Las películas basadas en novelas y que no han tenido éxito, todas se caracterizaron por no haber entendido algo tan elemental.

M. C.: ¿Cuáles son las películas que más te han impactado?

L. S.: Muchísimas, pero creo que soy un gran amante de cintas clásicas de cine, de los grandes directores de neorrealismo italiano, también de Tomás Gutiérrez Alea y Eliseo Subiela. Hay algunos directores latinoamericanos nuevos que son buenísimos, como el colombiano Sergio Cabrera, como el chileno Miguel Litín. Y luego, bueno, hay películas que para mí son inolvidables, soy fanático de Casablanca, creo que la he visto 500 veces y la seguiré viendo 500 veces más; para mí es la película más hermosa que jamás se ha rodado.

M. C.: Tengo entendido que en la Feria del Libro de Madrid va a poner en circulación una nueva novela…

L. S.: Es un libro que contiene dos novelas y tiene el título de una de ellas; se llama Diario de un killer sentimental. Una de las historias trata de un asesino a sueldo o sicario, una bestia, y yo quería ver cómo se movía esa bestia en el mundo más civilizado, en el mundo más rico; entonces pongo a ese individuo, que es un hombre sin sentimientos, un desalmado absoluto, entre la mejor sociedad francesa, entre la mejor sociedad italiana, entre la mejor sociedad norteamericana, y lo hago moverse como si fuera una sombra que va dejando por ahí un rastro de muerte. La otra es una historia basada en un hecho real: un industrial de Milán, en Italia, murió en circunstancias muy misteriosas y se descubrió que este señor ⎯que tenía una industria de carteras, cinturones de piel de cocodrilos criados en África, etc.⎯ en realidad usaba como materia prima el yacaré de la Amazonía, que es un animal bajo protección, pues se está extinguiendo. Como el tema era bueno, me inventé la historia de un misterioso vengador de una tribu, que viaja desde el corazón de la Amazonía a cobrarse por el exterminio de su pueblo y de los caimanes.

M.C: La nueva historia que se le ha ocurrido en Santo Domingo, ¿la quiere revelar o la va a guardar?

L. S.: No, eso lo dejamos guardado, hasta que esté más maduro.

M.C.: ¿Cuándo vas a sentir que has cumplido la misión tuya aquí entre los humanos? ¿Cuándo te vas a sentir satisfecho y en paz?

L. S.: Creo que nunca, hay un refrán que dice: el que nace chicharra, tiene que morir cantando. Yo nací chicharra y voy a morir cantando.    

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Marivell Contreras es periodista, escritora y gestora literaria y cultural.

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